Opinión

La necesaria distancia

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Enrique Peña Nieto

Hace algunas semanas The New York Times publicó un editorial en el que exhibía las omisiones en materia de rendición de cuentas del gobierno de Enrique Peña Nieto en relación con tres hechos ominosos de su gobierno: la casa blanca de Las Lomas, la desaparición de los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, y la fuga del Chapo Guzmán. La editorial también señalaba la necesidad de un viraje (por lo menos en lo relativo a la investigación de la desaparición de los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa).

También hace algunas semanas, en este mismo espacio, especulé sobre la posibilidad de que Enrique Peña Nieto siguiera el ejemplo de Ernesto Zedillo, y estableciera una “sana distancia” respecto al PRI y a los grupos de interés que apoyaron su candidatura. Lo anterior, le permitiría cambiar el rumbo de la segunda mitad de su gobierno, tomar decisiones difíciles (es decir, decisiones que afectan los intereses de aliados y actores clave), y privilegiar una agenda de Estado, en detrimento del cálculo electoral y de los intereses sectarios. La alusión a Zedillo es sugerente porque dicho presidente renunció en su momento a la tradicional política de apoyo al “candidato oficial”, que había contribuido a garantizar por décadas la permanencia del PRI en Los Pinos. En opinión de muchos, Zedillo no hizo nada para evitar la alternancia, y por ello pasará a la historia como un gobernante comprometido con la democratización del país.

Sin embargo, es poco probable que veamos en Peña Nieto a un presidente tan indiferente a cultivar sus relaciones políticas, y al futuro de su partido o de su grupo político como lo fue en su momento Ernesto Zedillo (la reciente operación política a favor de Humberto Moreira sugiere precisamente lo contrario). En primer lugar, a diferencia de Enrique Peña Nieto, Ernesto Zedillo llegó a la presidencia sin haber sido un verdadero insider de la clase política. Aunque militó en el PRI desde joven, antes de encumbrarse en el gabinete de Salinas, Zedillo se había dedicado principalmente a estudiar y a hacer carrera en el mundo relativamente aséptico del Banco de México y la Secretaría de Hacienda. El perfil de tecnócrata de Zedillo explica que tuviera un apego y un compromiso relativamente menor con su partido y con los cuadros de su gobierno que el de priistas de corte más tradicional (como los miembros del grupo de Atlacomulco, donde surgió la figura del actual presidente). Zedillo tampoco había trajinado demasiado por las aguas lodosas de la política (se decía que ni siquiera le interesaba dicha actividad, y que por lo general la dejaba en manos de su secretario particular, Liébano Saénz). Fuera de su diferendo con Carlos Salinas, tenía pocas cuentas pendientes de las cuales preocuparse al terminar su mandato.

En segundo lugar, a Zedillo le correspondió ocupar la presidencia en tiempos en los que el PRI era una fuerza dividida y dominada por la desconfianza. En septiembre de 1996, en la Asamblea Nacional del PRI, se establecieron una serie de “candados” para la nominación del candidato a la presidencia de la República (haber ocupado un puesto de elección a través del partido y contar con una militancia mínima de diez años). En virtud de los candados quedaron descartados José Ángel Gurría y Guillermo Ortiz, los favoritos de Zedillo a contender por la presidencia en el año 2000. A partir de entonces Zedillo perdió interés en la sucesión.

Las condiciones en las que concluirá el gobierno de Peña Nieto son muy distintas a los años de la transición que le tocaron a Zedillo. Por una parte, el PRI aprendió de sus errores. Ha dejado de ser el partido de las rupturas y las pugnas internas, y ha vuelto a ser una institución cohesionada y disciplinada (al menos en comparación con las fuerzas de oposición). Hace algunos años se eliminaron los candados por la nominación de candidatos. Peña Nieto tendrá márgenes para impulsar la candidatura de alguna de las figuras de su gabinete (y buscará honrar los acuerdos políticos que considere necesarios para favorecer a su candidato). Por otra parte, Peña Nieto no puede aspirar a un exilio dorado en una universidad del extranjero; los demonios de sus años como gobernador y como presidente lo perseguirán, y está en su mejor interés mantener una buena relación con las distintas facciones del PRI y poner de su parte para que su partido permanezca en Los Pinos.

Tal vez sea mucho pedir una sana distancia. Sin embargo, hay una distancia necesaria, que será indispensable guardar si Peña Nieto quiere que se le recuerde por algo más que los hechos ominosos que han marcado su gobierno. ¿En qué consiste esta distancia necesaria en la coyuntura actual? En mantener a raya a los intereses sectarios de al menos tres procesos clave: de la conformación del Sistema Nacional Anticorrupción, de la investigación de desapariciones y violaciones graves a los derechos humanos, y del proceso de profesionalización de las instituciones de seguridad pública en las entidades federativas.

Twitter: @laloguerrero

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