Opinión

La otra inteligencia

 
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Nada alentador se aprecia el panorama nacional que, de acuerdo a la copiosa información difundida, se debate entre el escándalo, la opacidad, el crimen, la violencia, la corrupción y la impunidad. Los hechos hablan por sí solos y dan cuenta de una realidad que no se corresponde con el discurso, por más optimista y prometedor que se le elabore.

Las revelaciones que exhiben vínculos impropios de personajes públicos o evidentes actos de corrupción se reproducen cotidianamente y con mayor frecuencia, trátese de amenas reuniones con personajes famosos del crimen organizado, compras compulsivas en establecimientos comerciales del extranjero, concesiones de obra pública o contratos inmobiliarios no enteramente transparentes, mientras el desencanto social se acentúa. Ni aclaraciones ni desmentidos pueden revertir el efecto del primer impacto.

El desarrollo tecnológico, puesto al servicio de cualquier ciudadano, le convierte, aún inconscientemente, en un poderoso vehículo de difusión, en un agente de inteligencia quizás involuntario pero activo. La facilidad de acceso individual a un sinnúmero de fuentes electrónicas y a dispositivos móviles ha desplazado en gran medida el monopolio del Estado en cuanto al control de la información, a su interpretación y difusión.

Una nueva forma de inteligencia, no estatal ni corporativa, se desarrolla de manera natural, sujetando a individuos, entidades públicas y privadas a un mayor escrutinio social, sea intencionado o casual, pero, en todo caso, constante y viral.

El crecimiento exponencial del empleo de ingenios tecnológicos a disposición del público le ha dado una nueva fisonomía al Big brother  tradicional, tomando desprevenidos, en la mayoría de los casos, a los aparatos estatales, principales actores expuestos a las nuevas capacidades ciudadanas para la generación de otro tipo de inteligencia, por más incipiente que se le perciba.

El fenómeno que inició hace unos años con la revelación de secretos por parte de Julian Assange, continuado por Snowden y Manning, se ha venido replicando a nivel mundial de manera paulatina y México no es la excepción, sea formal o informalmente, y su efecto se antoja ascendente.

La otra inteligencia seguirá tomando forma, natural y continuadamente, conforme la sociedad decida emplear los medios a su disposición de manera más estructurada y sistémica, lo que le otorgará a individuos y organizaciones una capacidad de penetración que rebasará, seguramente, los contenidos de ordenamientos legales en materia de transparencia e impactará las estrategias de difusión de información oficial.

El viejo dicho de que la información es poder, esta vigente, pero el monopolio tradicional cambia de sitio, se democratiza y se extiende a espacios donde el control institucional absoluto se antoja imposible. El mundo se va transformando en una gran vitrina, donde todos somos sujetos de observación, por parte de todos, sea legal o ilegalmente. La invasión a la privacidad y la exhibición pública de actos íntimos, puede ser la constante en el intercambio social.

Estamos ante un nuevo paradigma que, por generación espontánea y de manera paulatina, ciudadaniza una función antiguamente reservada al Estado, circunstancia que, de manera obligada, debe conducir a los entes gubernamentales a explorar nuevas formas de relación con la sociedad, pero sobre todo debe motivarles a no hacer travesuras que pueden quedar al desnudo en el momento menos indicado.

Portarse bien, con pulcritud y honestidad, es el mejor consejo.

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