Opinión

La reforma energética no será el Atenco de Peña Nieto


 
 
 
El 22 de octubre de 2001, el gobierno de Vicente Fox anunció un proyecto que habría de ser emblemático en su administración: la muy necesitada construcción de un nuevo aeropuerto para la Ciudad de México en Texcoco. Un año más tarde, el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra orquestó una protesta ante un decreto expropiatorio que afectaba a más de 4 mil familias.
 
 
La mayoría de las tierras expropiadas estaban ubicadas en San Salvador Atenco. El proyecto, que implicaba una inversión directa por 77,000 millones de pesos y una derrama secundaria que alcanzaría alrededor de 300,000 millones, fue abortado después de meses de protestas, bloqueos carreteros y una larga contienda.
 
 
En las negociaciones finales, el gobierno de Fox llegó al extremo de legislar que los machetes portados por los manifestantes, con los que amenazaban a los choferes de camiones para bajarlos de sus unidades, no eran 'armas' sino simples 'instrumentos de trabajo'.
 
 
Así, lograron no tener que encarcelar a quienes protestaban y finalmente apaciguar a un movimiento que puso de manifiesto la debilidad de esa administración y su paupérrimo manejo político. La lección fue clara: un grupo de manifestantes podía bloquear un proyecto de envergadura nacional. La segunda lección lo fue menos: esas 4,000 familias afectadas son hoy tan pobres como lo eran antes y sus 15 minutos bajo el reflector no se manifestaron en mejora alguna para ellos. Perdieron, también, los 20 millones de habitantes de la Ciudad de México que 12 años más tarde siguen con un aeropuerto de dos pistas que es insuficiente y que está atrapado en medio de esa megalópolis, sin tener hacia dónde crecer.
 
 
El pais perdió una gran oportunidad.
 
Ahora, se acerca la introducción de la reforma energética. Como he dicho antes, ésta definirá a la presidencia de Peña Nieto. Claramente, también hay fuerzas que no quieren que ésta prospere. Hay multitud de proveedores nacionales y extranjeros de Pemex a los que les conviene el statu quo. Ya saben qué tipo de arreglo funciona, y han forjado una red de contactos con funcionarios relevantes para cotizar, cobrar e interactuar con el sindicato. A todas luces, sin embargo, esas empresas carecen de capacidad para afrontar los retos financieros y tecnológicos y para darle dinamismo al sector. Se agotó el petróleo fácil en México y la nueva frontera geológica exige poner condiciones internacionalmente competitivas sobre la mesa.
 
 
Tenemos que entender que el mundo puede vivir perfectamente sin Pemex, como ha vivido sin Irak y otros grandes productores. La reciente licitación de Chicontepec es un llamado de atención. En ésta no presentaron ofertas las grandes empresas operadoras –Exxon, Shell, SoCal, Texaco- aun cuando algunas de éstas sí compraron las bases para participar. Sorprendiendo al propio Pemex, tres de los seis concursos tuvieron que declararse desiertos, y de entre aquellos donde sí hubo ofertas, llama la atención la de Halliburton, que ofreció cobrar un centavo por barril producido (no es error, eso es lo que ofreció y ganó).
 
 
La empresa generará su utilidad con los costos que le serán reembolsados por el proyecto. Tienen un interés 'económico' pero no uno 'mineral' en la producción. Su objetivo no es maximizar la producción, lo cual es deseable para Pemex y para México.
 
 
Más aún, este modelo contractual no tiene posibilidad alguna de prosperar cuando se trate de campos en aguas profundas, en las cuales Pemex cree que hay 30,000 millones de barriles recuperables de petróleo y gas. En una carta publicada en el diario Wall Street Journal la consultora Baker & Associates dijo que “Pemex lleva medio siglo siendo rehén de una narrativa nacionalista que no comprende la dinámica global de la industria petrolera”.
 
 
Esta es una oportuna llamada de atención antes de que el gobierno presente su reforma energética a consideración. Si ya se tendrá que cambiar la Constitución para los contratos de utilidad compartida supuestamente propuestos, asegurémonos de hacer todos los cambios de fondo para ofrecer concesiones internacionalmente competitivas y, sobre todo, asegurémonos de que las leyes y regulaciones complementarias no se conviertan en las típicas trampas para preservar el statu quo.
 
 
Una reforma energética inteligente generará cientos de miles de millones de pesos de inversión internacional en México, revirtiendo el implacable camino hacia la importación de petróleo en el que nos han metido los zombis ideológicos que insisten en que con simplemente abatir la corrupción mágicamente se resuelve el problema (no sé de dónde creen que saldrán los cientos de miles de millones de pesos que México requiere para recuperar sus niveles de reservas probadas, después de que Cantarell se agota).
 
 
Más aún, generará otro monto similar de inversión en diferentes industrias que se verán atraídas por el acceso a energía en México y por la señal que el gobierno de Peña Nieto enviaría al poder articular una reforma de tal magnitud. Recordemos que CFE es el mayor cliente de Pemex y que el costo de electricidad en México es 86% mayor al de EU. Nos urge ser más competitivos.
 
 
No puedo pensar en un evento que vaya a tener mayor impacto sobre el bienestar de millones de familias mexicanas que éste. El gobierno de Peña Nieto tiene que imponerse ante los grandes intereses a los que el cambio no conviene.
 
 
 
El columnista es Socio Fundador de SP Family Office en Nueva York y autor del libro 'Ahora o nunca, la gran oportunidad de México para crecer'.
 
 
Twitter: @jorgesuarezv