Opinión

La paz está sobrevalorada

  
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Paz interior, Vale Villa

Es frecuente que los pacientes lleguen al consultorio a plantear como objetivo terapéutico, el deseo de estar en paz. Un deseo así de general, es especificado de formas distintas por unos y otros:

Arturo se llena de angustia porque tiende a pensar que las cosas saldrán mal. Cualquier problema o deseo frustrado se convierte en miedo de que su vida comenzará a desmoronarse. Sabe que es una exageración, que no hay nada en la realidad para pensar así, pero el hecho es que varias veces al mes, despierta con un nudo en la garganta, con angustia inespecífica que siempre se traduce en temor al fracaso y a perderlo todo. Lo único que quiere, dice, es poder estar en paz, ser menos aprehensivo, menos catastrofista y aprender de sus errores sin perseguirse por ellos.

Ana entiende la paz como la posibilidad de estabilizar sus emociones, que son extremas casi siempre. Pasa de la alegría y la gratitud a la desesperanza y al llanto, muchas veces sin siquiera entender porqué. Ha pensado que son cambios hormonales y a veces cree que su personalidad es así, dispareja e inestable. El hecho es que resulta desgastante vivir así, sin conseguir instalarse durante periodos más largos, en algo que describe como la tranquilidad de ser quien es y de tener la vida que tiene.

Carlos ha estado divorciado desde hace 10 años. Cercano a cumplir 50, se ha enamorado como un muchacho y en lugar de disfrutar lo que siente, se censura pensando que ya no está en edad de perderse así por alguien. Insiste, defendiéndose, en que el amor erótico está sobrevalorado, que él estaba tranquilo con su vida tan hecha, estable y predecible. De pronto tantas sorpresas le caen de peso y a veces se convence de que hubiera preferido su vida tan ordenada y no la incertidumbre que ahora siente. Ya no se imagina la vida sin ella y no lo ve como un regalo sino como tragedia.

Un gran número de adultos dicen padecer lo que los psiquiatras diagnosticarían como angustia generalizada: preocupados todo el tiempo, incapaces de relajarse, despertares inundados de pensamientos perturbadores, miedo inespecífico. Todas estas personas anhelan la paz de la mente.

Quizá pocos han pensado que alcanzar un estado de tranquilidad puede ser un deseo fantasioso más que un objetivo que pueda lograrse de una vez y para siempre. Lo que tal vez se deja de lado es que la paz y la tranquilidad pueden venir de lugares indeseables como la indiferencia. Si nada nos importara, estaríamos en paz. Si no nos comprometiéramos, no habría de qué preocuparse.
Abandonar las pasiones, cerrar puertas y ventanas a las emociones desestabilizadoras, parece un buen camino hacia la depresión. O la descripción de alguien que ha visto una amenaza en sentir, en necesitar y en la posibilidad de la pérdida, y que ha abandonado la vitalidad para sentarse en un sillón a ver televisión o para quedarse quieto en un lugar seguro en el que casi no pasa nada.
La paz a veces es ignorancia culpable, como quienes se defienden de la realidad, negándola. La paz a cualquier precio es la marca que distingue a quienes huyen del conflicto, a los que odian hablar de temas incómodos, a esos que se alteran cuando surgen conversaciones adultas (difíciles) o cuando hay que tomar decisiones dolorosas. Ignorar (fingir que se ignoran) realidades es un método efectivo para estar en paz, aunque el costo sea la simulación. Creer que todo está bien o que todo estará bien queda lejos del mundo real, que es una mezcla de bien, mal y regular.
Abandonar los retos, las ilusiones abrumadoras, huir de la novedad por amenazante, pueden llevar a la paz: La paz indiferencia. La paz ignorancia. La paz parálisis. La paz muerte del alma.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.

Twitter: @valevillag

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