Opinión

La nueva crisis de México

 
  
 

 

México

Las crisis en México son recurrentes. No solucionamos los problemas de fondo, arreglamos lo inmediato y seguimos marchando hasta que nos vuelven a estallar en el rostro.

Tres meses antes del estreno de El gesticulador, de Rodolfo Usigli, en Bellas Artes, en mayo de 1947, Daniel Cosío Villegas publicó La crisis de México, “el ensayo político más importante del siglo XX en México”, a decir de Enrique Krauze.

El ensayo de Cosío Villegas, como la obra de Usigli, provocó un escándalo. Acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial y México había salido ileso, más aún: fortalecido.

Disipada la humareda bélica, se pudo ver con claridad que había surgido un nuevo problema: la vecindad con la mayor potencia del mundo. Ante la emergencia México comenzó a redefinirse.

Sus mejores hombres (Usigli y Cosío en 1947, Octavio Paz en 1949) advirtieron el peligro. Para Usigli, la Revolución estaba muerta y su discurso había sido suplantado por un gesticulador.

Para Cosío Villegas el programa de la Revolución Mexicana se había agotado, el país había perdido su impulso motor. A Paz le parecía que la Revolución había sido un inmenso estallido luego del cual estábamos extraviados en un laberinto entre tradición y modernidad.

“Sin exceptuar a ninguno –afirmó Cosío Villegas en La crisis de México–, todos sus hombres han resultado inferiores a las exigencias de la Revolución”. El problema central consistía en que no queríamos ver. Usigli, Paz y Cosío fueron voces excepcionales que predicaron en el desierto. La obra de Usigli duró una semana antes de que la removieran. Una orquestada campaña de prensa sepultó el ensayo de Cosío Villegas. Al Laberinto... de Paz le aplicaron justo lo que él había descrito en su libro: el ninguneo.

El país no estaba de humor para escuchar las voces de advertencia de sus mejores críticos. Las profecías de Casandra nunca son bien recibidas. Primaba entonces un optimismo elemental. Por ingenuidad, o por cuidar sus intereses, el trío fue acusado de pesimista, casi de traidores de la Revolución. No quisimos ver ni oír las voces críticas. Y así nos fue.

El discurso de la Revolución –ya sin alma, ya muerta–, continuó su marcha. La bonanza económica nos hizo creer que los problemas de fondo estaban resueltos. El desarrollo estabilizador, la política de sustitución de importaciones, dieron forma al “milagro mexicano”. El país avanzaba… hacia ninguna parte. Un intento de reencauzar el rumbo de México, en voz de sus estudiantes, se dio en 1968, con los resultados que todos conocemos.

La bonanza se acabó. El país entró en una grave crisis moral, política, económica con Luis Echeverría, que se agudizó de forma extrema con “el último presidente de la Revolución”: José López Portillo. Desde entonces, la crisis dejó de ser excepcional para volverse el paisaje normal de las generaciones que la padecimos.

Devaluaciones, quiebras, rescates, temblores, asesinatos políticos, guerrillas, contraguerrillas, alzamientos indígenas, fraudes electorales. Carlos Salinas enterró, sin honores, a la Revolución, con el fin del reparto agrario, la desaparición del ejido, el nuevo arreglo con la Iglesia y el pacto con la élite económica para hacer frente a los nuevos retos del TLCAN.

Con el agotamiento definitivo de las fuentes de legitimidad “revolucionaria”, el Partido de la Revolución Institucional se vino abajo. Pese a la gigantesca cantidad de recursos que le inyectó el gobierno de Zedillo, el PRI perdió la Presidencia en el 2000.

La “democracia” sustituyó a la “revolución” como la nueva fuerza motriz del país, como su nueva fuente de legitimidad. La democracia nos traería bonanza económica, paz social y concordia política. Gran error.

La democracia no es una ideología, de ella no emanan ideales o metas nacionales, es sólo un mecanismo que permite a la sociedad organizar sus desacuerdos y transmitir pacíficamente el poder. Pero también, parafraseando a Cosío Villegas, puede decirse que sin exceptuar a ninguno, todos sus hombres han resultado inferiores a las exigencias de la democracia.

La nueva crisis está en puerta. Sus ejes principales –falta de justicia, corrupción, desigualdad– son los mismos de 1947, los mismos de hace siglos. Sus rasgos principales: más de la mitad del país en la pobreza y la impunidad criminal, que alcanza el 98% de los casos.
Somos un país injusto, desigual, corrupto y sin rumbo.

Las fuentes de legitimidad están secas. El mecanismo para organizarnos –la democracia– está ya corroído por los males nacionales: la corrupción y la injusticia. La generación más joven se muestra escéptica y la anterior –la que puso los cimientos de la democracia–, está cansada o desilusionada. Si no se depuran los hombres –escribió Cosío Villegas hace setenta años– no habrá en México autorregeneración “y el país perderá mucho de su existencia nacional”.

Estamos, una vez más, en una honda crisis de valores y de imaginación. El iceberg que se veía venir ya rasgó el casco de la nave. El agua inunda todos los pasillos nacionales. La orquesta, mientras tanto, sigue tocando. 

Twitter: @Fernandogr

También te puede interesar:
El olor del fraude
Maquiavelo en Tlatelolco
​La resurrección del dedo