Opinión

La lástima lastima

10 febrero 2014 4:22 Última actualización 03 octubre 2013 5:2

María de los Ángeles Mascott Sánchez
 
Me miras mucho, pero no me ves
Anónimo
 
“Valdo se sentía atrapado. Él se veía como un niño normal, con un montón de ganas de aprender cosas, jugar y divertirse. Pero nada le salía como quería; a su alrededor nadie parecía entender lo que decía, por muy alto que gritase o por muchos gestos o aspavientos que intentase. Y, para colmo, ni siquiera su propio cuerpo le obedecía” (Cuentos sobre la discapacidad, en www.slideshare.net/pei.ac01/cuentos-sobre-discapacidad).
 
“¿Cómo describir a mi hija? Su cabello es oscuro, lacio y brillante. Tiene unos enormes ojos de color azul grisáceo con una mirada inteligente. Su expresión, a veces pensativa, a veces perdida, es siempre profunda, electrizante y seductora… (tiene) la necesidad de obsesionarse con cosas de una forma ritual… mi hija es autista” (María Spanglet, en www.pasoapaso.com.ve).
 
“Existe mucha discriminación contra las personas albinas... hay gente con creencias horribles sobre nosotros; por ejemplo, que no somos humanos y no moriremos nunca o que quien nos toque quedará maldito” (Unicef, Informe Mundial 2013).
 
La discriminación encuentra entre las personas discapacitadas uno de sus espacios más crueles. Se trata de reacciones que impiden el ejercicio de derechos, vulneran la vida con dignidad y laceran la vida comunitaria.
 
De acuerdo con una estimación citada por el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), en el mundo existen 93 millones de niñ@s, o 1 de cada 20 menores de 14 años, con discapacidad. Y se calcula que en México son más de 1 millón 200 mil menores de 19 años. La mitad de ellos no va a preescolar, 2 de cada 10 no asisten a la primaria y 30 por ciento nunca accede a la secundaria.
 
Según el Informe Mundial del Estado de la Infancia 2013, de Unicef, las actitudes de la sociedad hacia los discapacitados provocan niñ@s aislados, hostigados y excluidos, y personas rodeadas de dolor y estrés. Además, en sus familias se acentúa la pobreza, por los altos costos de atención, en particular si hay niñas discapacitadas.
 
De acuerdo con Unicef, los costos adicionales de la discapacidad en el Reino Unido oscilan entre 11 y 69 por ciento de los ingresos familiares; 37 por ciento en Australia; 9 por ciento en Vietnam. Y según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en 10 países de bajos y medianos ingresos los costos económicos de la discapacidad oscilan entre 3 y 5 por ciento del PIB.
 
La discriminación y violencia hacia a las personas con discapacidad muestra tintes similares a los de la antigüedad: en India, Egipto y Esparta, por ejemplo, se les abandonaba en selvas y desiertos. En el siglo XXI, cita Unicef, es común que los tratamientos se orienten a modificar su conducta: “por ejemplo, la electroconvulsión, la terapia con fármacos o el electroshock”. 
 
L@s niñ@s con discapacidad tienen cuatro veces más probabilidades de sufrir violencia que los demás. A las miradas sospechosas, las carencias en educación y los maltratos, se suman políticas asistenciales que, por ignorancia, acentúan su exclusión. Entre muchas otras, por ejemplo, la “institucionalización” tiende a ser abandono; en ocasiones caracterizada por tratos inhumanos y profundo dolor. “Para un niño o niña ingresado en una institución, caer enfermo puede ser una sentencia de muerte… se les niega tratamiento sistemáticamente…empleados de las instituciones nos han dicho… que (“ellos”) son incapaces de sentir dolor” (Unicef, 2013).
 
La lástima no es la respuesta; ella agrede a la dignidad. Los niños y niñas con discapacidad tienen los mismos derechos que tú y que yo. Mirar no significa ver. Aprendamos a ver, a escuchar, a sumar.