Opinión

La política al mando

 
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trump y xi

Una y otra vez, desde los miradores más opuestos, se nos recuerda la pertinencia de una de las lecciones más amargas que nos ha dejado la Gran Recesión: que el mercado, el más libre y virtuoso que pueda imaginarse, no es nada o muy poco, sin política y sin el Estado.

Que sin estos vectores, que recogen la voluntad y el conocimiento colectivo, el proyecto o el libre actuar que supuestamente propicia la competencia no arrojan progreso ni bienestar. Pueden, más bien, dar lugar a descalabros enormes y nocivos para la estabilidad política y la cohesión social.

La disrupción de la globalidad que se había construido al final del siglo pasado y acelerado con la caída del comunismo soviético y la 'gran moderación' con que se inició el nuevo milenio, no fue un incidente normal del ciclo económico o de los negocios. Se trató de una 'falla sistémica' que por su magnitud e intensidad reclama reconocer que este tema clásico de la economía política no es una antigualla. 

La relación entre la política y la economía no es unívoca; tampoco las intervenciones de la primera son inocuas y dejan las cosas como estaban. Como lo enseña la historia, cada momento de revisión del papel de la política y del Estado en la economía ha significado grandes cambios en el sistema productivo y distributivo y en los modos de pensar dicho papel.

Nosotros hemos vivido varios de esos momentos, con efectos grandes y pequeños sobre nuestra economía política que, a su vez, han propiciado modalidades de intervención inéditas o actualizadas, hasta importadas. En casi todos los casos, tales intervenciones han obedecido a un alto grado de pragmatismo e imaginación histórica, más que a doctrinas o teorías prevalecientes.

En realidad, lo que ha habido son transgresiones de las ideas consagradas y de las prácticas al uso en cuanto a la conducción económica. Así ocurrió en los años treinta del siglo XX y así ocurre hoy, para empezar en la 'tierra de los libres', donde se promoviera la creencia en la magia del mercado. También en Europa, donde con docilidad lamentable se adoptó la peor de las versiones del liberalismo y el monetarismo contemporáneos. Y así les fue.

En el presente, en el banco de la Reserva Federal y el propio Banco Central Europeo, se discute y reflexiona sobre el momento oportuno de virar a prácticas 'normales' de la política monetaria, para dejar atrás el manejo si no libérrimo, sí liberado de la moneda para operaciones contracíclicas. Y la verdad, tal momento no parece muy dispuesto a llegar pronto.

La duda manda y las añejas certidumbres sobre las autorregulaciones del mercado siguen bajo reserva. La gravedad de la situación pasó el comando a la política y las convicciones políticas de conservadores y liberales se transfiguró, aunque no tanto como para dar lugar a una recuperación sostenida y beneficiosa para todos.

El mundo vive una confrontación amplia y aguda sobre el destino del libre comercio y el proteccionismo. Más que de un fin de la historia, se trata de una disyuntiva que nunca es absoluta sino de grado. A lo largo del devenir de las naciones, ha habido alzas y bajas en los grados de protección que han respondido a los altos y bajos humores de las políticas nacionales o a coyunturas económicas específicas, así como al mapa veleidoso del poder internacional y su distribución.

Que Xi Jinping sea hoy el defensor del libre comercio y Trump del proteccionismo obtuso es muestra extrema de tal veleidad. Como ocurre también con el delicado asunto del cambio climático.

No todo es ni ha sido política, pero la economía de hoy, como la de ayer, no puede entenderse ni explicarse sin la presencia y dinámica de la política.

Todavía no acabamos de entenderlo ni de aprehender su significado profundo, frente a una circunstancia político-económica cuyas implicaciones bien pueden acabar siendo de época, para bien y para mal.

De aquí la urgencia de ampliar las miras e intenciones de nuestro intercambio político. La importancia de la política tendrá que reconocerse pronto, antes de que una nueva coyuntura lúgubre se apodere del ciclo económico.

Supondrá un gran esfuerzo y mucha humildad de quienes decidan hacerlo, porque para ello se requerirá un esfuerzo mayúsculo de racionalidad histórica. Sin esta racionalidad, no es posible siquiera imaginar una reedición del pragmatismo histórico que nos permitió salir de otros atolladeros y laberintos y hasta plantearnos el desarrollo como empresa colectiva y constitucional.

De eso y más requerimos en esta hora amarga. No sería mal principio tomarle la palabra a la Coparmex y reclamar un aumento sustancial del salario mínimo que anuncie compromisos políticos de larga mirada, duración y nuevas maneras de abordar el vital tema del mercado interno, que quiere decir inversión y diversificación productiva, pero también y de inmediato, no para un después que nunca llega, empleo y salarios al alza.

De eso se trata la buena política que, por eso, puede aspirar a ir al mando.

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