Opinión

La normalidad patológica

 
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Como se había anunciado, el Informe del presidente Peña recoge con puntualidad la mala noticia económica de ésta y otras temporadas pasadas y por venir: la actividad productiva seguirá su pauta de casi estancamiento, por debajo de su trayectoria inmediata anterior, de por sí mala. Ahora, se verá acompañada de una reducción significativa del gasto público de conformidad con los criterios de austeridad decididos por sí y ante sí por la Secretaría de Hacienda.

En consonancia, los consumidores “acentúan” la debilidad de su confianza, según nota de El Financiero sobre el reporte más reciente de INEGI. “En comparación con agosto de 2015, el Índice de Confianza del Consumidor se redujo en cuatro por ciento (…) la baja más significativa en cinco meses (…)” (07/09/16, p.4). Este pesimismo se extenderá por todo este año y el que viene, y las expectativas sobre el país registran un “descenso muy acentuado” según Pamela Díaz del Banco Ve Por Más.

Tocaría al Congreso de la Unión deliberar sobre las metas y objetivos con los que se pretende darle alguna racionalidad al Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación, pero no resulta sencillo imaginar que de tal deliberación vaya a resultar una enmienda sustancial a la ponencia del gobierno elaborada por Hacienda. Para muchos, dentro y fuera del Congreso, se trata de un hecho consumado y para no pocos es una decisión inteligente y valiente del Ejecutivo para contener el crecimiento de la deuda pública que habría llegado, Herr Carstens dixit, más allá del punto de lo razonable.

Sobre las implicaciones del implacable tijeretazo hacendario deberíamos esperar un dictamen riguroso del Congreso así como la adopción de algunos paliativos para los más desfavorecidos cuya situación se agravará por una baja generación de empleos, incapaz de satisfacer las necesidades básicas, de antaño insuficientemente cubiertas, que aquejan a los grupos vulnerables y a los ocupados en las actividades donde menos se paga y se emplea la mayoría de los trabajadores. Esta tendencia, surgida al calor de la magra recuperación de la crisis de 2008-2009, se ha vuelto ya trayectoria de mediano plazo.

Llevamos años en que el crecimiento anunciado es superior al observado. En conjunto, dice el memorándum de política económica recientemente puesto en circulación por el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo, “el crecimiento efectivo en los seis años podría ser menor aún, pues las expectativas continúan ajustándose a la baja. A mediados de 2015 se esperaba que el producto creciera en 3.2% en 2016 y en julio del año en curso ese estimado ya se había reducido a 2.3%. Algo similar ocurre con los pronósticos para los siguientes diez años”.

Ítem más: “En la perspectiva de largo plazo, la pérdida de impulso de la actividad económica no corresponde, por desgracia, a un comportamiento anómalo sino a la normalidad de las últimas décadas (…) Sin embargo, no deja de ser llamativo que la incapacidad de crecer en forma más acelerada y sostenida se manifieste en el periodo en el que deberían dar fruto las reformas para remover las barreras al incremento de la productividad, la inversión privada y la competitividad”.

En lugar de esto último, se implanta una normalidad que no encuentra defensa ni justificación analítica o histórica. Ni, desde luego, correspondencia con las necesidades y reclamos económicos y sociales de los trabajadores y muchos empresarios.

Si como sostienen los encargados de la hacienda pública, no hay otro camino que esta nefasta normalidad del cuasi estancamiento, lo menos que cabe esperar son medidas de política que, primero, eviten que la caída anunciada del crecimiento sea todavía mayor, como resultado de las trampas y los círculos viciosos que su política ha prohijado. Y, segundo, que esas y otras medidas respondan a objetivos de empleo y defensa del ingreso y el nivel de vida de los más vulnerables y de las regiones más pobres o empobrecidas.

Ni la visión más estricta de la austeridad puede justificar la negación sostenida al incremento del salario mínimo y el sacrificio persistente, poco quirúrgico por cierto, de la inversión pública en aras de unos equilibrios espectrales, cuando no del todo imaginarios. Esta contención suena más bien a patología económica.

La normalidad patológica que hoy nos aflige no puede encontrar soporte en la competencia técnica o el rigor intelectual. Sólo sirve para justificar, hasta edulcorar, una política nociva, contraria al crecimiento y proclive a la exclusión social.

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