Opinión

La rebaja de mayo

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil notó que las primeras planas de los periódicos dedicaban de nuevo su espacio a los avatares de la economía mexicana. Gil tiembla cuando así ocurre en los diarios que no se ocupan cotidianamente, como El Financiero, de los indicadores, los números, las finanzas nacionales. Un fantasma persigue a Gamés, el fantasma de la economía en trizas del priismo decadente, el del fin del milagro.

El inútil de Echeverría cerró su sexenio entre las llamas de una devaluación infame; el inenarrable López Portillo estrelló el plato de las finanzas en el piso, se robó hasta los lápices y luego se puso a llorar; de la Madrid inició una reformas que trajeron arcas vacías para la nación. ¿Seguimos?

¿Cómo ven a Gil escribiendo como articulista de La Jornada? Será el sereno, pero cuando los economistas empiezan a pedir disculpas, la cosa se pone fea (no empiecen). Al referirse al recorte en la expectativa del crecimiento anual, el subsecretario de Hacienda, Fernando Aportela, afirmó que el crecimiento para el 2014 será insuficiente, “menos de lo que México merece, menos del potencial que tenemos”.

La verdad, el país no merece a un subsecretario que explique los asuntos económicos como si se tratara de merecimientos. Caracho, ¿estamos locos? Puestos en ese plan, sólo Dios sabe lo que México merece en materia de crecimiento económico. Le podemos preguntar a un cura, a un filósofo, a un escritor y sus respuestas resultarán exactas, infames o infaustas, pero diantres, que un economista hable de “merecer” es inadmisible. Comuníqueme con Luis. ¿Oye, este muchacho: qué pex, siempre es así de intenso? Porque quizá lo suyo es el godspell, Luigi, piénsalo.

Oscuridad

Si a Gil le dicen que la economía mexicana crecerá 2.7 en el 2014 y no 3.9 como se había estimado, la même chose que si le comunican que hay tormentas en la biósfera de Saturno. Debe ser algo terrible, irrespirable. La rebaja de mayo, ¿a cuánto equivale, de qué hablamos cuando hablamos de un punto porcentual en el crecimiento?

Las autoridades hacendarias, éstas y todas las que Gamés recuerda, no se sienten obligadas a explicar con peras y manzanas el asunto. Resultado: uno va al médico porque tiene ronchas y la explicación del facultativo (gran palabra) no nos deja saber si mejoraremos con un jarabe o tendremos que esperar la inminente muerte. Señores economistas de Harvard, Princeton: explicar es entender y comunicar es un arte. ¿Cómo ven a Gamés en el plan de sentencia pontificia?

Oigan al doctor, o lo que sea, Aportela: “Es por eso que en la Secretaría de Hacienda estamos comprometidos con la implementación de las reformas estructurales, y también trabajando intensamente para que este ciclo de mayor crecimiento económico se fortalezca a lo largo de 2014 y en los años venideros”. Van a perdonar, si esto es todo lo que tenemos, no tenemos nada. El enemigo de nuestra clase política es el lenguaje.

Gamés propone que se le imponga una multa de trescientos mil salarios mínimos, que debe ser una cantidad respetable, al que utilice la palabra “implementar”, gran comodín inmune a la claridad. Mecachis, por Dios, señores economistas, ¡lean un libro! Perdón, Gamés perdió la compostura. Regresemos: cof, cof, ejem, ejem.

Volatilidad

Estas contrariedades tienen a Gil convertido en un basilisco. Además de lo demás, (ás-ás), si hubiera un no sé qué en Estados Unidos habría volatilidad en los mercados. ¿Lo ven? Las tormentas en Neptuno, o Saturno, da igual. Ahora mal resulta que la reforma fiscal (al-al-al), los impuestos a las bebidas saborizadas y a los alimentos no básicos con alta densidad calórica provocaron un cisma financiero.

¿Alguien entiende algo? Antes se decía: ¿hay un médico entre ustedes? En nuestros tiempos se pregunta: ¿hay un economista entre ustedes? Qué si la minería, que si el sector de sabe qué, que si la montaña no va a Mahoma, la montaña va a la Secretaría de Hacienda. En resumen, cuando todos los diarios del país dedican sus primeras planas a la economía, cuidado.

La máxima de Gustave Le Bon espetó dentro del ático: “Las voluntades débiles se traducen en discursos; las fuertes, en actos”.

Gil s’en va