Opinión

La oportunidad de crecer está viva

14 octubre 2013 5:2

 
Entre el año 2000 y el final de 2013, el PIB per cápita de los mexicanos habrá crecido en 8.0 por ciento.
 
Esto significa una tasa promedio de crecimiento de poco más de 0.6 por ciento al año, lo que implica un virtual estancamiento.
 
En los 20 últimos años del siglo pasado, el crecimiento fue de 16 por ciento, lo que promedió 0.7 por ciento anual.
 
En otras palabras, si tomamos todo el periodo de 33 años, encontramos apenas un promedio de crecimiento de 0.68 por ciento anual en el producto por persona.
 
Veamos lo que pasó en otros países.
 
Para ese mismo periodo largo, en Brasil se alcanzó un ritmo de 0.9 por ciento.
 
En Estados Unidos, el ritmo fue de 1.7 por ciento; en la India de 4.1 por ciento o en China, la asombrosa cifra de ¡8.5 por ciento!
 
Cuando se ven esas comparaciones, no puede uno menos que pensar que algo ha estado mal con la economía de México.
 
No es novedad pero no hay que perder de vista que el problema del escaso crecimiento que nos ha aquejado este año no es algo nuevo ni aislado.
 
Por eso es que la preocupación por el desempeño de la economía debe ir más allá del pobre 1.2 por ciento con el que vamos a cerrar, según el FMI.
Estamos con la oportunidad de superar muy fácilmente el desempeño que hemos tenido en el pasado.
 
Pese al mal desempeño de este año, el FMI estima que la economía del país crecerá a una tasa de 3.1 por ciento promedio anual en este sexenio, como resultado de las reformas que van a instrumentarse.
 
Si así ocurriera, el crecimiento del PIB per cápita en la administración de Peña tendría un crecimiento de 2.1 por ciento promedio anual, más de 3 veces el promedio de los últimos 33 años.
 
La razón es que la población total crece sólo a una tasa media de poco más de 1 por ciento al año.
 
Le pongo un ejemplo concreto para entender el significado de esta combinación de hechos económicos y demográficos.
 
En la década de los 80 del siglo pasado, el número de hijos por mujer era de 4.4 en promedio. De esta manera, los hogares promedio eran de seis personas.
 
El tener más hijos conducía a que relativamente pocas mujeres tuvieran un trabajo remunerado. Eso conducía a que el ingreso del jefe de la familia tuviera que dividirse hasta en seis personas.
 
Hoy, el promedio es de 2.2 hijos por mujer, y en algunas entidades como en el Distrito Federal es de apenas 1.8.
 
Además, la proporción de mujeres en la población ocupada ha crecido sistemáticamente y este año es ya de 38.4 por ciento del total de la población laboral.
 
Esto significa que es cada vez más frecuente que en los hogares haya más de un ingreso porque los dos cónyuges tienen una actividad remunerada.
 
De esta manera, se suman los dos ingresos y se dividen entre 4 integrantes del hogar en lugar de que un solo ingreso se divida entre seis.
 
Más allá de todas las discusiones formales respecto a la clase media y sus características en México, la realidad es que, sobre todo en las ciudades, la posibilidad de que el crecimiento se traduzca en un ingreso mayor que en el pasado, tiene que ver con esos cambios demográficos y económicos.
 
Imagine que en lugar de crecer a poco más de 3 por ciento en promedio se lograra elevar a 5 por ciento el ritmo del crecimiento promedio en el país, en esa circunstancia habría condiciones para una mejoría rápida de los niveles de vida, quizás como no habíamos visto desde la etapa del desarrollo estabilizador.
 
En el lapso de este sexenio y el siguiente, quizás es cuando haya más posibilidad de sacarle ventajas al bono demográfico, antes de que la presión derivada del crecimiento de los integrantes de la tercera edad, gravite sobre la población ocupada.
 
Es por esa razón, que el futuro de largo plazo de las familias mexicanas podría estarse jugando en el resultado de las reformas que en este mismo momento se debaten en el Congreso.
 
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