Opinión

La oportunidad desperdiciada

 
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Este 5 de junio los partidos políticos, candidatos independientes, políticos, instituciones y autoridades electorales enfrentaron los retos que toda democracia conlleva: competencia, cercanía con el electorado, estrategias electorales y de comunicación política, normas electorales, malos y buenos humores, escrutinio público y errores o aciertos de sus compañeros de partido y también de sus adversarios políticos.

Más de 37.3 millones de mexicanos en 14 entidades de la república tuvimos la oportunidad de ejercer nuestro veredicto en las urnas acerca de las mejores opciones, ideas, trayectorias, plataformas; y una vez más, se desperdició la oportunidad de abonar a nuestra democracia representativa.

Las cerca de 68 mil casillas que se instalaron pudieron ser testigos quizá del mal humor de los mexicanos o de su esperanza. La motivación de su sufragio o su abstención sin duda lejos de ser el producto del contraste de las mejores propuestas y los mejores perfiles, se vio contaminado por la campaña negra que acompañó este proceso y que lo seguirá acompañado hasta las últimas instancias: los tribunales.

El escándalo y el nivel de nuestros representantes, donde algunos se llevaron la derrota pero otros la victoria, deja su rastro en la representación, en la legitimidad y en la gobernabilidad, y deja al descubierto la verdadera “democracia” que tenemos, una de pacotilla.

La ciudadanía preocupada por la falta de empleo y de crecimiento económico, el aumento de la desigualdad, de la pobreza y de la inseguridad que se aleja de los políticos, de los partidos y su maquinaria, que busca ejercer un sufragio informado y de contraste, sólo encuentra desaliento y desafección porque se topa con una guerra de descrédito en donde prevalece o la mentira o la impunidad de adversarios.

En esta guerra queda también en entredicho el papel de la autoridad, cuya intervención es insuficiente; no ve focos rojos ni considera la necesidad de atraer la elección, dejando al Tribunal que intente recomponer algo después de la devastación. Esto, aunado al incumplimiento (o encubrimiento) en lo relativo a los gastos de campaña.

Los partidos y ahora los candidatos ciudadanos se han valido de estrategias diversas para ir a la conquista de una población que no quiere escucharlos, y se han valido incluso de las encuestas que, más que herramientas para la toma de decisiones estratégica, son propaganda pagada que sirve para denostar aún más a nuestra democracia y resta credibilidad a ese instrumento de medición de las opiniones y preferencias ciudadanas, al ser llanamente, propaganda.

Las plataformas, las ideas, las propuestas se opaca ante la personalización de una política sin normas, sin ética, sin nivel y sin responsabilidad.

Una mayor competencia se vale de todo para atraer a un voto incierto y de mal humor y la baja participación se hace presente; inunda las nuevas tecnologías de la información y los medios tradicionales con 9.5 millones de spots cuyo impacto ensordece a la ciudadanía hastiada de la guerra sucia y de las promesas vacías evidenciando un modelo de comunicación agotado.

En suma, una oportunidad más desperdiciada, un atentado más en contra de la democracia. Tengamos la seguridad de que a partir de hoy estaremos escuchando a los voceros de los partidos diciendo que todo fue por malas reglas y que es necesaria una (¡oootra!) reforma electoral.

Twitter: @SamuelAguilarS

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