Opinión

La obsesión

 
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Andrés Manuel López Obrador

Cuando una opción política se convierte en un peligro para el grupo gobernante, se intenta detenerla a través de descalificaciones y de sembrar obstáculos de todo tipo para evitar su crecimiento electoral y con ello la posibilidad real de acceso al poder. A raíz del proceso de globalización económica y política iniciado a principios de la década de los 90 del siglo pasado, los cambios en los distintos gobiernos fueron básicamente de matiz y no de sustancia, en la medida en que se construyó un consenso casi universal sobre temas como estabilidad y equilibrio macroeconómico y abandono de políticas agresivas y carentes de sustento, que siempre derivaron en crisis de todo tipo con la consecuente pauperización de sus respectivas sociedades.

Opciones liberales, conservadoras, socialdemócratas y otras más, giraron siempre en eje de la integración económica mundial, desechando cualquier esquema proteccionista o populista que implicase un retorno al pasado, con un ejercicio desorbitado del gasto público y políticas fiscales incapaces de cubrir las necesidades fundamentales de sus respectivos países. De hecho la crítica a la crisis de la deuda en ciertos países europeos como Grecia, España, Portugal, Islandia y otros más se debió precisamente a la falta de controles impositivos por parte de la Unión Europea, lo que derivó en un endeudamiento excesivo que hubo que corregir a sangre y fuego.

Los populismos latinoamericanos como los de Venezuela, Brasil y Argentina terminaron mal precisamente por su falta de previsión con respecto a cómo enfrentar momentos adversos para sus economías cuando sus principales fuentes de exportaciones se derrumbaran. La caída del precio de las materias primas, fundamentalmente petróleo, y la baja en el crecimiento de China, principal adquiriente de la materia prima brasileña y argentina, provocaron la debacle de estos países enormemente dependientes de estos mercados. Es esta la diferencia con México, que a pesar de sus debilidades y carencias ha logrado construir un modelo capaz de defenderse de fuertes caídas en los precios petroleros, e incluso de las amenazas proteccionistas de Trump.

Y es por estas razones que de nuevo la candidatura presidencial de López Obrador y Morena se presentan como un peligro para lo logrado hasta estos días. A diferencia del debate entre PRI, PAN e incluso algunos segmentos del PRD, donde los temas de estabilidad económica, apertura y respeto a las reformas aprobadas y puestas en práctica por la actual administración, son considerados como una base común a partir de la cual surgen propuestas distintas, AMLO y su partido abiertamente proponen el regreso al pasado del nacionalismo revolucionario, lo que si bien es imposible en la práctica, el sólo intento de instrumentarlo dañaría enormemente a la economía nacional.

No hay en López Obrador ninguna señal de abandono de su discurso original, y los empresarios y políticos que se le unen lo hacen más por el beneficio personal que consideran tendrían con Andrés Manuel en la presidencia, que por representar una alternativa económica válida para el país. Es por esto que la opción López Obrador se vuelve de nuevo como en el pasado, en una obsesión para el resto de la clase política en su conjunto.

Su propuesta implica el reagrupamiento de un viejo priismo desplazado de su partido original, con la intención de construir una nueva propuesta nacionalista que reviva cacicazgos locales y con ello limite la inserción de México en una economía globalizada, hoy amenazada precisamente por un movimiento mundial proteccionista y añorante de un pasado desaparecido. La obsesión no es la mejor arma para combatir a un adversario político, pero es un signo del enorme peligro que representa la vuelta a ese pasado superado, pero no muerto.

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