Opinión

La reversa

 
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Brexit

Cuando a principios de los años 90 se desmoronaba la Unión Soviética y el fin del bloque comunista apuntaba a una Europa democrática, unida por lazos políticos, económicos y de seguridad regional, el surgimiento del llamado Tratado de Maastricht iniciaba una época bajo el principio fundamental que la apertura de mercados, fronteras y libre circulación de ideas en el marco de la tolerancia y el respeto a la diversidad. Era sin duda una apuesta a la esperanza de sobrepasar el pasado de cerrazón económica y exaltación de nacionalismos de distinto tipo, para dejar atrás el peligroso y seductor atractivo de los hombres fuertes poseedores de verdades absolutas e identificadores de enemigos internos y externos, como los causantes de sus problemas y desgracias.

Parecía ser el inicio del fin de la Europa suicida que produjo más de 80 millones de muertos entre las dos guerras mundiales, sumados a los que perecieron en la terrible experiencia totalitaria del estalinismo soviético. Por supuesto que este cambio implicaba necesariamente la pérdida de privilegios para los beneficiarios de economías cerradas y protegidas de la libre competencia, y la anulación del nacionalismo como concepto excluyente en donde al interior de un Estado nacional no había cabida para las minorías o para una migración con características culturales diferentes a las de la mayoría.

El modelo funcionó con éxito durante la última década del siglo pasado, pero la aparición simultánea de fenómenos amenazantes provenientes del Oriente Medio, como el desafío de Saddam Hussein al invadir Kuwait, y los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, cambiaron la fisonomía del planeta y pusieron en jaque el esquema de globalización que suponía la paulatina integración de los países a partir del principio de un beneficio común que elevaba la calidad de vida de la mayoría de los habitantes, lo que de hecho ocurrió. Pero el fortalecimiento del fundamentalismo islámico y su capacidad de acción en Occidente, aunado a las crisis económicas y financieras iniciadas en 2008, fueron creando paulatinamente un movimiento de retorno al pasado cada más fuerte y agresivo.

Aquellos que perdieron sus privilegios al desaparecer el proteccionismo propio del nacionalismo político y económico, fueron creciendo y ganando adeptos en este contexto y convirtiéndose en los llamados globalifóbicos o antisistema, cuya meta era y sigue siendo regresar al modelo de cierre de fronteras y defensa de mercados en función de la fuerza para controlar la producción y distribución de mercancías y servicios, y no a partir de la libre competencia que produce precios bajos y mejores artículos de consumo. Este retorno viene acompañado del viejo argumento del enemigo encarnado en la figura del diferente, al que hay que relegar o expulsar para evitar que nos destruya.

Así es como ganó Trump en Estados Unidos, el Brexit en el Reino Unido, y probablemente lo haga Marine Le Pen en Francia el próximo año, dejando en manos de la conservadora Angela Merkel en Alemania el último bastión del liberalismo globalizador en una paradoja propia de este choque de trenes entre presente y pasado. Y es que el riesgo de querer reconstruir el pasado bajo el principio de que entonces sí existía progreso, empleo y unidad nacional, implica no sólo la parálisis económica producto de un descarrilamiento de los vagones del aparato productivo, sino la posibilidad real de reactivar el odio racial y nacionalista que incendió el planeta una y otra vez durante el siglo pasado.

Es hora de la resistencia, de repetir una y otra vez el enorme peligro que representa el triunfo de los irredentos e iluminados, y de prepararse para un combate en donde los derrotados del pasado están hoy en posición de cobrar venganza y facturas pendientes por haber perdido el poder durante los pasados 20 años. La lucha apenas comienza.

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