Opinión

La reforma energética es un logro histórico


  
Cuando uno trabaja con gente de diferentes países o cubre mercados internacionales, es posible adquirir perspectiva no sólo sobre las fortalezas y debilidades reales de México y de los mexicanos, sino también descubrir elementos que son más bien comunes a toda sociedad.
 
 
México se ve mucho mejor desde afuera que desde adentro. Hay una tendencia natural a pensar que monopolizamos la corrupción, que tenemos a los peores políticos, a los empresarios más abusivos, etcétera. Lejos de ello, compartimos esos problemas con muchos otros países y también compartimos el lastre de temas tabú que vistos desde afuera son totalmente absurdos e irracionales.
 
 
A la gente en México, por ejemplo, le parece incomprensible (y comparto el sentimiento) la segunda enmienda estadounidense que protege el derecho a tener e incluso portar armas. En Estados Unidos es, absurdamente, más fácil comprar un rifle de alto poder que un antibiótico. Recientemente, también resultó increíble para muchos el cierre del gobierno por temas presupuestales y parece absurdo, visto desde afuera, que el legislativo tenga que aprobar techos de endeudamiento cuando son simplemente para pagar por presupuestos ya aprobados por ellos mismos. Viendo otros países, parece inconcebible que en Alemania le den dinero a la gente por poner páneles solares incluso en zonas donde el sol no sale ni de broma; en Francia, las constantes huelgas por cualquier motivo son de risa, en Venezuela es ridículo que la gasolina sea prácticamente gratuita, y así sucesivamente.
 
Visto desde afuera, la absurda estatización de la industria energética mexicana parecía medieval, incluso desde la perspectiva de países con gobiernos claramente de izquierda. Hace unos días el Legislativo mexicano superó lo que por décadas, visto desde adentro, parecía insuperable. Visto desde afuera, México se ve como un país que fue capaz de vencer sus dogmas, de someter a sus demonios. El diario Wall Street Journal en su editorial del viernes decía que el Legislativo mexicano le había dado una lección al Legislativo estadounidense mostrándose capaz de poner la mesa para que México progrese y se integre al boom energético norteamericano que hasta ahora era exclusivo de Canadá y Estados Unidos. El influyente diario manifestó envidia, deseando que senadores y representantes estadounidenses fuesen capaces de la racionalidad de los mexicanos para hacer los cambios evidentes que su economía requiere. El Financial Times y el Economist, publicaciones inglesas, están de acuerdo.
 
Falta un largo camino por recorrer, antes de que podamos afirmar que esta reforma energética provocará el cambio necesario para aprovechar la colosal oportunidad que se nos presenta, mucha racionalidad e inteligencia tendrá que imperar para que se dé una reglamentación sensata y que se desarrollen entidades regulatorias modernas. Sin embargo, hay que darnos una palmada en la espalda y admitir que lo que ocurrió la semana pasada no fue menor.
 
 
Igualmente, habrá que rebasar el potencial escollo de la absurda “consulta popular”. Habría que discutir la constitucionalidad de ésta, pero más allá de argumentos legales, soy absolutamente enemigo del concepto de gobierno por referéndum. Cuando se plantea una pregunta al pueblo, quien decide cómo formularla tiene el poder para influir, usualmente en forma determinante, en el desenlace. Pero, más allá de ello, hay que reconocer las enormes limitaciones tanto en el entendimiento del “pueblo” sobre un tema tan complejo, como el descomunal peso de un dogma que ha sido subrayado por décadas en libros de texto y en cada patriótica celebración de la expropiación petrolera.
 
Hay decisiones que compete al gobierno tomar, máxime si se trata de uno, como el nuestro, electo democráticamente. Si se hubiera hecho una consulta popular a principios de los setenta con respecto a la legalidad de los matrimonios interraciales en Estados Unidos, por ejemplo, tres cuartas partes del pueblo se hubiera opuesto a éstos. Cuando la Suprema Corte decidió imponerlos aun en estados que tenían leyes contra éstos, se consideró que era una arbitrariedad. Hoy, con la perspectiva que nos da el tiempo, muy pocos estarían en desacuerdo.
 
La reforma energética probará ser una medida que detonará crecimiento en México. Quisiera pensar también que si la gente entendiera lo que ocurre con la frontera geológica en México, lo que pasa con la revolución energética en Estados Unidos y Canadá, y los cambios que vienen por la revolución en manufacturas que provendrá de nuevas tecnologías como la impresión en tercera dimensión, votarían abrumadoramente a favor de ésta. Sin embargo, cuando oigo los obtusos argumentos de voceros intelectuales de la izquierda, como John Ackerman (quien escribe en La Jornada) o de celebridades iletradas como Gael García Bernal y sus secuaces (que son bien de izquierda pero cobran con la derecha de Televisa, TV Azteca o Hollywood, epítomes del capitalismo), me doy cuenta de que siempre hay una teoría de conspiración a la mano para rebatir cualquier argumento sensato, e infundir miedo. Repetiría, también, que el gobierno de Peña Nieto ha hecho un pésimo trabajo vendiendo la reforma. Aun con la certeza absoluta de que la izquierda, los antipriistas, y demás escépticos son imposibles de convencer, hay miles de opiniones marginales a las que es muy importante proveer con argumentos sólidos que vayan mucho más allá de que “va a bajar el precio de la luz”.
 
Por ahora, detengámonos a observar que México logró lo que muchos países mucho más desarrollados no logran: pasó por abrumadora mayoría una reforma que aniquila, espero que permanentemente, un absurdo tabú que le ha costado a México muchos puntos de desarrollo económico, millones de empleos, y miles de millones de dólares de inversión privada. El PRI merece crédito por impulsarla, el PAN lo merece por haber empujado al PRI a ir mucho más lejos de lo que originalmente planteó. En este caso, Peña Nieto logró un avance que puede cambiar de tajo el crecimiento potencial de México. ¡Enhorabuena!