Opinión

La política nacional, entre santos, medios y culpas

La queja de Gustavo Madero, presidente del PAN, en el sentido de culpar a los medios de los escándalos en que se han visto involucrados destacados integrantes de su partido, nos remite a un tema esencial en materia de comunicación, periodismo y libertad de expresión.

Desde luego, hay que respetar el derecho del líder panista a decir lo que piensa o a decir lo que sus estrategas le sugieren.

Pero uno es el derecho intrínseco a expresarse y otro es el derecho a decir precisamente lo que dice. Del primero no hay duda, del segundo sí. El primero le corresponde naturalmente, como a todos. Pero el segundo hay que ganárselo. El continente es la libertad de expresión, que hay que respetar y defender; el contenido es lo que cada quien dice.

Me explico: en ninguno de los escándalos recientes, la dirigencia del PAN fijó una postura clara: no negó ni reconoció, y tampoco exigió ni ofreció la verdad. Su estrategia fue la evasión. Ante el primer escándalo de la serie, silencio; ante el segundo, también. Y así sucesivamente. Hasta que se cansó, se irritó, se enojó.

Hay entrenadores de futbol que cuando uno de sus jugadores da motivo para que lo expulsen, en lugar de lamentar o censurar la actitud de su jugador arrojan su furia contra el árbitro.

Es una analogía inexacta, desde luego, porque los medios no hacen, ni quieren hacer, el papel de árbitros, pero el ejemplo permite poner en claro la intención de desviar la responsabilidad. Los actores públicos son responsables de sus actos, los medios de la forma en que reportan esos actos.

Gustavo Madero perdió la oportunidad de fortalecer su liderazgo, tomando las decisiones necesarias al interior de su partido y dando a conocer los motivos de tales decisiones.

Ambiguo, terminó por encontrar a los culpables de sus tribulaciones: los medios.

En otro ámbito, pero en cierta forma similar, Cuauhtémoc Gutiérrez, exlíder del PRI en el Distrito Federal, se queja de bullyng mediático. El pobre. Ha tenido que ir al psiquiatra, dice. Lástima que no fue antes.

También en este caso César Camacho, presidente nacional del PRI, perdió una oportunidad. Dotado para la palabra fácil, esta vez no le alcanzó la retórica: “Cuauhtémoc Gutiérrez ha desplegado durante muchos años una presencia política personal y grupal que, para nosotros, no sólo es respetable, sino importante. Y un partido no podría ser incluyente si no respeta a todos quienes han entregado tiempo e intelecto al partido.” (Reforma, 6 de agosto, 2014). Queda claro que en el PRI el máximo valor es la inclusión. Todos los demás valores están subordinados a ella. La honestidad, la ética, la justicia, todo subordinado a la inclusión. Incluir a todos, sin importar comportamientos, famas, acusaciones, evidencias.

El caso es que Gustavo Madero encontró a los medios culpables del desprestigio de su partido; César Camacho no encontró a nadie, ni siquiera a Gutiérrez.

Entre los santos que creen dirigir y los humanos que realmente conducen y protegen, hay un abismo. Los medios sólo señalan la diferencia.