Opinión

La nación se los demanda

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Macario Schettino módulo especial

Ya hemos comentado esto, pero hay que insistir, porque no parece mejorar, sino al contrario. En esta semana, en Oaxaca, los miembros de la CNTE que dicen ser maestros, asaltaron el aeropuerto de la capital y vandalizaron las pistas de aterrizaje. Intentaron lo mismo en Huatulco, pero la población los enfrentó con palos y piedras, y desistieron. Finalmente, un grupo [de personas] que dicen ser deudos de los jóvenes desaparecidos en Iguala tuvo a bien asaltar un cuartel del Ejército. Como cualquiera podría imaginar, no lograron su cometido y sí recibieron golpes.

Primero este último caso. La idea de culpar al gobierno federal de lo ocurrido en Iguala se ha convertido en una espiral de insensatez. Ahora hay quienes afirman que el Ejército sería el responsable de la desaparición de los jóvenes, y que los habrían cremado en instalaciones militares. De ahí que los deudos, o quienes se agrupan con esa excusa, hayan decidido ingresar por la fuerza al cuartel del 27 Batallón de Infantería. En cualquier país de los que llamamos civilizados, atacar un cuartel no se le ocurriría a nadie, pero si acaso sucediera, los atacantes serían repelidos con fuego vivo.

Algo similar ocurriría si alguien decidiese invadir pistas de un aeropuerto. En buena parte del mundo, eso sería considerado terrorismo, no porque lo sea, sino porque se asocia con los ataques al tráfico aéreo. Nuevamente, hubiesen recibido tandas de disparos.
Acá, según parece, hay quienes pueden atacar instalaciones públicas, destruir propiedad privada y abusar de la población sin ninguna reprimenda. Con la excusa de la desaparición de los jóvenes, empezaron tomando casetas, luego destruyendo oficinas, ahora tomando aeropuertos y atacando cuarteles. Lo que pudo detenerse fácilmente, escala, y la amenaza de tragedia va creciendo.

Sin embargo, una parte de los mexicanos considera legítimos estos actos. Unos, porque están convencidos de que nadie más que ellos deben gobernar el país, y llevan ya años actuando en el margen de la ley para lograrlo. Otros, porque con esas acciones extraen recursos cuantiosos del gobierno. Son chantajistas dirigidos por un grupo pequeño que, además, mantiene ideas anacrónicas acerca de la revolución comunista. Aunque cueste trabajo creerlo.

Ambos grupos son pequeños y están concentrados geográfica y ocupacionalmente. En el terreno, ocupan del Pacífico al sur del Distrito Federal; en términos de actividad, son casi por completo maestros y estudiantes de media superior y superior. Pero no tienen enfrente a nadie. En un país civilizado, insisto, el Estado limitaría sus excesos y abusos. Acá eso no ocurre, y por eso la población empieza a desesperarse. En Huatulco, amenazados en su forma de vida, los lugareños hicieron lo que el Estado no hace, y resultó que los maestros se retiraron. No fue difícil, afortunadamente, pero pudo convertirse en una tragedia.

Estos enfrentamientos entre grupos siempre dejan heridas, que en ausencia del Estado van creciendo hasta convertirse en agravios dignos de venganza. Y si el Estado sigue sin aparecer, se transforman en violencia constante. Es el caso de los diferentes grupos en Michoacán.

Más claro, en Guerrero y Oaxaca, el Estado mexicano, o más claramente, quienes ocupan los poderes Ejecutivos, están faltando a su obligación. Y cuando juran su puesto, piden que la nación les demande cuando esto ocurra. En lo que me toca, los demando. A los dos gobernadores y al presidente de la República. Cumplan con su juramento.

Twitter: @macariomx