Opinión

La Nobel Gordimer nos deja testamento político y literario

En memoria de Nadine Gordimer y Carlos Fuentes.

Murió Nadine Gordimer relajadamente durante su sueño hace unos días, satisfecha de su vasta obra literaria y de haber compartido con su lucha política los sueños de su admirado amigo, Nelson Mandela. Los que la conocimos y tuvimos el privilegio de su amistad, la vamos a extrañar. Pocas veces vi conjugarse en una mujer tantas cualidades: elegancia sobria, brillantez literaria, agudeza en la argumentación, elocuencia en el diálogo intercultural y un gran corazón con los amigos. Si Nadine hubiera tenido 25 años menos cuando la conocí, me hubiera enamorado de ella -si bien los subjuntivos rara vez tienen validez duradera… aun en la ficción.

Fue en una recepción en la Embajada de Chile, en Pretoria, donde platiqué con ella por primera vez, poco después de mi llegada a Pretoria como embajador de México. “Soy una gran amante de México y viajera frecuente” me dijo de entrada. “Además de mi admiración por su país, por su rica cultura y su política internacional independiente que apoyó la lucha de Mandela contra el Apartheid, tengo un querido amigo y gran novelista: Carlos Fuentes. Estoy pensando en invitarlo a Sudáfrica el año próximo para mis reuniones de diálogo intercultural (Nadine Gordimer Lectures, financiadas por su Premio Nobel 1991). Para la primera sesión invité a Susan Sontag; va a ser muy interesante; pero tengo que convencer a Carlos de que venga. No conoce Sudáfrica. ¿Usted me va a ayudar a traerlo, verdad? ”.

Un mes más tarde fui yo el que la invitó a cenar a la Embajada de México para conocerla mejor, platicar de la eventual visita de Fuentes y pedirle un favor: “El próximo 1º de septiembre tendrá lugar la Cumbre de Desarrollo Sustentable de la ONU en Johannesburgo. Viene el presidente Fox y estoy teniendo problemas para conseguirle una cita con Nelson Mandela. Sé que usted es buena amiga suya. ¿Me podría ayudar?” Nadine se quedó callada un momento; me miró con sus penetrantes ojos azules y me dijo con cierto sarcasmo: “Todos los jefes de Estado y de Gobierno quieren ver ahora al expresidente. Veré si puedo hacer algo. No le aseguro nada”.

Me dejó un poco incierto. No parecía que le gustara que le pidieran favores de ese tipo y seguramente se lo habían solicitado antes, sabiendo el afecto que le tenía Mandela por su solidaridad política en tiempos de lucha. Pero me dejó de regalo su novela La hija de Burger, la favorita de Madiba en la cárcel de Robben, que se llevó junto con La Guerra y la Paz y Los Hermanos Karamazov, cuando finalmente se fue de vacaciones a su pueblo Qunu, al dejar la presidencia en 1999. El libro fue una excusa para llamarla más tarde e iniciar una amistad que algo pudo haber ayudado a cristalizar la cita que el presidente Fox tuvo el 2 de septiembre con Mandela y en la que tuve la oportunidad de estar presente.

El segundo libro que me regaló Nadine fue El Conservador (Premio Booker 1974) en una versión en español de Tusquets. Me lo llevó a una cena a la que en diciembre de 2002, tras la inolvidable cumbre, invité a varios embajadores y un par de literatos sudafricanos. Disfruté esta novela sobre el industrial cincuentón durante el Apartheid, con amante izquierdista, al que ni ella, ni sus trabajadores negros, logran convencer o cuestionar en su deseo de poseer bienes y mantener sin cambios su finca en el Transvaal.

Confieso que sufrí con la traducción, que habla de trabajadores vestidos en sus “monos”. Mi amigo, el embajador de España, me aclaró que en la península “mono” equivale al mexicanismo “overol” (overall en inglés). La Nobel me la regaló y dedicó tres veces durante mi estadía en Sudáfrica: la primera muy solemnemente y las otras cada vez más breve, pero calurosamente. Un día en su casa me encontré que tenía una buena dosis de autora, que seguramente aprovechaba como obsequio a hispanoparlantes. Ella se dio cuenta que me di cuenta, porque la siguiente vez me dio su fausto y poco conocido libro autobiográfico Living in Hope and History (1999).

El momento estelar de nuestra larga amistad, en medio de recepciones diplomáticas y premios literarios - la Legión de Honor de Francia y el Premio Neruda de Chile- fue la visita de Carlos Fuentes a Sudáfrica, prevista para 2005 por los 400 años de El Quijote de la Mancha y pospuesta a febrero de 2006. Resultó un rotundo éxito. Fuentes dio una maravillosa conferencia en su perfecto inglés con aplauso contundente de más de mil personas de pie en la Universidad de Witwatersrand, y juntos sostuvieron un riquísimo diálogo político y cultural sobre México, Latinoamérica, África y Sudáfrica y el rol crítico del intelectual frente al Estado.

Los tres días de reunión y encuentros posteriores, coronados por las Jornadas 2007, con Amartya Sen, me permitieron conocer a una brillante, humanísima y divertida Nadine, que finalmente recibió la condecoración del Águila Azteca por su profundo amor a México. La vamos a extrañar.

*Embajador de México en Sudáfrica 2002-07.