Opinión

La mujer en la educación superior: reto no sólo académico, tambén social

Los pasos que han dado las mujeres en pos de la igualdad de género desde mitades del siglo XX han sido gigantes, pero insuficientes. Y ello a pesar de las rígidas sociedades machistas y misóginas en las que se desenvuelven las luchas y defensas por los derechos de las mismas.

México no es la excepción. Sin embargo, en el terreno de la educación superior, al menos en las matriculas escolares, ha sido uno en los que los pasos han sido muy significativos. Ya para finales de la primera década del siglo XXI, las cuotas de género eran muy cercanas a 50 por ciento en la matricula estudiantil de la educación superior, como promedio, aunque en carreras como las ingenierías y las técnicas el porcentaje era un poco más bajo. Esto no necesariamente implica que se estén haciendo mal las cosas en estas áreas. La elección individual también juega un papel importante, por supuesto, sin negar que la elección puede estar influida por factores culturales donde aún existe el tabú de que hay ciertas carreras profesionales exclusivas para hombres o mujeres.

En la gestación de cambios importantes en pos de la igualdad de oportunidades entre géneros desde las universidades, destaca el papel que, al menos potencialmente, tienen las universidades como factor de cambio. Esto es significativo porque en una sociedad donde incluso se pueda pensar en términos de derechos que un individuo tiene para desarrollarse como ser humano indistintamente de su género, es necesario, primero, nivelar la balanza entre géneros. Si bien es cierto que las universidades han sido eco de la defensa de las mujeres, en estas instituciones queda mucho por hacer en áreas como la investigación, la docencia y en otras propias de la gestión de la educación.

El reto social que plantea que las mujeres ejerzan su derecho a una educación profesional no es menor, desde el núcleo familiar hasta la compleja estructura socio-económica en la que se encuentran las mujeres. Por ejemplo, es común ver familias que, si bien no explícitamente, tienen arraigada la idea de que a pesar de que una mujer estudie, su papel principal en la vida es en el hogar. Por ende, después de la jornada estudiantil tienen que regresar y hacer sus “deberes” en casa. El problema no radica en que colaboren en las labores domésticas, sino en que son las únicas que cargan con dichas labores. Los hombres, por su parte, reciben una educación donde su único papel en la familia es proveer de lo materialmente necesario.

Lo anterior no implica que una mujer que se desarrolla profesionalmente no tenga el derecho de decidir si forma o no una familia. Esto, sin embargo, sería más fácil si se revindicará el papel que el hombre debe ejercer en el hogar como corresponsable del mismo. Esto puede tener el buen resultado de que las mujeres, desde la individualidad, resuelvan (individualidad que implica tomar la decisión de consensuar con otra persona o no) en qué momento ejercer su derecho a desarrollarse como profesionistas, madres o ambas, sin presiones que se transmiten por medio de estereotipos sociales.

Por otro lado, en el camino de la equidad de género no debe descuidarse el contexto social. En algunos casos se ha tergiversado la defensa de los derechos de las mujeres en el ámbito profesional, e incluso en mano de obra simple, como pretexto para no hacer otra cosa que flexibilizar el mercado laboral. Es decir, mediante la ampliación de la oferta de mano de obra, incorporando a las mujeres, obtener una disminución de las condiciones de vida de los trabajadores y dentro de esa precarización, por supuesto, manteniendo e instaurando brechas entre hombres y mujeres.

Lo anterior imposibilita aún más el camino hacia la equidad de género, pues en la miseria, pobreza o apuros materiales básicos es imposible que cualquier persona se desarrolle, indistintamente del género.

Son posibles y aplaudibles los pasos que las mujeres y las universidades están haciendo en pos de la igualdad de género. Sin embargo, el camino es largo aún. En una sociedad donde el universo no son las universidades, sino lo barrios, las comunidades e incluso las oficinas y las familias, donde aún los estereotipos creados del hombre y mujer dificultan el pleno desarrollo material y humano de ambos. Pero, sobre todo, el de las mujeres.

Las universidades hoy, en muchas partes del mundo, están feminizadas y, por lo tanto, han logrado niveles de educación importantes. Sin embargo, la paradoja es que, para muchas de ellas, eso no ha significado que la sociedad sea más igualitaria enre hombres y mujeres. Tenemos licenciadas, maestras y doctoras sometidas al dominio masculino y empleadas en trabajos precarios.

El autor es catedrático de la Facultad de Economía–UNAM.

Columna: semerena@unam.mx