Opinión

La oportunidad que nos da el payaso

 
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Donald Trump tuvo que cancelar un acto  en Chicago por enfrentamientos. (Reuters)

La catarata de estupideces que escupe el multimillonario Donald Trump, aspirante a la presidencia de Estados Unidos, hace muy difícil elegir una frase que retrate a ese Frankestein del Partido Republicano (lo crearon y ahora tiene aterrorizada a su cúpula).

Trump lo mismo califica de violadores y asesinos a los migrantes mexicanos que amenaza con “disturbios” si no le dan la candidatura.

Pero también ha llegado al extremo de declarar: “He dicho que si Ivanka no fuera mi hija tendría una cita con ella”. ¿Qué tipo de persona puede referirse así a su propia hija?

Claro que las frases que han tenido mayor repercusión aquí son aquellas que resumen su odio racial y su absoluto desprecio por México, incluyendo su delirio de construir un muro a la largo de la frontera con cargo al erario mexicano.

El discurso racista y de odio de Trump mereció la respuesta de figuras del llamado mundo hispano en Estados Unidos (EU), y de artistas, intelectuales, analistas y políticos opositores en nuestro país.

Fiel a sus reflejos retardados, al gobierno de Enrique Peña Nieto le llevó 241 días responder las arengas antimexicanas de Trump.

Como buscando esconder la mano que tira la piedra, Peña Nieto rechazó la locura del muro fronterizo y equiparó al millonario precandidato con Hitler y Mussolini, pero lo hizo en español y ante medios nacionales.

Lo hizo, además, sólo después de que los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón abordaron el tema, es decir, quizá únicamente para no quedarse atrás en el escenario nacional y no, como debería ser, para ejercer una defensa firme de los millones de mexicanos que viven en Estados Unidos, muchos de los cuales son candidatos a la deportación inmediata según la trumpista amenaza.

Al menos desde 2001, los gobiernos mexicanos han renunciado a ejercer la defensa plena de los connacionales que viven en Estados Unidos. A los migrantes sólo se les voltea a ver durante las campañas en los estados expulsores o, más todavía, cuando las millonarias remesas que envían hacen palidecer otras fuentes de divisas.

El gobierno ha decidido que la reforma migratoria es un asunto doméstico de EU y, por lo tanto, que la política exterior en materia migratoria sea precisamente no tener política.

El contrapunto es que los migrantes, la frontera y la relación con México en general siempre ha sido un eje de la campaña electoral en Estados Unidos. Para bien y para mal (casi siempre para lo segundo).

La estridencia de Trump simplemente es la música de fondo de la falta de acción del gobierno mexicano. No se le responde, en la lógica del gobierno, para no darle alas. Pero su virulento discurso de odio ya está teniendo repercusiones concretas para muchos de los mexicanos que residen en EU, donde se han multiplicado las amenazas, los insultos, los agravios y los ataques al grito de “construyamos un muro”.

Estamos pagando las consecuencias de haber aceptado que la migración no formara parte del Tratado de Libre Comercio (libre tránsito para las mercancías, no para las personas), así como el sometimiento de nuestro país a las políticas migratorias de EU, que ahora nos han convertido en campeón en deportaciones.

La aparición en escena del “bully demagogo” –como lo calificó The Washington Post– podría ser, paradójicamente, una oportunidad para que México replantee sus políticas hacia la enorme comunidad migrante en Estados Unidos.

Desde el Senado hemos emprendido una campaña en contra del odio que promueve el precandidato republicano (#MxContraTrump). Es una postura que debemos a los millones que salieron del país no por deseo de aventura, sino por necesidad, porque sencillamente México no les ofreció oportunidades para sostener dignamente a sus familias.

La respuesta a las ofensas y al discurso del odio tiene que llevarnos más allá: México tiene que desempeñar un papel central para detener la oleada antiinmigrante que amenaza a EU y para defender los derechos laborales, económicos y sociales de los millones de mexicanos que día a día dejan su sudor en los surcos y las líneas de producción del vecino del norte.

En esa ruta es preciso lanzar iniciativas para reconstruir y difundir, en los medios masivos y en las redes, la verdad sobre la migración mexicana y sus enormes aportaciones a la economía y la cultura estadounidenses.

Las tareas son múltiples, pero debe comenzarse por un efectivo fortalecimiento de la red consular y por establecer relaciones fluidas y de respeto con las organizaciones de migrantes a las que, hasta ahora, sólo se convida a tomarse la foto.

La autora es senadora de la República.

Twitter: @Dolores_PL

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