Opinión

La normalización de la mentira

 
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Mentir. (maximopotencial.com)

Todos mienten. Esa era la famosa premisa del Dr. House al atender pacientes con enfermedades extrañísimas a quienes no les creía sus síntomas porque, según él, todos tendemos a mentir y así ocultamos, a veces sin darnos cuenta, las raíces verdaderas de los problemas.

Quizás lo más preocupante del tema es que al repetir continuamente las mentiras, nos las acabamos creyendo. Nos autoengañamos y luego fingimos sorpresa ante las consecuencias.

La normalización de la mentira abarca todos los ámbitos, desde luego no únicamente el personal. En el entorno político y aún más en elecciones es evidente escuchar simples mentiras disfrazadas de metas, objetivos o compromisos de campaña. Los candidatos prometen crear millones de empleos, prometen salarios de colores, garantizan empleos bien pagados, juran que eliminarán la corrupción y afirman que bajo su administración sí habrá crecimiento, y como si de una varita mágica se tratara, éste será entre seis y siete por ciento. No justifico, por supuesto, estas mentiras, pero no me sorprende que existan en aras de ganar el voto público. No se debería de sorprender nadie, pero sí se debería exigir la verdad o por lo menos una explicación.

Hay otras áreas del ámbito político y económico donde la normalización de la mentira puede llevar a consecuencias serias en términos macroeconómicos. En México, una de esas áreas ha sido el gasto público. No me refiero a la corrupción en el gasto público, que sin duda existe en montos gigantes, sino a la difusión continua de mensajes distintos a la realidad. Esta normalización no es exclusiva de algún partido político, todos se aprovechan de ella y de nuestra memoria de corto alcance.

Desde 2002 el gasto que el gobierno ha ejercido ha sido mayor al presupuestado. El salto importante se dio en 2008, con la consideración de que ese año se amplió el gasto como medida contracíclica al choque de los mercados financieros. En 2009 se dio un ajuste, se recortó gasto y si bien se gastó más de lo aprobado, la diferencia fue 'sólo' 2.3 por ciento. A partir de ahí el gasto sigue incrementándose, no sólo en lo ejercido, también en lo presupuestado.

Me llama la atención escuchar el argumento de los recortes y del ajuste fiscal del gobierno, cuando los datos muestran que año con año gasta más de forma recurrente. En 2012 el gobierno gastó 6.3 por ciento adicional a lo que se había estimado, al igual que en 2013. En 2014 la diferencia fue más pequeña, 2.2 por ciento. En 2015, la brecha entre lo gastado y lo presupuestado fue 4.7 por ciento y en 2016, el año de los tan anunciados recortes, de la austeridad, de la incertidumbre, de apretarse el cinturón, gastamos 12.9 por ciento más que lo presentado en el Presupuesto de Egresos de la Federación.

Habrá quien me diga, sin equivocarse, que el análisis tiene que hacerse con más profundidad, que el gasto tiene muchos componentes y que hay recursos que ya están de entrada comprometidos para pagar compromisos ineludibles como intereses y pensiones. Tendrán razón.

Pero eso no justifica anunciar recortes guiando a la opinión pública a una idea de austeridad y de políticas fiscales restrictivas, cuando al final del día tenemos el gasto público más alto de la historia y que crece año con año.

Los recortes sólo se pueden hacer en el gasto público programable. El gasto no programable es prácticamente intocable. De cualquier manera, los recortes que se han anunciado en el gasto programable, por un lado, no son suficientes, y por el otro, aún más importante, ni siquiera se han llevado a cabo, salvo en algunas pocas dependencias.

Podríamos argumentar a favor del gasto público en periodos recesivos, como se hizo en 2008. Pero en años recientes no hemos estado en recesión. Hemos estado creciendo a tasas insuficientes para una economía emergente como la mexicana, pero creciendo a fin de cuentas.

¿Qué ha pasado entonces con todo este gasto del gobierno? Es decir, estamos gastando más que nunca, pero seguimos creciendo poco. Y eso nos lleva a pensar en la eficiencia del gasto. Somos profundamente ineficientes al gastar. Los recursos son escasos (que es diferente a decir que son pocos recursos) y tenemos que asignarlos donde tengan mayor rendimiento, económico y social.

Por lo menos en cuestiones de gasto público, sería prudente no normalizar la mentira. Sería prudente exigir rendición de cuentas. Entre más transparencia haya será más fácil evitar otros Duartes, Borges o Moreiras. Mientras más normal se nos haga la mentira, podremos fingir sorpresa ante las consecuencias, pero al final del día tendremos que pagar la cuenta.

La autora es profesora de Economía en el ITAM y directora general de México ¿cómo vamos?

Twitter: @ValeriaMoy

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