Opinión

La ley seca

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil pensaba sin afanes calificativos que debe ser muy fácil cometerle un fraude a Banamex. Encima de los 4 mil millones de pesos perdidos de la utilidad de ese banco, resulta que la Comisión Nacional Bancaria ha detectado un nuevo quebranto (gran palabra) por 30 millones de dólares. O es muy fácil el fraude, o dentro de la institución tenemos cómplices que han dejado huellas de chapopote en el vestíbulo. A este asunto dedicó Enrique Quintana sus “Coordenadas” con un añadido al tema: cuando se crea una comisión, como en este caso, podemos estar seguros de que nunca se sabrá lo que ocurrió.

Pero en realidad la intención de esta página de guardar no se proponía este asunto, no nos desviemos.

Gil se pregunta si podrá comprar Glenfiddich en tiendas de autoservicio o vinaterías pues todo ha sido muy confuso. Primero una ley como de la prohibición en Chicago, luego una corrección sin rumbo ni carácter, que siempre no, que a Chuchita la bolsearon. Luego que en más de la mitad de las delegaciones tendrá lugar la sequía durante la Semana Santa, que por cierto no sabemos si empieza el lunes o el jueves. Ciertamente han sido las propias delegaciones las que han impuesto en años pasados la ley seca.

Oigan esto: la decisión de impedir que las personas beban alcohol en días de guardar intenta “salvaguardar la integridad de quienes participan en las festividades de la Semana Santa”. Como en la Nueva España, más o menos. Gil conoce un sistema que salvaguarda a los habitantes de la ciudad, no es muy oneroso y, en cambio, es muy seguro: encerrarse en el clóset o el armario de su casa de usted, y si no lo tuvieran, en un cuarto pequeño.

Como no tenemos leyes, ni policía que las haga cumplir, prohibimos el consumo. Gamés sabe que la prohibición le abre la puerta al mercado negro, a la venta ilegal, a la clandestinidad. Al parecer no hemos entendido esa lección que nos ha costado casi cien mil muertes. Gamés, un liberal de cepa y zapa se pregunta si los gobiernos no deberían ser capaces de poner el orden y hacer respetar una ley, cualquiera que ésta sea. Al parecer no, razón por la cual, se prohíbe beber pulque o whisky en los días santos a partir de las cero horas del jueves y hasta las 24 horas del domingo 20. Muy bien, que gobierno más eficiente.

Los restauranteros pusieron con razón el grito en el cielo y el jefe de Gobierno modificó el acuerdo. “En hoteles, restoranes, cantinas, pulquerías, bares, cervecerías, cabarets, centros nocturnos, discotecas, salones de cine con venta de bebidas alcohólicas y cualquier otro establecimiento de giro similar se podrá ingerir alcohol por copeo o bebida embotellada al interior de los establecimiento mercantiles con giro de impacto vecinal”. O sea, no hay ley seca, aunque un poco sí. ¿No les digo?

Lo lugares que no podrán vender alcohol serán “las vinaterías, las tiendas de autoservicio y kermeses o sitios que se instalen en la vía con motivo de las festividad de la Semana Santa”.

Los chalecos de la maga, o como se diga, están más largos que el Vía Crucis. El gobierno pudo redactar un Bando de doble fondo que dijera así: “el que quiera beber que beba, y el que no, no”.

¿Debe el Estado decirle a la población lo que está bien o está mal si esa actividad no encierra un delito? No. ¿Debe el gobierno imponerle la felicidad a sus gobernados? No. Dejemos que cada quien, en el marco de las leyes, haga lo que se le dé su regalada gana.

¿Cómo ven a Gamés Stuart Mill? Dicho lo cual, no se suban a la cruz en estos días, no se pongan la corona de espinas, no traspasen sus manos y sus pies con clavos grandes, en fon.

La máxima de Kant espetó dentro del ático: “La libertad es aquella facultad que aumenta la utilidad de todas las demás facultades”.

Gil s’en va

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