Opinión

La migración rosa

Sin importar que fue abandonado a su suerte en plena frontera norte por el gandalla pollero que lo metió en un camión de redilas hacinado entre paisanos que mueren de sed y calor, el resistente Ramón (Kristyan Ferrer) no pierde su encantadora sonrisa de anuncio de pasta dental y convencido por su vecino y amigo el Güero (Héctor Kotsifakis), decide irse de mojado a Weisbaden, Alemania, buscando a la tía del Güero, porque ahí sencillamente “no hay migra”. Tras recibir una inesperada ayuda de otro amigo asesinado por el narco para comprar su boleto de ida y vuelta, Ramón abandona a su quejica abuela Esperanza (Adriana Barraza), siempre malhumorada porque no hay lana para medicinas, ni tampoco para sacar adelante su parcela ni su vida cotidiana con esa también doliente madre resignada Rosa (Arcelia Ramírez), y se lanza a cruzar con extrema facilidad la aduana en el
aeropuerto de Frankfurt.

La aventura de cruzar Alemania sólo consiste en comprar el boleto, comportarse todo cool ante las autoridades migratorias, seguir las indicaciones del papelito que en nada se equivoca, y llegar a un lugar donde nada ni nadie lo espera y en el que a nadie entiende porque no habla ni alemán ni inglés. Pero el afortunado Ramón, al que ni el frío feroz le baja su buen humor, y sin jamás desesperarse por su terrible situación, sobrevive primero en la calle con un puñado de euros, y luego con la generosa ayuda de los vecinos, una comunidad de ancianos que lo cobijan como mandadero, ujier y maestro de merengue.

El buen Ramón que apenas se puede comunicar dibujando tan rápido como eficazmente las situaciones en las que se encuentra día con día, pasa a ser el generoso protegido de Ruth (Ingeborg Schöner), tanto que su transcurso de limosnero a adorado trabajador doméstico a la larga acaba en el de dignísimo heredero. A pesar de que la migra alemana al fin lo deporta por la denuncia del único vecino al que no le cae bien.

Sin perder su encantadora sonrisa petrificada en su entusiasmo siempre servil, Ramón regresa México para encontrarse con el desdén de su abuela al no mostrarse cargado de euros para las medicinas de su pierna. Pero milagrosamente recibe la cantidad suficiente para poder comprarlas al fin en abundancia y para conseguirse unos costosos anteojos que ni sabíamos que necesitara. Eso sí, la situación de la que supuestamente huía, por falta de oportunidades y ausencia de trabajo, resuelto lo monetario, sigue tan estática y polvorienta como en en un principio. Se trata de Guten Tag, Ramón (2014, Jorge Ramírez Suárez), la cinta antídoto ante el tremendismo del socorrido y sobre-explotado tema de los migrantes, ahora rompiendo el esquema y ya sugiriendo que se renuncie a conseguir trabajo en la frontera norte puesto que es extremadamente fácil ingresar a la Alemania contemporánea.

Y si el tema siempre ha exigido la violencia en todos sus niveles, en el film de Ramírez Suárez lo que abunda es un tiernísimo tono rosa. Rosa de unas facilísimas instrucciones para cruzar el Atlántico. Rosa de una supervivencia a costa de todo y de todos para disfrutar la nieve con la
banalidad del caso. Rosa de una amistad entre amo y esclavo que se supone sublime en la incomunicación de la larguísima y más tediosa secuencia de este eternometraje donde Ruth monologa el trauma de ser alemana, y Ramón monologa el trauma de su migración solitaria, así haya acabado teniendo sexo en un prostíbulo por obra y cortesía de Ruth en la escena más exaltadamente gratuita del film. Rosa de una conclusión con baño de lágrimas que por supuesto vuelve sublime el viaje a la nada ya que a pesar de no haber sobrevivido más que de propinas, Ramón recibe un dineral que ejemplifica el triunfo del migrante en Europa más no en Estados Unidos. Rosa de un film que evita cualquier conflicto real (a los que alude para cimentar mejor su fantasía escapista hacia, al decir del film, el mejor país del mundo), puesto que el narcotráfico, el hambre y la miseria, no son más pequeños nubarrones que se disipan en cuanto estrena sus anteojos, para concluir que la visión más nítida de la migración será siempre la rosa, justo el cristal del color con el que se mira a sí misma toda la cinta.