Opinión

La política como espectáculo

 
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ME Trump feliz (Especial)

Tanto impactan al mundo las elecciones norteamericanas que algo hay de injusto en que no podamos participar en ellas. Las consecuencias del ejercicio de la democracia en Estados Unidos son tan mayúsculas que cuesta trabajo entender su movimiento pendular: de la participación intensa en el mundo con intervenciones no pocas veces abusivas al reconcentrado aislacionismo. Estas contracciones, se ha dicho, no son propias de un imperio, como el romano, español o británico. La diferencia es que se trata de un imperio que es a la vez una compleja y eficaz democracia.

Uno de los elementos centrales de su mecanismo electoral –las Convenciones nacionales de los partidos– se celebrarán esta semana que comienza. Veremos globos, discursos, banderas y botones, la (para nosotros) extraña participación de los familiares –esposas, padres e hijos– de los candidatos, y apenas lo que ocurre por debajo: la actividad frenética de estrategas, encuestólogos, publicistas e ideólogos, de los ingenieros encargados de las redes sociales (los nuevos actores). La política como espectáculo en todo su esplendor.

Las Convenciones son el punto de arranque de las campañas por la presidencia. En un libro muy recomendable, al que ya me he referido antes en estas páginas (De Winston Churchill a Donald Trump, Innisfree, 2016), el politólogo Pedro Arturo Aguirre hace un pormenorizado recuento de las batallas electorales más significativas del siglo XX y de lo que llevamos del actual. Dedica varios capítulos a los procesos democráticos norteamericanos y hacia el final concluye: “las campañas electorales son eventos deplorables.” Y fascinantes también, sin duda. “En temporada de elecciones –escribió Albert Camus– se hacen visibles personajes extraños, oscuros, sin consistencia.” Dichos personajes, durante unas cuantas semanas, son iluminados con una luz tan potente que perdemos de vista lo que en realidad son: demagogos trasvestidos de estadistas.

Entre la xenofobia y la política del odio de Donald Trump, y los muy oscuros intereses que representa Hillary Clinton, hay poco margen de elección. Pero no importa: nosotros sólo veremos los toros desde la barrera, aunque luego de la corrida electoral seamos quienes paguemos las consecuencias.

Todo puede pasar en las Convenciones. Se puede elegir al candidato en la primera votación o, como ha ocurrido, hasta la tercera. En una Convención abierta puede incluso postularse un candidato que no haya participado en las elecciones primarias. En 1948 la Convención demócrata fue muy conflictiva, el partido estaba fuertemente dividido.

Tres días después de celebrada la Convención, un ala conservadora de los demócratas formó el Partido Demócrata de los Estados y postularon a Strom Thurmond, que defendía la discriminación racial. Por fortuna ganó Truman la elección.

En 1968, con la guerra de Vietnam y las protestas pacifistas como telón de fondo, la Convención Nacional Demócrata se llevó a cabo en medio de enormes disturbios ferozmente reprimidos por la policía. La Convención eligió a Humphrey que meses después caería derrotado ante Richard Nixon (apodado tricky dicky por sus métodos poco limpios para ganar elecciones). Las Convenciones republicanas y demócratas del convulso 1968 fueron magistralmente retratadas en sendas crónicas por Norman Mailer, recogidas en un libro esencial para entender la lógica de las Convenciones: Miami y el sitio de Chicago (Capitán Swing, 2014).

Como décadas atrás lo hizo H.L. Mencken, Mailer corrió el velo del espectáculo político: “Una Convención política es, después de todo, no una reunión de la junta directiva de una corporación, sino una fiesta, un carnaval, cerdos revolcándose, caballos bufando, bandas de música tocando, tertulias medievales llenas de voces y gritos de avaricia, lujuria, reunión, enemistad, venganza, conciliación, agitadores, peleas a puño cerrado, abrazos, borrachos y ríos colectivos de sudor animal”.

En la Convención demócrata del 2004 participó como orador un senador de Chicago hasta entonces poco conocido. Su pieza oratoria deslumbró a todo el mundo. La Convención fue el gran trampolín en su meteórica carrera política. Cuatro años después Barak Omaba se postularía a la presidencia. Ocho años más tarde, con luces y sombras, Obama dejará la presidencia de Estados Unidos con muchas promesas incumplidas.

La historia, lejos de llegar a su fin, está en movimiento. Las Convenciones, escribió Norman Mailer y condensa Pedro Arturo Aguirre, son “síntesis escenográficas de una nación que busca su historia”.
 
Twitter:@Fernandogr

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