Opinión

La pesadilla de otro Maracanazo

RÍO DE JANEIRO.– La promesa del gobierno brasileño en 2007, cuando la FIFA le otorgó a Brasil la Copa del Mundo de Futbol, era que en 2014 verían a una nación moderna e innovadora. Pero la metáfora de lo que ha sucedido la dio el propio ministro del Deporte, Orlando Silva, autor de tan temeraria –vista en el tiempo- afirmación en el periódico Folha de Sao Paulo: fue despedido meses después, acusado de recibir sobornos. Si así empezó todo, ¿cómo terminará? No se sabe aún, pero “la mejor Copa del Mundo en la Historia”, como la prometió, se convirtió en la peor pesadilla de los 17 países que han organizado el torneo.

El orgullo brasileño de potencia, autosuficiente y pomposa está roto, ante el fracaso como un organizador confiable y los temores que a casi 50 días para que se inaugure la Copa, no terminen ni siquiera los estadios donde se va a celebrar. El secretario general de la FIFA, Jérôme Valcke, visita esta semana los tres estadios -de un total de 12- que aún no son terminados, incluido el de Sao Paulo, donde Brasil arranca la Copa contra Croacia, que son parte de los compromisos incumplidos. En 2007, el gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva prometió una inversión de 8 mil millones de dólares en 56 aeropuertos, nuevos ferrocarriles, supercarreteras, metros y vías rápidas. Sólo siete proyectos se terminaron.

Los principales aeropuertos de Brasil son ejemplo de esa vergüenza. El internacional de Río, “Antonio Carlos Jobim”, lleva lustros sin ser retocado. El Guarhulos, en Sao Paolo, ni limpio está. Los dos, masas de concreto corrugado con similar diseño arquitectónico, se ven lúgubres ante su eterna falta de iluminación y mobiliario anticuado. De los 13 aeropuertos que serán utilizados, sólo se concluyeron las remodelaciones en dos de ellos, Natal y Recife, en el norte del país. Río y Sao Paulo, las principales puertas a los casi 700 mil extranjeros que se estima visiten Brasil en la Copa del Mundo, serán una pesadilla para los usuarios acostumbrados al orden. La nueva pista que se iba a construir aquí, se canceló, por lo que las demoras no serán inusuales. El tren bala que iba a unir las dos megalópolis y ayudar al puente aéreo, nunca se inició.

En Salvador de Bahía, hermosa ciudad colonial, el nuevo metro que se iba a construir quedó relegado para comenzar sus obras hasta que termine la Copa del Mundo. En Manaos, en el corazón de la selva del Amazonas, el gobierno prometió un monoriel que finalmente fue abortado el año pasado cuando se dieron cuenta que era ecológicamente inviable. En Belo Horizonte cancelaron el nuevo aeropuerto prometido y el metro que iban a construir fue cambiado por nuevas líneas de autobús.

El estadio Maracaná, aunque fuera de tiempo, fue finalmente entregado, aunque las zonas de invitados especiales y prensa, así como los palcos, decepcionan frente a estadios de primer nivel en el mundo, como el de Wembley y el Emirates del Arsenal, en Londres; el Allianz Arena del Bayern, en Munich; o el de los Cowboys Stadium, en Dallas.

Peor aún, esa catedral del futbol donde se jugará la final del campeonato, mantiene sus problemas de transporte. No se mejoraron las vías de comunicación hacia el renovado coso, y el tiempo para llegar en metro o autobús de Ipanema o Copacabana, donde están los principales hoteles, es de más de una hora. Taxis caros serán la solución.

Cuando Brasil ganó la organización de la Copa del Mundo, el entonces presidente Lula dijo que el gobierno no inyectaría ningún real en los estadios. Hoy en día, el 80 por ciento del capital invertido en los estadios saldrá de los bolsillos de los contribuyentes. Junto con las facilidades para los medios y la interconectividad, era donde más recursos habría de inversión, y un botón de la mala planeación se ve en las inmediaciones del estadio de Porto Alegre, que al no estar aún pavimentadas, no pueden comenzar las obras de instalación de todo el complejo para las transmisiones de televisión. La interconectividad parece una broma de mal gusto. Imposible que lleguen al nivel digital de las Olimpiadas de Londres en 2012, pero ni siquiera en los aeropuertos es fácil conectarse en forma libre. Las autoridades deportivas brasileñas justifican todos los retrasos en que los gobiernos municipales no entregaron a tiempo los permisos para iniciar las obras.

Para un gobierno que invierte tanto dinero en su imagen por el mundo, es un argumento baladí. Todo ese nuevo Brasil que prometió el gobierno en 2007 resultó mentira, generó protestas sociales en todo el país el año pasado y agudizó las contradicciones sociales en las favelas. La apuesta que debe tener el gobierno brasileño es que su equipo se corone campeón, y en este país donde el futbol es sagrado, la estatuilla de oro de 18 quilates los haga olvidar todo. Pero si no gana Brasil, la probabilidad que la derrota galvanice el descontento es muy alta. Si el Maracanazo se repite, temen que no sólo habrá suicidios como en 1950, cuando perdieron con Uruguay, sino muertos en las calles, con choques violentos contra militares y policías, en la gran fuga de la frustración.