Opinión

La joya

 
 
 

 

Eruviel

Por el número de votantes y por el peso político y económico a nivel nacional, el Estado de México es considerado la joya de la corona de los procesos electorales previos a la elección presidencial. Hace seis años, la designación del candidato priista a la gubernatura del estado supuso un enorme desafío para el entonces precandidato presidencial Enrique Peña Nieto. Por muchas razones, tanto de afinidad política como de relación personal, Alfredo del Mazo era la opción natural para sucederlo en el cargo. Sin embargo, la fuerza de un personaje como Eruviel Ávila fue ascendiendo desde Ecatepec y hacia el resto del estado, presentándose no sólo como una opción ganadora, sino como una alternativa para la oposición unificada.

Esa amenaza real donde Eruviel hubiese podido ser el candidato del PAN-PRD, fue perfectamente detectada por Peña, quien en su primera demostración de pragmatismo político descartó al amigo, para apoyar a la carta ganadora en la figura de Ávila Villegas. Hoy, seis años después y habiéndose convertido en presidente de la República, Peña Nieto tiene la misma disyuntiva en relación a la sucesión en su estado natal. Políticos como el propio Alfredo del Mazo, la secretaria general del PRI, Carolina Monroy del Mazo, o la actual secretaria de Educación, Ana Lilia Herrera, se presentan como las alternativas tricolores frente a lo que pueda ser la estrategia opositora.

De nuevo el gran temor de los priistas consiste en ver un candidato o candidata producto de la alianza PAN-PRD, que representaría una amenaza real a la hegemonía del priismo mexiquense. Hoy no existe el peligro de una disidencia priista como en el pasado, pero sí el hecho de que la unión de las fuerzas entre amarillos y blanquiazules pudiese repetir la experiencia positiva obtenida en distintas entidades en junio pasado. Una oposición que presente tres candidatos, uno por cada partido (PRD, PAN, Morena) asegura casi en automático el triunfo tricolor independientemente del abanderado que este partido escoja.

De nuevo Peña Nieto se encuentra en la disyuntiva de escoger entre el candidato más afín a su grupo o familia, o aquel otro capaz de vencer incluso a una coalición opositora, y probablemente volverá a optar por esta alternativa que le ha funcionado en el pasado. Para la oposición el dilema de la unidad pasa por muchos obstáculos internos y externos.

Los panistas en el Estado de México están secuestrados por una dirigencia vinculada a enormes escándalos de corrupción y de extremismos de derecha inaceptables para una candidata como Vázquez Mota, por lo que tendrán que remediar esta situación, o volver a caer en el hoyo del aislamiento y la pérdida de apoyo electoral.

Para el PRD, el problema radica tanto en aquellas corrientes reacias a la alianza con Acción Nacional, como a otras francamente cooptadas por el gobierno federal y que obviamente harán todo lo posible porque la unión no fructifique. Un triunfo priista en el Estado de México no garantiza la victoria en la presidencial del 18, pero una derrota a manos de una alianza PAN-PRD, no sólo aumenta las percepción de la viabilidad de la derrota tricolor, sino cataliza las fuerzas en favor de un gran bloque aliancista de panistas, perredistas y otros más alrededor de una figura que al estilo Fox en el 2000, representaría esa imagen de cambio más allá de las estructuras partidarias.

En el PRI, el tema de la elección de candidato o candidata se vuelve crucial. Únicamente encontrando la persona capaz de unificar a la militancia, y simultáneamente presentarse ante el resto del electorado como alguien confiable y competitivo, podrá remontar esa imagen del pasado autoritario que lo persigue y que se refuerza con los excesos de muchos de sus gobernadores. El juego apenas empieza.

Twitter:@ezshabot

También te puede interesar:

El caudillo

Ofensiva empresarial

Dos convenciones

>