Opinión

La paz pública se tambalea, pero
sigue en pie

La paz pública es una enorme riqueza.

Poco apreciada cuando impera, redimensiona su valor cuando escasea.
La paz pública es el pilar de la convivencia. Permite y alienta el desarrollo individual y colectivo. Paz pública es libertad, confianza, armonía, valores de todos los días que hacen posible que transitemos por la vida, la única que tenemos, la de hoy y no la de un mañana eternamente lejos.

La paz pública nos da libertad de elección en esos pequeños detalles que hacen la existencia, es ir a donde se quiera y a la hora que se quiera, es ensanchar el horizonte porque se sabe que no sólo en los metros cuadrados de cada casa hay seguridad sino también en la gran casa de todos que es el país.

La paz pública ahora, en México, tiene grietas.

Fracturada, se tambalea.

Y esta vez no por razones políticas o ideológicas.

Hoy se tambalea la paz pública porque gradualmente se ha impuesto la ruta fácil hacia el dinero.

Endiosado por una combinación de causas y factores, entre los que están la preeminencia del tener sobre el ser y el hacer, el dinero parece la aspiración suprema.

Tener es más que ser, amar, pensar, crear, trabajar, educar, saber, ayudar.

Esta supremacía de la posesión de bienes materiales hace que se le busque como fin sin importar los medios.

Tan obsesiva es esta convicción, que se busca acumular a cualquier precio. Puesto que es más el que más tiene, hay que tener más para ser más.

Al fin, en una sociedad distorsionada, el que tiene poco es poco y el que nada tiene es nada.

La importancia del verbo tener podría ser inocua, pero no lo es por dos razones: porque deforma la percepción del valor intrínseco de las personas y porque son muchos los que para tener son capaces de violentar cualquier principio.

Una sociedad puede vivir con algunos trasgresores de la ley, ese porcentaje de personas que se aloja en todo grupo humano. A partir de la fuerza de todos, se pueden contener las maldades de algunos.

Pero si cada vez son más los que apuestan por el delito, el abuso, la violencia, si las posiciones de poder se ponen al servicio de la ambición y la delincuencia, si todo está a la venta en el mercado turbio del delito, incluso el cargo público, la integridad y las capacidades, la comunidad queda atrapada entre la violencia y el abuso, los homicidios y las armas.

Cada vez hay más que quieren tenerlo todo desde el delito porque ser delincuente tiene bajo costo, porque en la ecuación de los equivocados aporta mayor utilidad estar al margen de la ley que dentro de ella, porque se puede alcanzar más destruyendo que construyendo.

La impunidad pavimenta la ruta, la hace transitable y hasta aspiracional.
Tenemos que ser capaces de dar un vuelco a estas distorsiones. Que valga más quien más sabe, piensa y trabaja, quien más ayuda y crea, quien más dialoga y soluciona.

Que valgan más los que actúan dentro de la ley que al margen. Que se reconozca más el esfuerzo generoso que la riqueza ilegal. Que se enaltezca más al que ayuda que al que roba.

Estamos a tiempo. La paz pública se tambalea, pero sigue en pie.