Opinión

La magnitud de la tragedia

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Hacienda le presta a Pemex 73 mil 500 millones de pesos para que esta empresa pague lo que debe a proveedores y otros 50 mil para jubilados y pensionados. Se trata de un intercambio de deuda más barata, a mayor plazo, que es la que tiene el gobierno, para cubrir deuda más costosa y urgente, que es la que tiene Pemex. En principio, no es mala idea.

Con esto, se evita que Pemex entre en problemas de liquidez realmente serios, pero no se resuelven sus fallos. EL FINANCIERO informaba que hay otros ajustes en proceso, como la modificación de la forma en que se calculan las deducciones por costos en los pozos, que se habían calculado como porcentajes, cuando el barril andaba en cien dólares. Ahora se definirán en dólares, y eso le da un poco más de margen a la empresa. Visto del otro lado, se reduce el pago que ésta hace al gobierno por sacar petróleo. Pero todo indica que se trata de una decisión razonable.

Los problemas de Pemex, como hemos comentado en muchas ocasiones, son más grandes que la deuda inmediata o las deducciones. En Pemex hay 150 mil trabajadores y casi 100 mil pensionados y jubilados, en números redondos. En cualquier comparación internacional, debemos estar entre quienes más trabajadores necesitan para producir petróleo. Y es que muchos de ellos no producen, sino que se dedican a otras actividades. Algunas que pueden tener sentido, otras que no. Pemex no sólo saca petróleo del subsuelo, que es un gran negocio, también lo refina (que es un negocio más bien complicado y de poco rendimiento), continúa la cadena de procesamiento para hacer petroquímicos, e incluso llega al negocio de los fertilizantes. Por si faltara, tiene servicios médicos, operaciones marítimas y aéreas, transporte, comercialización, y seguramente otras actividades más.

Como decía, algunas de ellas pueden tener sentido. La refinación, por ejemplo, es un negocio de centavos, pero si no se refina el petróleo no se vende, y por eso lo hacen las petroleras. Todas ellas ganan muy poco refinando, pero no les preocupa, porque su ganancia estuvo antes. Nosotros perdemos dinero en la refinación, y no poco. Del orden de cien mil millones de pesos por año.

Pemex creció mucho cuando se descubrió Cantarell y nos imaginamos la abundancia. Como ocurrió con todo el gobierno en esos años setenta, Pemex se convirtió en empresa faraónica, que quebró a sus proveedores, destruyó la cadena química nacional, y se negó a reducir sus costos cuando lo hacía el gobierno en los años ochenta. De ahí el famoso desplante de La Quina a De La Madrid: “Señor presidente, si se hunde Pemex, se hunde México y se hunde usted”, que sin duda se sumó a otros agravios para dar como resultado su detención a inicios de 1989. Pero eso tampoco implicó un ajuste en Pemex, y menos cuando tuvimos que incrementar la producción en 1995 para cubrir el rescate financiero con el que sorteamos la crisis de ese año. Ni el Pemexgate, ya en este siglo, ayudó a controlar el monstruo.

A partir de 2004 empezó el despertar, conforme Cantarell se agotaba. Nos inventaron otro experimento: Chicontepec, donde tiraron centenas, si no miles de millones de dólares. El hundimiento del precio del crudo desde 2014 desnudó definitivamente el increíble fracaso y dispendio de Pemex. Hay todavía quien insiste en consignas nacionalistas para defender la empresa, pero la evidencia es contundente. Con el segundo manto más grande del mundo, en lugar de construir para el futuro, derrochamos. Ya no se trata de administrar la abundancia, sino de evitar la tragedia. Porque ahora sí, si se hunde Pemex, se hunde México.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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