Opinión

La omisión y corrupción: un modelo agotado en la política mexicana

Las atrocidades ocurridas en Tlatlaya y Ayotzinapa han develado, a nivel internacional, algo que ya se sabía desde hace mucho tiempo a nivel nacional, el grado de corrupción que se ha alcanzado en algunos escalafones de la política. Lo cual de jure ya es preocupante, pues en un mundo, también convulso, estas tragedias parecieran fijar uno de los límites inimaginables de deshumanización de los últimas décadas. Una conclusión no extraña en un mundo impulsado por las ideas y la ética de una política basada en el individuo y en el egoísmo y el oportunismo, núcleo ético duro de la globalización ortodoxa.

El promedio anual de asesinatos que reporta el Instituto Nacional de Estadística de México, del 2007 al 2013, (en su boletín de prensa 301/14),, asciende a 20,619. El número de estos últimos años es alarmante. Sin embargo, las desapariciones y secuestros, no incluidos en la cifra anterior, no son parte menor de las estadísticas al menos, en el mismo periodo.

El horror que ha causado la desaparición de 43 estudiantes y la muerte de 6 personas en Ayotzinapa, así como la ejecución de 22 personas en Tlatlaya ha hecho evidente y patente el grado de corrupción que existe en parte del sistema político mexicano, es decir, un alcalde, constitucionalmente electo, que da la orden para desaparecer a 43 jóvenes, así como la facilidad de asesinar a 22 personas. Esperando que pasara desapercibido y justificarlo con el que hasta el momento era el discurso que permitía cualquier acto de este tipo “eran parte del crimen organizado” es decir, aquel discurso, como ya he señalado en notas anteriores, donde los “malos” merecen morir.

La omisión que se tuvo por parte de muchas estructuras de gobierno y miembros de la clase política sobre quien estaba gobernando en Iguala, no es nueva en la política mexicana. Por lo general, lo que sigue en estos casos es la impunidad. Lo que importa no es el estado de derecho sino que se ganen elecciones, sin importa saber quién gobernará. Lo importante es ganar las elecciones y el acceso a los privilegios que eso supone, incluyendo la corrupción, y ahora, el derecho a asociar el gobierno con los criminales. Y de esta “pobreza política” no hay partido que escape, pues cada cual tiene caso como el de Iguala que se pueden señalar y que, por ende, unos y otros se omitían pues de tal suerte el status quo se mantenía.

La omisión a la red de corrupción que se ha ido entretejiendo en la política mexicana no puede permitirse más. Esa misma omisión y grado de corrupción es la que desvía los recursos públicos para lujos personales, o favoritismo y la que en el peor de los casos se asocia con estructuras criminales y dan como resultado tragedias como las de Ayotzinapa.

Este modelo es insostenible y, esta vez, la clase política no puede desatender, esperamos, o hacer nuevamente caso omiso al descontento e indignación de la población. Sin embargo, revertir el descredito de muchas estructuras de gobierno no será una tarea sencilla e implicará asumir, esta vez, y de ahora en adelante, una actitud seria por parte de toda la estructuras de gobierno y las políticas. Y sin embargo, ante tal desprestigio y crisis, ¿será cierto que el tiempo de la simulación, la omisión y corrupción se han terminado y no pueden extenderse más? Las últimas noticias no parecen apuntar en esa dirección. De mantenerse esa situación, el caldo de cultivo que se ha logrado en México es preocupante: violencia, corrupción, desigualdad, poca movilidad social.

Marcar los límites entre la omisión y la violencia no es fácil. La violencia no es producto directo de una economía de mercado, países donde también hay económica de mercado la tasa de homicidios es casi nula: Noruega, Finlandia, Francia, Alemania, entre otras que, no obstante la economía de mercado, garantizan ciertos derechos sociales a su población. Y aunque los cuestionamientos al modelo económico mexicano existen y son muy serios, la omisión tiene un carácter fundamentalmente político. Las atrocidades descubiertas en el pasado inmediato son resultado de un sistema político ya agotado, el de la corrupción y la omisión. Sin embargo, para resolver el lugar de reinado que ha tenido la violencia no bastará solo el frente político sino también el económico. Ambos urgen de una solución.