Opinión

La reforma energética, un horizonte de oportunidades para México

 
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Iberdrola


En el escenario que presentan las próximas décadas el mundo necesitará más energía – por lo menos un 30% más de aquí a 2040 – según la Agencia Internacional de la Energía. Por otro lado, el pasado año en París, la comunidad internacional se comprometió a limitar el calentamiento del planeta por debajo de los 2ºC. La combinación de ambas tendencias provocará cambios sustanciales en el modelo actual, primando fuentes de energía más sostenibles y competitivas y en especial las tecnologías bajas en emisiones de carbono, llamadas a jugar un papel esencial.

México progresa en esa dirección. La reforma energética anunciada por el presidente Peña Nieto en 2013 – incluida en una amplia y ambiciosa agenda reformista que comprende diferentes áreas sociales y económicas – es un ejemplo único de transformación ágil e integral de un sector energético.

La reforma pretende conseguir que el suministro energético sea más seguro, eficiente y sostenible, reduciendo a la vez el coste de la electricidad para ciudadanos y empresas mexicanos. Igualmente, se ha convertido en piedra angular de la agenda medioambiental del Gobierno, comprometido en reducir las emisiones de efecto invernadero del país un 22% mediante acciones que permitan cumplir los objetivos pactados en París el pasado mes de diciembre.

El Gobierno mexicano es consciente de la magnitud de las inversiones que este reto conlleva – unos 150 mil millones de dólares en los próximos 15 años –. Por eso ha perseguido que la reforma ofrezca mayores posibilidades al capital privado y genere las condiciones necesarias para atraer inversores: un marco regulatorio bien diseñado, estable y predecible fundamentado en principios de mercado.

La reforma contempla una impresionante batería de medidas, incluyendo la modernización de la estatal CFE; crea todas las instituciones necesarias para gestionar un sector abierto (operador del sistema, operador del mercado...) así como una regulación bien definida de los mercados mayorista y minorista de electricidad, además de establecer un mercado de certificados de energía limpia.

En apenas dos años, gran parte de las transformaciones se han puesto ya en marcha o están en curso y la reforma comienza a dar sus frutos: la inversión en infraestructuras ha permitido crear nuevos sectores, la mayoría basados en la tecnología y el conocimiento. Ha permitido también reducir los costes energéticos, haciéndolos más asequibles y mejorando la competitividad de las empresas mexicanas, además de crear riqueza y empleo para los mexicanos.

Pero aún queda camino por recorrer. La reforma ha cambiado profundamente la estructura del sector eléctrico mexicano pero para lograr su máximo potencial es necesario consolidar la liberalización del mercado, mantener la estabilidad regulatoria, que los inversores tengan visibilidad a medio y largo plazo fijando objetivos claros en materia energética y facilitando los procedimientos administrativos a productores y proveedores. Los responsables de implementar la reforma deberán velar también por mejorar la calidad del servicio y reducir las pérdidas del sistema, sacando todo el partido de las nuevas tecnologías digitales. Por último, deberán invertir en la formación, capacitación y desarrollo de capital humano en esta nueva era tecnológica.

Estoy convencido de que podremos superar los retos pendientes ya que las nuevas oportunidades que la reforma ofrece a empresas como Iberdrola, que prevé invertir 2,500 millones de dólares en México en los próximos cinco años, contribuirán a garantizar un suministro eléctrico seguro, limpio y competitivo a los ciudadanos mexicanos.

El autor es presidente y consejero delegado de Iberdrola.