Opinión

La paradoja del gran
García Márquez

No recuerdo mejor pieza de oratoria que aquella de Gabriel García Márquez pronunciada hace 16 años, en Zacatecas. Era el Congreso de la Lengua Española, y frente al Rey Don Juan Carlos de España, el osado y admirado García Márquez se atrevió a sugerir jubilar la ortografía.

Lo recuerdo hoy que su salud es frágil y su final parece cercano. Gabo, como lo llaman sus amigos, aunque para mí es don Gabriel García Márquez, padece un cáncer linfático avanzado y agresivo, extendido por todo su cuerpo, que le ha afectado varios órganos vitales. El pronóstico de los médicos que lo atienden desde hace años es malo, muy malo.

El linfoma tiene cura, pero por lo que ha invadido, su avanzada edad y el cuadro clínico en general ya no hay esperanzas. Hoy convalece en su casa de El Pedregal con cuidados paliativos, según informó su familia.

Con toda la autoridad moral que lo sustenta, García Márquez se atrevió a sugerir lo que nadie antes. Tardó poco más de un mes en escribir esa cuartilla que le dio la vuelta al mundo, escandalizó a los puristas del idioma, erizó los cabellos de lingüistas y académicos y desató las críticas de escritores puristas.

Nuestro Premio Nobel -sí, nuestro- se atrevió a cuestionar lo que muchos hablantes del español nos preguntamos.

... “me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. Y que de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”.

¡Que razón tenía y que poco lo escucharon! García Márquez está hoy postrado, esperando. Nunca nadie imaginó que sería protagonista de una especie de parábola de una de sus obras maestras, considerada entre las 100 mejores novelas en español del siglo XX y, seguramente, su segundo libro más famoso: “Crónica de una muerte anunciada”.

El pueblo (nosotros) sabe anticipadamente que Santiago (García Márquez) morirá y no hace nada por evitarlo. La diferencia es que, aunque queramos, no podemos.

Por cierto...

Esta columna no se publicará en la Semana de Pascua.