Opinión
JULIO TRUJILLO, POETA Y EDITOR

“La poesía no miente, no hay ficción en ella”

    
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Un adolescente curioseaba en la feria del libro de minería, cuando vio de lejos a Aurelio Asiain, que era secretario de redacción de la revista Vuelta. No se acercó a menos de un metro, no se atrevió a hablarle. Vencido por la timidez, se fue. El reencuentro tuvo lugar un poco más adelante, cuando Octavio Paz le publicó un par de poemas y Julio Trujillo vislumbró un futuro que en realidad no había estado tan lejos.

Estudió Letras, aunque se desvió brevemente hacia Derecho. “No vengo de una familia de grandísimos lectores, creo que esa afición fue de generación espontánea”.

Becario del FONCA en repetidas ocasiones –“Me la daban cada vez que la pedía, y me decían ‘Rebeca’”–, Trujillo empezó a producir revistas literarias muy temprano, una de historia, otra de poesía: “Aunque muy de escolares, el gen del editor estaba revolucionado ahí”. Marcó para siempre su raya con respecto de la academia y se hizo lo que es hasta ahora, editor, primero de ediciones periódicas, después de libros. Editorialmente hablando, se doctoró en Letras Libres.

Trujillo merodeaba Vuelta, su aspiración, “el Kilimanjaro de las revistas culturales”. “Empecé como mosca de redacción. Nadie me invitaba, pero yo iba a asomarme”. Hasta que Paz decidió publicarle un par de poemas. “Fue el éxtasis absoluto. Yo flotaba; estaba como gallina recién comprada. Fue un lindo inicio de carrera, sin sombras”.

Tenía 22 años. Paz se ofreció a publicar su primer libro, aunque al final no sucedió. Fue Trilce el que lo hizo, y la presentación fue digna de un poeta consagrado. Compartieron el estrado, Mutis, Sheridan, Asiain y Amara. La reseña de Sheridan se refirió al libro como un clásico joven. “Desde entonces me pesa ese primer libro no sabes cómo”.

−¿Dejó de pesarte?

−Con este último… (El acelerador de partículas)

Trujillo gozó de pensar el mundo a través de una revista. “Aprendí a editar, a pensar de una manera ordenada, a pensar en la actualidad en términos de reportajes”. Sus últimos tres años en Letras Libres transcurrieron en Madrid, en la gesta y el armado de la versión española. “Fue una especie de epicentro que me ayudó a conocer a un montón de gente, a viajar, a pensar críticamente, a defender una postura con valentía. La experiencia española fue insuperable en todos los sentidos. Fue el paraíso”.

A aquello le siguió un alegre año de free lance. Su esposa trabajaba y él se quedó en casa, a cargo de los hijos y sus poemas. Tras unos meses al frente de la edición en español de NewsWeek, Trujillo se movió a Conaculta, donde fue director general de publicaciones. Cinco años en la función pública mermaron al poeta, pero elevaron al editor: “Pude hacer programas a lo grande, de los cuales me siento superorgulloso”. Sin embargo, la grisura de la burocracia lo deprimió. “Generé un conflicto que pude haber llevado bien con otra actitud, pero decidí odiar al burócrata que había en mí, a las oficinas y a la ola de la gente en los elevadores a las ocho de la mañana. Dejé de escribir dos años, hasta que brotó de nuevo la escritura otra vez. En mi nuevo libro, El acelerador de partículas, hay un poema central, Memorándum, que es mi testimonio de lo difíciles que fueron esos tiempos para el poeta”.

Trujillo, director de Alfaguara México, cuenta su vida en 10 episodios, sus diez libros. “La poesía no miente. No hay ficción en ella. Casi toda mi poesía es autobiográfica”. Bipolar fue publicado en Pre-Textos, una de las grandes editoriales de poesía de España. Otro de sus más queridos es Proa, un poema dividido en 23 partes, con versos cortos, “ligero y veloz como la proa de un barco, que parte las aguas en dos, que era mi idea de la juventud”. Atajos y rodeos es su único libro en prosa, “que fue como perder la virginidad”.

Trujillo tiene fama de tener un oído privilegiado, musical. Su ritmo perfecto es constantemente elogiado. “Un buen día me harté de eso y escribí un libro deliberadamente feo, que le gustó mucho a algunos locos experimentales. Me cayó muy bien como ejercicio ir contra el aplauso, contra mí mismo. Pitecántropo es como un hijo salvaje, y el primero en Almadía”.

Le pregunto por sus proyectos, además del obvio que es Alfaguara. Me cuenta que está leyendo una biografía de Byron, “para un proyecto enloquecido”. Narra: “Byron era un gran nadador, tal vez para compensar que tenía un pie equino. Nadaba en el Támesis distancias inverosímiles. En Venecia, después de una juerga, nadaba por los canales y mostraba una increíble resistencia. En un viaje a Turquía, él y un amigo suyo recuerdan el mito de Leandro y Hero: Leandro nadaba cada noche el estrecho del Helesponto para a ver a Hero, su amada, que estaba del otro lado. Ella prendía una antorcha y con ella se guiaba Leandro, hasta una noche de tormenta. Extinguida la antorcha, Leandro se desorienta y se ahoga, lo cual provoca que Hero se arroje de la torre y muera. Byron y su comparsa se preguntan cuánto habrá nadado Leandro en realidad, y se proponen desmitificar el mito. Nadaron cuatro horas. Esa es una clásica hazaña byroniana”.

Julio Trujillo ha vuelto al agua. Su cuerpo habla de su postergada condición de nadador. No es difícil imaginarlo abriendo las aguas; es un hombre alto, de espalda ingente y largos brazos. Después de entrenar, y mientras investiga las relaciones que existen entre poesía y natación –qué escritores nadaban; el ritmo al nadar; cómo aporta el deporte a la cadencia métrica de los textos; como se mide la respiración– intentará cruzar el estrecho de los Dardanelos, como lo hizo Byron. “Quizá me ahogue, pero sería una muerte dignísima”.

Twitter: @scherermar

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