Opinión

La maldad de unos cuantos, grandeza de millones

Sucede que unos cuantos desalmados asaltan, secuestran, asesinan.

Sucede que la mayoría de estos delitos no son denunciados y, de los que lo son, la mayoría quedan en la impunidad.

Sucede que los medios dan cuenta de ello.

Sucede que la sociedad entera empieza a sentirse indefensa, temerosa.

Sucede que muchos protestan por la falta de seguridad y de justicia.

Sucede que algunos aprovechan la realidad para lucrar políticamente con ella.

Sucede que en manifestaciones pacíficas se cuelan violentos que destruyen, agreden, provocan.

Sucede que algunos jefes de policía se paralizan, que otros abusan y otros actúan. Sucede que a los que actúan se les amonesta y a veces se castiga. Que a los que abusan se les exime y a los que se paralizan se les ignora.

Sucede que la población del país, incluso la lejana a estos acontecimientos, se siente intranquila, acosada, vulnerable.

Sucede que cuando se empieza a sentir cierta paz, un hecho violento nos altera, frágil como están el ánimo y la esperanza.

Sucede que en medio de la incertidumbre y la recurrencia del delito, nos parece estar cercados por la maldad.

Sucede que a pesar de que miles no pueden cercar a millones, tenemos la impresión de estar rodeados.

Sucede que con frecuencia olvidamos que son más, muchos más, las mexicanas y mexicanos que estudian, trabajan, aman a sus hijos, crean una empresa, se emplean en actividades honestas, laboran con dedicación y sueñan con adquirir una casa para su familia.

Sucede que tenemos razón en indignarnos, protestar, demandar justicia y Estado de derecho.

Sucede que hay motivos para esforzarnos por contener la expansión de la barbarie, la violencia, el delito.

Sucede que no tenemos razón de creer que todo está mal.

Sucede que hay un milagro cotidiano que olvidamos: el de los mexicanos y mexicanas que cumplen sus responsabilidades como jefes y jefas de familia, los héroes de sus propias vidas y de su comunidad, (los y las) empleados o fundadores de empresas, estudiantes de todos los grados, mecánicos y albañiles, plomeros y taxistas, agricultores y ganaderos, comerciantes y campesinos, industriales y transportistas, voceadores y maestros (los de verdad), médicos y enfermeros, mineros y pescadores, periodistas y obreros, jornaleros y hoteleros, ingenieros y dentistas, escritores y panaderos, científicos, artistas, deportistas y buenos servidores públicos (los hay).

Ellas y ellos (y los de otras actividades que no podrían abarcarse en este espacio) son los que hacen posible el país, que es más grande que el puñado de los que lo lastiman; todos ellos son constructores, anónimos en la mayoría de los casos, de la patria que tenemos.
Es hora de celebrarlo y de reconocerlos.

Que la barbarie de unos cuantos miles no oculte la grandeza de millones.

Será el trabajo de todos, ese que no se presume ni sale en los medios, el que haga frente a un 2015 que se perfila complejo y desafiante.

Porque los bajos precios del petróleo, la inquietante disparidad entre el peso y el dólar, y otras adversidades, todo ello, sólo puede ser amortiguado con el trabajo de los anónimos, de los que salen de casa a laborar todos los días o se quedan en ella a crear hogar; ellos son los que harán que el país enfrente y supere las dificultades.

Contamos con ellos, con nosotros.

Es tiempo de rendir homenaje a las buenas mexicanas, a los buenos mexicanos.