Opinión

La renuncia de Peña
sería una más

Algunos claman por la renuncia del presidente Peña Nieto. Considerando la historia reciente es lógico el reclamo.

La renuncia ha sido práctica frecuente. Nuestros gobiernos –todos, no sólo éste– han renunciado a construir un Estado de derecho, a forzar a la rendición de cuentas, a empoderar instituciones que vigilen y tengan la autonomía y recursos para perseguir a quien no honre el privilegio de ser funcionario público. Quien llega a posiciones con el poder para hacer cambios, prefiere dejar intacto un statu quo y falta de transparencia que ahora le beneficiará. No todo político es corrupto, pero la renuncia es constante; la culpa no es sólo de quien corrompe y de quien es corrompido, sino también de quien claudica y, por omisión, es cómplice.

Hacienda y quienes diseñan nuestra política económica han renunciado a construir formalidad. A pesar de la irrefutable evidencia de una economía formal cada vez más productiva y eficiente, capaz de capacitar y pagar mejor, mientras que quienes están en la informalidad son cada vez menos productivos, están desprotegidos y sin acceso a beneficiarse de estructuras formales de crédito y ayuda, se renuncia a hacer un esfuerzo serio por fomentar formalidad, se opta por medidas nimias que jamás llegarán más allá del encabezado en los diarios. Se renunció a cerrar el grotesco despilfarro fiscal antes de incrementar tasas impositivas. Qué importa si el nuevo régimen es igual de complicado y absurdo, si las tasas impositivas nos restan competitividad internacional, simplemente incrementemos la presión del agua en una tubería llena de hoyos, al fin que ese dinero proviene de causantes cautivos sin más alternativa que pagar lo que se les exige.

La Secretaría de Educación ha renunciado a proveer una educación de calidad que cierre la brecha entre quienes tienen acceso a educación privada y quienes no. Por décadas, los maestros han sido botín y clientela de diferentes grupos políticos para quienes los últimos en su lista de prioridades son los niños que merecen ser educados. En la tan mentada “reforma educativa” la velocidad del cambio implícita en gradualmente centralizar el presupuesto educativo y empezar a tímidamente evaluar maestros, muestra resignación a sacrificar a una generación de millones de niños que estarán condenados a trabajos y condiciones de vida inferiores porque renunciamos a desarrollar sus talentos y capacidades.

Nuestros líderes empresariales han renunciado a exigir y a exigirse. Simplemente se agachan, sucumben en su aquiescencia ante políticas absurdas, sabiendo que siempre podrán recurrir a amparos y compadrazgos para defenderse en lo personal. Critican falta de transparencia e impunidad, pero no se comprometen ni asumen responsabilidad, son muchos los empresarios privados que en forma cotidiana alimentan al sistema ineficaz y corrupto.

Los partidos de oposición han renunciado a su obligación de dar alternativas. En el extremo, líderes de la oposición como López Obrador se refugian en un populismo cómodo, son incapaces de propuestas serias, de elevar el nivel del debate. Incitan al rechazo sin dar opciones razonadas o informadas, lanzan la pedrada y esconden la mano.
Pero, más aún, como sociedad renunciamos todos los días. La parte más privilegiada de ésta ha renunciado a su obligación moral de abogar por el débil, de cerrar la injusta brecha entre quien lo tiene todo y quien nada tiene, a construir una meritocracia basada en el esfuerzo y el tesón, y no un sistema en el que pesa más la pigmentación de la piel, o la red social al alcance. Cada vez más mexicanos se sientan en la tribuna y juzgan en forma inmisericorde, siendo incapaces de verse al espejo y ejercer la más elemental autocrítica.

Los padres de familia han renunciado a poner límites, a exigirle a los hijos. El nuevo libro de Josefina Vázquez Mota, Cuando los hijos mandan, analiza esa decadencia a nivel social, pero también familiar, cuando los padres tiran la toalla y se rehúsan a asumir el papel complejo de quien tiene que estimular, apoyar, formar y desarrollar a un hijo, pero también tiene que poner límites en el complejo proceso de criar a quien será –ojalá- socialmente apto y comprometido.

¿Qué renuncie Peña? Valiente solución. Prefiero exigirle que cumpla con el excepcional mandato que recibió del pueblo, que se atreva a dar el siguiente paso después de una reforma energética que elevó considerablemente el potencial económico de México, que se salga de su zona de confort y se atreva a pedir el consejo y apoyo de mexicanos talentosos que aman a su país y están ansiosos por sacarlo del atolladero. Que escuche incluso a quien le dice lo que duele oír.

Prefiero que aproveche esta profunda crisis para hacer cambios que se han vuelto impostergables. Las soluciones están todas ahí. Tengamos las agallas para tomar decisiones serias. De paso, dejemos de renunciar todos a lo que también nos toca.

Twitter: @jorgesuarezv