Opinión

La recuperación de sus lugares


En efecto, para los priistas no ha sucedido nada culturalmente durante una docena de años. Por eso vuelven a ocupar, con asombrosa naturalidad, sus lugares (un amigo me dijo que un funcionario le había comentado que no los ocupaban sino los recuperaban, porque son suyos), repartiéndoselos, prácticamente distribuyéndoselos como en una festivalera rifa. Y, sí, hay sorpresas, pero alrevesadas, como la compensación que otorgaron a José Carreño Carlón nada menos que al frente del Fondo de Cultura Económica (y ante este inesperado nombramiento un amigo me llamó para decirme que, en efecto, parecería que estoy vetado de por vida para publicar en esa editorial, que, en principio, debiera editar pluralmente a todo aquel que sabe escribir, no nada más a los inscritos en el club de los dictaminadoes, ya que el dinero para elaborar los libros procede, evidentemente, de toda la ciudadanía), lo que demuestra, y exhibe con claridad, que el asunto es dar cabida a los camaradas, no importa si son idóneos o no en los puestos que les han asignado.
Tengo que reconocer que cuando fungía de subdirector en el diario La Jornada, Carreño Carlón tuvo generosas actitudes periodísticas conmigo; pero no pudo evitar las mezquindades que luego fraguó la directiva para borrarme de su mapa informativo, tal vez porque ya estaba muy cerca de Salinas de Gortari, quien lo llamaría después para encargarle la dirección de El Nacional, ese periódico gubernamental que pagaba con gentileza desmesurada a sus colaboradores bien portados. Todavía recuerdo cuando el buen Raúl Trejo Delarbre, quien aceptó dirigir —durante la administración carreñocarlonista— el suplemento cultural, me llamó para pedirme un breve ensayo sobre las dos primeras décadas del Festival de Woodstock, el cual le entregué con puntualidad en agosto de 1989.
Después de ese artículo le dije a mi amigo Trejo Delarbre que ya no volvería a hacerlo por la sencilla razón de mi desacuerdo con la gestión salinista, que había arrebatado arteramente la presidencia a Cuauhtémoc Cárdenas. Recuerdo que Raúl lo entendió bien, y no me dijo nada: me pagó la exorbitante cantidad, para aquel entonces, de casi dos mil pesos (un pago similar a los que otorga, digamos, Enrique Krauze hoy en día a sus amistades en Letras Libres, la revista de contenido político cultural con los mayores emolumentos en México para sus colaboradores, siempre cercanos a la dirección). Esos dos mil pesos de 1989 podrían traducirse, en la actualidad, a unos 15 o 20 mil, aproximadamente. Trejo Delarbre me dijo, con amabilidad, si acaso estaba mal pagado mi ejercicio escritural. Por supuesto que no, le respondí... pero por eso mismo no vuelvo a entregarte ninguna colaboración más, le dije. Nos dimos la mano, y con fortuna seguimos siendo amigos, como desde un principio.
Con José Carreño Carlón no volví a tener ninguna plática más desde que se volvió funcionario priista, pero sabe muy bien lo que pienso acerca del salinato y la descomunal corrupción que se gestó en ese periodo. Luego de que las instalaciones de El Nacional se pusieran a la venta, Carreño Carlón pasó a ocupar la oficina de Comunicación Social de la Presidencia de la República, acercando a los intelectuales, que fueron demasiados, a “comprender” los embates modernistas del mandatario. Por eso no dudo, ni tantito, que ahora en la lista del Fondo de Cultura puedan agregarse autores como Héctor Aguilar Camín, Ángeles Mastretta, Rafael Pérez Gay, todos los que escriben en Nexos, el plantel académico de la Ibero, Carlos Loret de Mola, etcétera.
Pero lo sorprendente de la cuestión se trasluce a la vista de todos y nadie parece percibirlo: la cultura ha permanecido inmovilizada desde que el Partido Revolucionario Institucional perdió en las urnas en el año 2000, de ahí que vengan, de nuevo, los mismos que la dejaron tal como estaba hace poco más de una década. No hay nuevos personajes, no hay nuevas personalidades, no hay nuevas figuras (sí, han muerto relevancias como Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes, que hoy estarían ocupando otra vez posiciones trascendentales, amigos imprescindibles que eran de los que han recuperado ahora sus cargos), no hay nuevos rostros, no hay nuevos movimientos... a menos que se considere andar en calzones en el Metro o en Reforma como una vanguardia performancera de indudable valor donde caben a la perfección no la resistencia, ja, a la retrógrada moral social —después de programas televisivos como La rosa de Guadalupe a quién diablos le va a importar que la vecina perree en los pasillos o que Lucero actúe, que es un decir, en telenovelas para que los espectadores puedan mirar cómo la infidelidad es ya un producto social extemporáneo— sino las impudorosas pequeñas obscenidades y las desproporcionadas vanidades exhibitorias de la gente voluntariamente influida por los shows mediáticos, de los cuales ha sacado monumental provecho, por ejemplo, Spencer Tunick, cuyos malabares desnudistas colectivos continúan atrayendo a los medios predeciblemente impresionables.
México no ha dado un solo paso adelante después de una docena de años, por lo menos en su aspecto cultural.
Por eso han designado a los que estaban para que puedan continuar haciendo lo que les fuera un malhadado día interrumpido. Como en la Edad Media, que nadie sabe qué ocurrió en dicho milenio por el ostracismo en que el hombre se vio inmerso, igual en los dos sexenios panistas, cubiertos de inexplicable oscuridad, nada sucedió culturalmente. Por eso vuelven los que habían dejado a la cultura tal como está ahora: inmovilizada, sin adjetivos, desilustrada, grisácea, inodora, insabora, reculada. De ahí que la comunidad cultural, en una mayoría visible, parezca estar nuevamente regocijada: porque ya volvieron los que nunca debieron haberse ido. Hasta el crítico Ernesto Villanueva escribió apresuradamente que la intelectualidad estaba de plácemes por el nombramiento de Carreño Carlón en el Fondo, por lo que yo le auguro, ya, un estupendo volumen bibliográfico —al imperturbable estudioso de la comunicación— en ese importante catálogo editorial.
Aunque no sé si otros intelectuales corran con la misma suerte, porque, ni modo, así se han establecido los lineamientos y parámetros políticos: el que se mueve no sale en la foto. Por eso numerosos artistas y creadores están urgidos en retratarse con los que han “recuperado”, por fin, sus viejas y magníficas posiciones burocráticas.