Opinión

La protesta como sistema

10 febrero 2014 4:54 Última actualización 21 agosto 2013 5:2

 
Mario Rodarte E.
 
 
Se ha puesto muy de moda en todo el mundo protestar abiertamente en las calles cuando no se está de acuerdo con algo, o para pedir se corrija alguna irregularidad, o simplemente para pedir se haga justicia. En el fondo lo que esto rebela es la pérdida de credibilidad de la sociedad en sus autoridades, ya sea porque las considere incapaces de actuar, sin voluntad para hacerlo, o simple y sencillamente las considere insensibles a la problemática que se vive. Desde el punto de vista de la mercadotecnia, es una manera de hacer publicidad a una causa o algún grupo, con una gran cobertura de medios, en horarios Premium, a un precio realmente bajo, o de plano gratis. Todo aquello que hacían los expertos en comunicación, relaciones públicas y mercadotecnia, de elaborar mensajes y textos seleccionados para ciertos segmentos, elegir a quienes van a comunicar los mensajes, los medios, la temporalidad y los horarios, es ya cosa del pasado.
 
 
Desde el punto de vista de un partido político, sindicato, grupo rijoso, o líder social en decadencia esto está perfecto, porque es una manera de llamar la atención y colocarse inmediatamente en el primer plano, especialmente si se realizan algunos actos hostiles contra la autoridad o la ciudadanía, como cada vez es más frecuente. Esto no solo lo vemos en México; en Brasil antes de la visita del Papa, en Egipto, España, y en general en todas las economías que tuvieron que negociar su rescate de las garras de los acreedores, acción que era aprobada una vez que el gobierno en turno accedía a varios recortes y promesas de buen comportamiento, pero que claramente afectaban los intereses de otros. Ni se diga antes de las celebraciones de los grandes foros mundiales en donde se reúnen los grandes líderes a tomarse la foto y a escuchar y decir discursos intrascendentes y faltos de compromiso, si no es que de contenido también.
 
 
Muy bien por los inconformes y los revoltosos de profesión, pero ¿en dónde queda el ciudadano común? A este, al parecer no le es dejada otra opción que aquella famosa expresión de que “A usted no le queda más que callar y seguir pagando”. Curiosa la forma como los partidos políticos han decidido llevar el curso de las cosas, porque ya sabemos que los partidos políticos deciden el destino de quienes gobiernan y emanaron de sus filas; de otra forma, con mandatarios autónomos, sin aspirar a tener un mejor puesto en el futuro y sin deber favores (muchas condiciones, claro), las cosas podrían ser diferentes. Podrían, aunque no necesariamente lo serían.
 
 
Esperar a que esto se resuelva con la próxima reforma política con la que ya nos amenazan los partidos, es pensar que la autonomía de gestión de Pemex y una reducción de su carga fiscal pueden volverla más eficiente y elevar su productividad. Sin incentivos nada sucede. Se pensó durante un tiempo que la reelección de ciertos puestos de elección popular podría contribuir a superar este problema, porque presidente municipal, o gobernador que no le entre al toro de defender los derechos de los ciudadanos de a pie, conteniendo, o regulando las marchas y castigando los destrozos, simple y sencillamente podría elegir a dónde irse a su retiro espiritual, porque nade votaría por ellos de nuevo. El incentivo perverso escondido detrás es que al no haber exigencia de transparencia y rendición de cuentas en el ejercicio del gasto, los gobernantes en turno asignarían cantidades no despreciables de recursos para contar con sus grupos de adeptos, llámense comerciantes informales, franeleros, invasores de terrenos, taxistas pirata, o beneficiarios de algún programa social, como de hecho ya suceden en varias partes de la República y privilegiadamente en su sufrida capital, quienes harán todo lo que sea para que quien les paga se reelija.
 
 
Alguien sugirió diseñar y elaborar un índice de calidad de vida en las ciudades, comparándolo con lo que cuesta vivir ahí, para que la gente tome decisiones con base en esta comparación. Según los indicadores de competitividad disponibles hasta ahora, la capital y alguna otra ciudad del norte son las más competitivas. Uno supone que en el norte los subsidios al transporte no son tan escandalosos como aquí y con la universidad gratuita más grande del mundo, cualquiera diría que por mucho el DF gana. Ahora considere simplemente las horas que pierde al año por marchas, bloqueos y manifestaciones y añada el tiempo perdido por el tráfico normal, aunque no hubiera marchas y las cosas podrían cambiar. Si finalmente suma lo que gasta en reponer el gobierno citadino los destrozos de los manifestantes tolerados, que de seguro son de su partido y considera la cantidad de usos alternativos, o el costo de oportunidad de esos recursos para otros fines, por ejemplo para tener mejores parques y espacios públicos, que hoy no tenemos, la balanza se inclina totalmente en contra. En tanto los ciudadanos de a pie sigamos sin hacer nada, por lo menos sin denunciar el desperdicio que significa tolerar a todos los protestantes sistemáticos, las cosas van a seguir creciendo, al fin que no hay nada que se los impida. Esta recomendación iría también para las empresas y sus grandes corporativos, que siguen pensando que se localizan en la ciudad de los palacios, pero cuyos servicios son deplorables.
 
 
rodartemario@hotmail.com