Opinión

La persistente sombra de Ayotzinapa

 
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Ayotzinapa. (Alejandro Mélendez)

El Sol transforma en auténtico plomo derretido lo que cae en las cabezas de los asistentes a la ceremonia que se realiza en Iguala, pero es más hondo y pesado el motivo de su presencia. Todo el gabinete, todas las fuerzas de seguridad, todo el aparato de comunicación está ahí con un solo fin: anular, al menos disminuir esa mole granítica de oprobio en que se convirtió la masacre en la noche del 26 de septiembre de 2014.

“Durante un año y cinco meses el Estado mexicano ha desplegado un amplio esfuerzo institucional para procurar justicia a partir de una investigación profunda, transparente y abierta, contando incluso con la colaboración de diversas instancias internacionales”, habla el presidente Peña con voz acerada y con el tono que caracterizan los momentos decisivos. Para iniciar el segundo tramo de su mandato y con la clara aspiración de crear un parteaguas que deslinde a su gobierno del manchón de vergüenza y sangre que tiñe a Iguala, el presidente Peña decidió conmemorar el 195 aniversario del nacimiento de la bandera nacional. Sus palabras nos indican que quiere ir a fondo y más allá: “Iguala no puede quedar marcada por la tragedia”.

¿Cómo es que un hecho aberrante ocurrido en un municipio y en un estado gobernado por el PRD, le ha sido imputado al gobierno priista y, lo que es insólito, al propio presidente de la República?

En efecto, las investigaciones se han realizado en un mapeo muy amplio, en diversas profundidades y con un variopinto criterio; el número de arrestados sobrepasa el centenar y sus declaraciones las hemos oído en los medios masivos una y otra vez. Quienes han asumido haber preparado el fuego para incinerar los cadáveres así como los propios crímenes han llenado hojas y fojas de todo tamaño; ahí están sus confesiones. ¿Por qué no son creíbles? Algo ocurrió en la investigación inicial y más tarde cuando fue atraída por la PGR encabezada entonces por el abogado Jesús Murillo Karam. Cuando le tocaba hablar ante los medios, el exprocurador lo hacía con la seguridad de contar con pruebas incontrovertibles, nos daba la sensación de que sabía de lo que hablaba.

Su llamada “verdad histórica” está ahí con la suficiencia de los datos duros y confirmada cuando desde Suiza se comprobó que las cenizas encontradas eran las de uno de los estudiantes sacrificados.

Seguramente vendrían más hasta llegar a sumar los 43 o una cifra cercana. ¿Qué ocurrió más tarde? La vorágine de los acontecimientos que ocurren todos los días dentro y fuera del país fue nublando lo que sabíamos. Vino el cambio del procurador y su sustitución por una señora, dio la impresión que todo se ablandaba. Impresión, no necesariamente realidad. Los padres de los muchachos sacrificados y cierta prensa nunca quedaron satisfechos. La desaparición forzada y, finalmente la comprobación de la masacre, empañó la imagen gubernamental, dentro y fuera de nuestras fronteras.

Lastimosamente el país corroboraba que la esfera de la procuración y distribución de justicia es un talón de Aquiles que parece insalvable.

Ahí, en ese pliegue de la nación, cualquier aberración puede ocurrir, comenzando por la impunidad. No falta día que no se nos entere de fraudes, maquinaciones, crímenes, irregularidades, en todos los órdenes y cometidos por todos los que pueblan la nación. Pasa nada. La gran mayoría de esas notas son olvidadas con rapidez, otras quedan en la memoria de la insatisfacción y las menos persisten en la sombra aguardando el momento más inesperado. Eso ha sucedido con la desaparición forzada y el crimen de 43 estudiantes aunque se ignore a los 12 balaceados esa noche y de quienes son los 28 cadáveres no correspondientes a esos jóvenes encontrados por esa fecha en una fosa cercana a Iguala. ¡Son tantos que la autoridad no se da abasto!

No, no es gratuito que entrevistado en Ginebra, Suiza, al preguntarle al expresidente Ernesto Zedillo cuál es el principal obstáculo en el desarrollo de México, haya dicho: Tres problemas impiden el desarrollo de México: uno, el imperio de la ley; dos, el imperio de la ley y, tres, el imperio de la ley. Lo padecemos desde siempre, incluso durante sus años de presidente del 1 de diciembre de 1994 al 30 de noviembre 2000.

Si lo que solemos llamar “Estado de derecho o país de leyes” radicara entre nosotros, lo acontecido en Ayotzinapa y que hoy es una sombra negra para el país jamás hubiera existido, jamás.

Twitter: @RaulCremoux

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