Opinión

La muerte en Martín Heidegger

 
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Martín Heidegger. (www.biografiasyvidas.com)

Homenaje póstumo a Rubén Murillo, S. J., Maestro de vida.

Víctor Manuel Pérez Valera.

Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

En la celebración del día de difuntos, una especie de “fiesta nacional” en México, conviene hacer una reflexión sobre el tema de la muerte. Nos ha parecido oportuno trazar un breve esbozo del pensamiento de Martin Heidegger, uno de los más importantes filósofos del siglo XX y que ha realizado uno de los más importantes estudios sobre la muerte en el ser humano.

Para Heidegger la mortalidad, más que un modo de dejar de ser, es un modo de ser. De tal manera la muerte está conectada con el ser humano, que el hombre existe “como ser mortal”, “como-ser-para-la-muerte”. Para poder entender al hombre, la muerte resulta un punto clave, si no es que el punto clave. Ciertamente la muerte no es la protagonista del drama humano, pero si la indispensable antoagonista, sin la cual las acciones del protagonista serían impensables. La muerte nos sirve de guía para tratar de comprender el laberinto del misterio del ser humano. Ella siempre está como telón de fondo, siempre está a la mano. Por consiguiente, la muerte y el ser del hombre se iluminan y clarifican mutuamente: la muerte pertenece a la más profunda estructura del ser humano, y ella nos revela al hombre sin poder sobre su propia estructura, e incluso sin poder aun sobre su propia inteligibilidad. Ella es una de los máximos enigmas del ser humano, un enigma siempre “abierto”, una “herida abierta” en el corazón del Dasein (del ser humano). En efecto, mediante la muerte el ser humano resplandece con el más grande brillo y profunda oscuridad en el esplendor de su misterio: “ella es el reducto del ser y la medida de lo inconmensurable”.

El ser humano no es un ser estático, anquilosado, estancado, sino dinámico, presionado hacia adelante, un continuo pro-yecto hacia su propia realización, siempre más allá de sí mismo. En pocas palabras, el ser humano es el único ser que tiene su ser como tarea, ser más humano. En efecto, el toro no puede destorarse, ni la vaca desvacarse, ni el caballo descaballizarse, pero el hombre sí puede deshumanizarse. El Dasein puede ser o hacer o llegar a ser en cuanto esto es constitutivo de su ser.

El dinamismo del ser humano nos lleva a afirmar que el hombre es una posibilidad siempre abierta. Más aun, él puede definirse por sus posibilidades: él es un ser cambiante, dinámico, bullente, avanzando, creciendo, progresando, envejeciendo, declinando, muriendo. Estas posibilidades no existen en un futuro distante, separadas del presente, sino son modos de ser, ya presentes en el presente.

Ahora bien, la muerte es precisamente, la posibilidad más importante que contiene y abraza todas las otras posibilidades. Ella es una posibilidad insuperable, las demás posibilidades son superables y secundarias comparadas con la muerte. Así mismo, la muerte es la más propia, personal, insustituible e incomunicable de las posibilidades, y además, siempre presente. De este modo el ser humano esta arrojado hacia la muerte, que es la extrema, máxima y última posibilidad que acaba con todas sus posibilidades.

El conocerse como un ser arrojado hacia la muerte hace que este conocimiento esté marcado por la angustia (Sorge). En este punto Heidegger se inspira en el mito de Cura: Cura aprovecha el lodo de un arroyo para modelar al hombre y le pide a Júpiter que le de vida. ¿Pero cómo se debe llamar este ser? Júpiter y Cura discuten sobre el caso y llaman como árbitro a Saturno, el cual decide que Júpiter que le dio el espíritu lo recibirá cuando muera, la tierra, humus, le dará su nombre, hombre, y Cura, la preocupación lo acompañará toda su vida.

La conciencia de su existencia le da al hombre un mensaje sin concesiones: le recuerda “su ser en exilio” y lo llama a la preocupación y a la autenticidad, a vivir una existencia transparente, a arrojar la máscara que usualmente lleva. De este modo, el ser humano se percibe cierto de su incerteza, seguro de su inseguridad, consciente de que no es absoluto en ninguna situación, en ninguna decisión y que debe estar abierto al cambio, a la revisión, a la renuncia, a la superación y a su condición mortal.

En suma, la muerte nos impulsa a vivir una vida más auténtica: a aceptar nuestra finitud, a asumir nuestra condición itinerante, a relativizar la acumulación de bienes y funciones sociales, a descalificar el egoísmo y el afán de lucro, a disfrutar la seriedad del momento y la tarea presente.

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