Opinión

La renuncia de Carstens
y la sobreposición del interés particular

 
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Carstens anunció su renuncia del Banxico este jueves. (Cuartoscuro)

Imagine por un momento que México estuviere ante una inminente invasión y, que en plena incertidumbre de su inicio, el secretario de la Defensa saliera a decirnos que en siete meses renuncia porque le ofrecieron la comandancia de las Fuerzas de Paz de la ONU. ¿Cómo calificaría el acto?

Imagine que en otro momento el estado de Quintana Roo estuviera ante la presencia de un huracán de la más alta categoría y, sin que todavía hubiera tocado tierra, el gobernador saliera a decirnos que renuncia porque le ofrecieron la Secretaría General de la Organización Mundial de Turismo. ¿Cómo definiría la decisión?

Y es que si bien todo empleado público o privado tiene el derecho de dejar de laborar en cualquier momento en la empresa o institución que lo emplea, hay renuncias oportunas y las hay inoportunas. Y la del Gobernador del Banco de México Agustín Carstens es de las más inoportunas.

Sí, es de todos conocido que el hombre ha querido dirigir organismos financieros internacionales desde hace mucho, pero su decisión de hacerlo en el entorno económico realmente incierto que enfrenta México hoy es una de las sobreposiciones más claras que he visto del interés particular sobre el interés nacional.

Deje usted de lado que al aceptar ser ratificado para un segundo periodo en el cargo a finales de 2015, el ahora renunciado suscribió un compromiso con la institución y con el país para encabezar el buen manejo de la política económica hasta el 31 de diciembre de 2021.

Concentrémonos en los efectos. Su salida agrega incertidumbre de todo tipo, en momentos donde mercados, inversionistas y los mexicanos 'de a pie' requerimos lo contrario.

Lejos de compartir el argumento de que su nuevo cargo es un gusto, lamento que su ambición por gerenciar un organismo financiero internacional le haya impedido decirle al presidente del BIS (Bank of International Settlements), Jens Weidman, que no podía aceptar su amable propuesta en estos momentos de gran riesgo interno y externo para México.

Cierto, no hay funcionario irremplazable. El Estado mexicano tiene candidatos varios y un mecanismo claro para instrumentar el ahora necesario nuevo nombramiento. Pero ningún navío en su sano juicio cambia de almirante en la antesala de una tormenta.

El relevo de un cargo de esa magnitud implica presiones de muy diversos actores (entiéndase 'grilla') entre quienes aspirarán a ser propuestos, primero, y ratificados después, y entre quienes no quieren que así sea.

Más importante aún, implica un nerviosismo natural en quienes observan el actuar del Banco Central con lupa para confirmar que el hombre o mujer que lo encabeza tenga, en efecto, la capacidad para calibrar con precisión la política monetaria en tiempos de enorme presión para el peso mexicano, tremendos retos de coordinación con la política fiscal y monumentales necesidades de comunicación con diversos actores del mercado dentro y fuera de México.

La historia acredita diversos ejemplos de funcionarios públicos grandes que supieron decir que no a buenas oportunidades por privilegiar el interés nacional. El gobernador que se va no es uno de ellos. Sí, es técnicamente sólido y de gran peso en el sistema financiero internacional, pero con su decisión mostró que en los momentos en donde México necesitaba todas sus capacidades y disposición para navegar aguas turbias, nos salió pequeño.

Desde Basilea, en octubre de 2017, Cartens verá que la duración de la tormenta será mayor que su injustificada expectativa y que si bien sus logros pasados lo tendrán en una de las posiciones que soñó, aquí habremos mexicanos que lo veremos como uno de tantos políticos que privilegiaron su interés particular por encima del interés nacional.

El autor es empresario y conferencista internacional.

Twitter: @mcandianigalaz

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