Opinión

La muerte del tirano

 
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Fidel Castro

Como Franco, como Pinochet, Fidel Castro murió en su cama y no frente a un pelotón de fusilamiento. Yoani Sánchez, la bloguera cubana, comentó que al escuchar en la televisión el anuncio de la muerte de Fidel se pudo explicar los ejercicios militares de los últimos días. Es posible –y frecuente en las dictaduras– que Fidel muriera días antes y que sólo se diera el anuncio luego de haber realizado los amarres políticos –y sobre todo, policiacos– que garantizaran el control social de la isla. La televisión oficial cubana, la única existente, mostró escenas populares de llanto. Los que celebraban el suceso estaban en sus casas con miedo a salir.

La larga pervivencia del sistema dictatorial cubano se explica por la represión. Recuerdo el caso de la poeta María Elena Cruz Varela. A principios de los noventa escribió algunos poemas sobre la libertad. Elementos de la seguridad interna entraron con violencia a su casa, la sacaron a la calle y ahí mismo la obligaron a comerse sus poemas. Esa es la Cuba que Castro dejó: un país muerto de miedo.

Hay quien compara a Pinochet con Castro. Se trata de una comparación injusta. Pinochet aceptó un plebiscito, lo perdió y cedió el poder luego de haberlo tomado violentamente 16 años atrás: Chile es hoy una de las primeras economías del continente. Castro nunca aceptó plebiscito alguno, conservó el poder 52 años y luego lo cedió, como en una monarquía comunista, a su hermano Raúl: Cuba es hoy uno de los países más pobres de América.

Es curiosa la relación de la izquierda mexicana con Castro. López Obrador, disidente institucional, comentó en Twitter que Castro estaba a la altura de Mandela. Sin embargo, Mandela no asesinó a sus rivales políticos, no persiguió intelectuales, no se enquistó en el poder. En otro desafortunado mensaje López Obrador afirmó que Castro hizo “realidad la independencia de Cuba”. Afirmación extraña si se piensa que durante décadas Castro entregó la soberanía cubana a los soviéticos que lo subsidiaron con miles de millones de dólares anuales gracias a los cuales pudo erigir un sistema educativo y de salud eficientes. ¿Qué tan eficientes? No lo sabemos. Cuba no acepta observadores internacionales que verifiquen los datos que proporciona el régimen. Así que ni Castro fue como Mandela ni puede hablarse de la “independencia cubana”. Lo que sí quedó claro con los mensajes de López Obrador es cuál es su idea de un estadista, de la dictadura y la Revolución.

López Obrador no es el único que dice dislates sobre Castro. Cuauhtémoc Cárdenas emitió también un mensaje de condolencia.

Olvidó interesadamente Cárdenas que Castro validó el fraude de Salinas de Gortari en su contra en 1988.

Olvida también la izquierda mexicana la sociedad mafiosa que el PRI estableció con la dictadura de los Castro: apoyo mexicano a la Revolución a cambio de que Cuba no tratara de exportar, como lo hizo con casi todos los países de América Latina, la guerrilla a suelo mexicano. El modus operandi era muy cruel. Cuba aceptaba mexicanos en sus campos de entrenamiento (por ahí pasó Marcos).

Luego se encargaba el régimen de avisarle al gobierno mexicano a quiénes había entrenado y por dónde habían regresado a México. Pese a esa terrible complicidad, la izquierda siguió embelesada con el dictador. Hasta un diario tuvo a su servicio. Es fácil explicarlo: la izquierda mexicana celebraba en Castro lo que sabía que era imposible implantar aquí.

No falta quien exija ver los claroscuros del personaje. Confieso que me cuesta trabajo ver el lado luminoso de quien convirtió a su país en una inmensa cárcel.

Eliminó el analfabetismo, dicen, pero ¿de qué sirve si no hay libros qué leer y en la escuela se les adoctrina con propaganda? Se enfrentó a los gringos, afirman, ¿de qué sirvió si a cambio entregó la soberanía de Cuba a los soviéticos?

Durante años los Castro permitieron que Cuba sirviera de tránsito al Cártel de Medellín para llevar cocaína a Miami. Cuando la situación se hizo insostenible, fusiló al general Ochoa y al coronel De la Guardia, lo que le sirvió para aplacar la disidencia interna. García Márquez, amigo fiel del tirano, se vanagloriaba de haber obtenido la liberación de más de dos mil presos políticos en Cuba. Mucho mejor hubiera sido que el colombiano hubiera exigido que no se encarcelara a nadie por razones políticas. Castro lanzó a su país a una guerra absurda en Angola, creó campos de concentración para disidentes (las tristemente célebres UMAP), persiguió a grandes escritores como Reinaldo Arenas y Guillermo Cabrera Infante, que murieron en el exilio.

El saldo de la revolución es desastroso. Un país entero entregado a la sumisión y al silencio. Un país entero sometido a vigilancia, controlado con cartillas de racionamiento y obligado a la delación permanente. Un país al que Fidel robó el alma.

Twitter:@Fernandogr

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