Opinión

La izquierda y las reformas

El dilema de la izquierda mexicana ha estado enmarcado en el permanente debate interno entre las posiciones dogmáticas y la de una fuerza política dialogante y negociadora. Desde la conformación del PRD como partido político, surgido de aquel histórico FDN (Frente Democrático Nacional) con la primera candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, se planteó la necesidad de integrar todas las corrientes de izquierda bajo un solo membrete partidista. El histórico PMT (Partido Mexicano de los Trabajadores), el PSUM (Partido Socialista Unificado de México), el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) y otros más, se acogieron al “paragüas” con registro que representó el PRD en su fundación.

Han pasado 25 años sinuosos y no exentos de divisiones y confrontaciones internas, que son un reflejo de la multiplicidad de corrientes y visiones políticas que integraron al PRD desde su origen. De la oposición a rajatabla, de la protesta callejera, del movimiento urbano con tintes sociales y reivindicadores, se movieron hacia la conformación de un partido con poder, con el triunfo de municipios, regiones y algunos estados, además de su mayor victoria y base operativa: el Gobierno de la ciudad de México (1997).

La separación de López Obrador y la fundación de su propio partido, acusa la divergencia política entre un grupo que busca la construcción de una fuerza socialdemócrata más cercana o parecida a los partidos de izquierda europea y la del propio AMLO instalado en la óptica de una izquierda contestataria, rebelde, cuasi insurgente, que rechaza y desconfía de cualquier iniciativa o propuesta que provenga del gobierno o de otros partidos, incluidos los de la propia izquierda.

Ante este escenario, el liderazgo del PRD nuevamente ha perdido el enfoque y la mirada: quieren el pacto o no, quieren las reformas que impulsaron y contribuyeron a conformar o no. La errática estrategia puesta en práctica por el presidente Zambrano del PRD ante los recientes votos de las reformas, lo ensucian más que transparentar sus compromisos y visiones. El PRD -por lo menos su liderazgo porque hay visiones internas contradictorias- firmó el Pacto por México, impulsó la agenda de reformas y conformó una fuerza dialogante y constructora de las piezas legislativas. Así fue en telecomunicaciones por lo menos, para después recular y ordenar el voto unificado en contra. ¿Cómo se quitan ahora, a pesar del “me caí que no”, que tienen lazos y vínculos con alguno de los monopolios en el sector?

En el caso de la energética, su rechazo al diálogo antier y su salida del salón de sesiones, obedece más a la movilización y la consulta pública impulsada por Morena y Andrés Manuel para 2015 y los efectos que eso pueda tener en la base militante del partido. Si Morena en efecto produce una desbandada del PRD que de facto desfonde el partido, los Chuchos prevén medidas para acercarse a posiciones políticas que pudiera protegerlos del “efecto Morena”.

La izquierda mexicana, una vez más -como tantas veces en su historia- partida y dividida, ha perdido la brújula en este debate fundamental para México. Sus posturas y opiniones podrían haber enriquecido la necesaria reforma energética, la transformación de Petróleos Mexicanos y la impostergable modernización de la CFE. Su retiro de las discusiones, su rechazo automático al tema -en el caso de todos los seguidores y simpatizantes de AMLO- no hace sino perjudicar a México y fortalecer el muy rentable discurso de la “conspiración privatizadora”.

No tenemos una izquierda racional, propositiva, constructiva, mesurada, dialogante frente a las reformas en curso. La que tenemos, está más concentrada en las cuotas de poder, en conservar los registros y obtener los nuevos, en mantener y ganar afiliados y simpatizantes.