Opinión

La invisibilidad del abuso

 
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ABUSO

Violencia también es lo que aceptamos nosotras mismas sin saberlo, o peor, la que ejercemos sin darnos cuenta hacia nosotras mismas.

¿Qué aspecto físico tienen que tener las jóvenes que quieren trabajar en las galerías? La pregunta de cómo vestirse para poder trabajar en tal o cual galería no es tan anecdótica como parece, y resulta un tanto penoso ver que casi tienen que pasar un casting para poder trabajar en algo que loablemente les interesa, ser una asistente de ventas y tener
que comportarse y vestirse de cierta manera “para” los clientes.

Sin embargo, el abuso radica no solo en la objetualización de las mujeres, en el sonsonete que repite que te quieren agarrar una chichi o una nalga; y si bien ese comportamiento, en el que una persona se siente incómoda o amenazada por un hombre es inaceptable, el
abuso más cruel y grave para mí esta en otro lado.

Sara Ahmed en su ensayo The Figure of The Abuser (La figura del abusador), argumenta que a las instituciones que han sido acusadas de abuso, les es siempre útil tener en sus filas a una persona a quien identifiquen como el abusador, y así poder públicamente deslindarse de esta situación y hacerse del slogan de “nosotros no toleramos el abuso
sexual”, aunque en realidad, una vez que una institución tiene que defenderse de esta manera, quiere decir que en sus filas se toleró el abuso sexual y que esto invalida el mismo slogan.

En el argumento de Ahmed, identificar a un chivo expiatorio, funciona solamente para seguir perpetuando prácticas de abuso. “Muchas quejas son quejas sobre
comportamientos abusivos, pero mi proyecto va más allá, y radica en escuchar a quienes están cuestionando el sistema”, afirma Ahmed.

Notamos una perversión más claramente en la descalificación por principio, en la aceptación de miles de mujeres de ser mujeres-objeto, sin defender sus ideas, su visión del mundo, su manera de hacer las cosas, y claudicar ante las de los otros, impuesta como una cuota de pertenencia. Para que un abuso sea abuso se requiere que la parte abusada diga “no”, pero ¿qué pasa cuando dice “sí”, y cuándo el torpe no es torpe sino siniestro? ¿Cuándo abusando de su postura y poder decide actuar? ¿Y si uno lo acepta? Es decir, ¿qué pasa con las Monicas Lewinskys del mundo? 

Cuando una mujer habla en un país como México, primero tiene que vencer siglos de silencio y sumisión, y esto únicamente para que pueda surgir la voz de su garganta. Una vez que esta emerge y se puede hacer escuchar tiene que vencer la vergüenza de querer hablar, frente a una suma de la burla consensuadas de una sociedad machista, donde el líder amenazado, así como de su círculo de aliados la descreditan por el simple hecho de que quien lo dice es una mujer.

Mientras seamos una sociedad que juzga a las personas por su físico, o por la opinión y el juicio de los demás, las mujeres tendremos que sobrepasar este muro, este abuso diario y normalizado para poder decir lo que pensamos, intentar darnos a conocer, para aportar ideas al diálogo profesional en el que participamos. Esta es una lucha interminable que los hombres no conocen. Sorprende y no sorprende la cotidianidad de esta práctica y su estandarización, su normalización en un mundo que se dice tan reflexivo como el del arte contemporáneo.

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