Opinión

La lección nazi
para Ayotzinapa

“Uno lo sujetaba de las manos y otro de las patas y los columpiábamos de manera que se aventaban hacia abajo y ya ahí los cuerpos rodando llegaban hasta donde ya llega lo plano”. Como niños jugando con muñecos. Pero son adultos y eran cadáveres. Lo que todavía se ignora es si esos cuerpos eran de los estudiantes de Ayotzinapa o de otras personas igualmente asesinadas e incineradas en ese “plano” al que se había rodeado con piedras y rociado con gasolina.

El nivel de salvajismo anonada por la frialdad de los asesinos, pero por desgracia ya es algo normal. Muertos hay muchos, todos los días, sin excepción. Ayotzinapa no es una anomalía aterradora sino algo inusual porque el colectivo hoy oficialmente desaparecido era relativamente numeroso y con rostros que no se ha permitido olvidar. Es una gran gota de un vaso que desborda sangre. Hace no mucho tiempo términos como “levantado”, “encajuelado” o “secuestro exprés” simplemente habrían enfrentado la incomprensión. Si se hubiera hablado de “desaparecidos” por decenas de miles se habría pensado en las dictaduras militares del Cono Sur. Hoy forman parte del léxico de una barbarie que es rutina.

Esa regularidad de lo bestial es lo primero que debe enfrentarse. Prender la televisión y enterarse de los últimos decapitados, encajuelados o descubiertos en fosas como si se tratara del clima o el nivel del tipo de cambio es lo hay que desterrar. Los mexicanos se preciaban de que se reían de la muerte, sin imaginarse que llegaría el día en que a muchos les sería indiferente infligirla o escucharla. El asesino confeso del basurero de Cocula debió ser un agricultor, quizá un comerciante o un obrero calificado, no el miembro de una banda que mataba a sangre fría a jóvenes que decían ser estudiantes.

México hoy recuerda a la Alemania nazi: millones de ciudadanos pretendiendo no ver lo que ocurre a su alrededor, temerosos de que les toque, mientras miles participan en la colectividad de la muerte. La barbarie transformó ciudadanos alemanes que, en lugar de ser granjeros, obreros u oficinistas, conducían a sus compatriotas a las cámaras de gas para luego apilar los cuerpos que también serían incinerados en el afán de borrar la huella del Holocausto. La esperanza -lejana para el México de hoy- es que las cabezas de esa barbarie enfrentaron la justicia mientras que Alemania era “desnazificada”. Quien hubiera sido un asesino en otras circunstancias hoy es simplemente un ciudadano más.

No será fácil ni rápido, sobre todo porque México no ha tocado fondo en esa barbarie cotidiana. Un primer paso es recuperar los límites de la legalidad. Y en ello de nuevo Ayotzinapa muestra una terrorífica lección.

Protestar la matanza y exigir justicia es una cosa, bloquear autopistas o aeropuertos, incendiar edificios o metrobuses, es algo radicalmente diferente. Hace mucho que el gobierno retrocedió la frontera de la legalidad, confundiendo la aplicación de la ley con la “represión”. Corresponde al Estado recuperar ese terreno que cedió y que en mucho ha sido semillero del horror actual.