Opinión

La otra verdad 

 
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Donald Trump. (Reuters)

Una de las características de los regímenes autoritarios fue la de crear realidades oficiales irrefutables, formadoras de una historia que no requería ser comprobada con hechos verificables y cuya difusión era fundamental para sostener al régimen por largos periodos. Este fenómeno obligaba a crear un nuevo lenguaje que en sus extremos terminaba justificando incluso el exterminio de millones de personas.

Así, el nazismo inventó todo un léxico para justificar la desaparición de judíos y otras minorías utilizando términos como “reasentamiento”, “desinfección” o “solución final”, de la misma forma que el estalinismo explicaba la liquidación de los “enemigos del proletariado”, o la desaparición de las “tendencias burguesas contrarias a la revolución”.

Todas y cada una de estas afirmaciones y otras más, formaban parte de la lógica del Estado totalitario capaz de silenciar cualquier disidencia y justificar toda acción en nombre del interés supremo del proyecto del líder o caudillo, llámese Hitler o Stalin. Estas verdades oficiales terminaron por esconder crueles realidades donde millones de vidas fueron suprimidas sin que nada ni nadie pudiese detener la maquinaria de muerte. En cierta forma este tipo de lenguaje alternativo fue utilizado por las dictaduras militares latinoamericanas del siglo pasado para justificar la represión y la cancelación de la democracia.

Pero lo que hoy estamos presenciando es un fenómeno visto únicamente en débiles democracias, presa fácil de políticos mesiánicos o militares irredentos. El fenómeno Trump sobrepasa cualquier cuento de terror o fantasía apocalíptica. En el país más poderoso del planeta un empresario ignorante y resentido es capaz de llevar a las urnas a una mayoría de ciudadanos alejados de los beneficios de la recuperación económica de la crisis 2008, y así conseguir la presidencia de la república. Una vez ahí, hace gala de su incapacidad como gobernante al provocar un mar de contradicciones entre sus órdenes y equipos de trabajo, desatando la furia de un círculo cercano de fanáticos ultraconservadores cargados de un racismo sin límite alguno.

Son estos personajes: Steve Bannon, Kellyane Conway y Stephen Miller como máximos representantes de esta alt-right (derecha alternativa) quienes han construido esta narrativa paralela a la realidad a la que llaman “hechos alternativos”, y que no son más que una serie de falsedades construidas en torno al poder de Trump, de la misma forma que lo hacían los dictadores del siglo XX.

Así inventan multitudes inexistentes en torno al presidente, o masacres como la de Bowling Green, o triunfos electorales sin precedentes, o atentados en Suecia, sin que nada de esto ocurra en la realidad. En la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin o el 1984 de George Orwell, estas mentiras serían la verdad realmente existente.

Pero la democracia norteamericana no ha muerto. La reacción de la prensa excluida de las conferencias de prensa en la Casa Blanca ha sido no sólo la protesta, sino el desmentir una y otra vez cada una de estas afirmaciones sin sustento cuyo único objetivo es el de justificar el poder omnímodo de un presidente que una democracia como la norteamericana no puede tolerar porque no es capaz de respetar el equilibrio de poderes ni el Estado de derecho. La pluralidad y la diversidad está en las opiniones, enfoques y políticas que se pueden instrumentar en una administración demócrata o republicana. Pero intentar suplantar los hechos para definir realidades desde el centro del poder mismo es totalitarismo y eso es inaceptable. La otra verdad es una mentira que intenta volverse verdad simplemente por repetirse una y otra vez, o por provenir de la voz del presidente.

El bajo mundo de la irracionalidad en Estados Unidos llegó al poder y es momento de detenerlo.

Twitter: @ezshabot

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