Opinión

La indignación se ha vuelto esencial en
Estados Unidos

 
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trump

¿Le molesta que el nacionalista blanco se haya apoderado del gobierno estadounidense? De ser así, definitivamente no está solo. Las primeras semanas del gobierno del presidente Donald Trump han estado marcadas por enormes protestas, multitudes furiosas en reuniones en ayuntamientos con sus representantes legislativos, boicots de consumidores contra negocios vistos como aliados de Trump. Y los demócratas, respondiendo a su base de votantes, han adoptado una línea dura contra la cooperación con el nuevo régimen.

¿Pero todo esto es sensato? Inevitablemente, escuchamos algunas voces que instan a todos a enfriarse; a esperar a ver qué pasa, a intentar ser constructivo, a acercarse a los partidarios de Trump, a buscar puntos de entendimiento.

SIMPLEMENTE NIÉGUESE
La indignación por lo que está pasando en Estados Unidos no sólo es justificada, sino que resulta esencial. De hecho, podría ser nuestra última oportunidad para salvar a la democracia.

Incluso en términos estrechamente partidistas, los demócratas harían bien en seguir escuchando a su base. Cualquiera que afirme que ser visto como obstruccionista afectará su carrera política debe haberse quedado dormido el último par de décadas. ¿Los demócratas fueron premiados por cooperar con el presidente George W. Bush? ¿Los republicanos fueron castigados por su implacable oposición al presidente Barack Obama? Seamos realistas.

Es cierto que a los votantes blancos de clase obrera, la base de apoyo de Trump, parece no importarles el torrente de escándalo: no le van a dar la espalda hasta que comprendan que sus promesas de recuperar empleos y de proteger su servicio médico eran mentiras. Pero recordemos, perdió la votación popular, y hubiera perdido el Colegio Electoral si los medios y el FBI no hubieran engañado a un número significativo de votantes con educación universitaria para hacerles creer que Hillary Clinton de alguna forma era menos ética que él. Esos votantes ahora están teniendo un brusco despertar, y hay que mantenerlos despiertos.

La indignación pudiera ser especialmente importante para las elecciones intermedias de 2018: los distritos que determinarán si los demócratas pueden recuperar la Cámara de Representantes el año próximo tienen votantes relativamente bien educados y grandes poblaciones hispanas, dos grupos a los que es probable que les importen las actividades ilícitas de Trump incluso si a la clase obrera blanca (todavía) no le importan.

Pero hay un tema mucho más significativo que la política partidista, por importante que ésta sea, dada la evidente determinación de un Congreso republicano a tapar lo que sea que Trump haga. La propia democracia está en juego, y una población indignada pudiera ser nuestra última defensa.

Trump claramente es un aspirante a autócrata, y otros republicanos están dispuestos a permitírselo de manera complaciente. ¿Alguien lo duda? Y dada esta realidad, es completamente razonable preocuparse por la posibilidad de que Estados Unidos siga el camino de otras naciones, como Hungría, que en teoría siguen siendo democracias pero que en la práctica se han vuelto Estados autoritarios.

¿Cómo sucede esto? Una parte crucial de la historia es que la autocracia emergente usa el poder del Estado para intimidar y apropiarse de la sociedad civil; las instituciones fuera del propio gobierno. Los medios son intimidados y sobornados para convertirse en órganos propagandísticos de facto de la camarilla gobernante. Las empresas son presionadas para recompensar a los amigos de este grupo y castigar a sus enemigos. Personajes públicos independientes son presionados para que colaboren o se mantengan en silencio. ¿Le suena familiar?

Pero una población indignada puede y debe resistir, usando el poder de la desaprobación para contrarrestar la influencia de un gobierno corrupto.

Esto significa apoyar a las organizaciones de noticias que hacen su trabajo y rehuir a aquellas que fungen como agentes del régimen.

Significa condescender con empresas que defiendan nuestros valores y no con aquellas que están dispuestas a socavarlos. Significa hacer saber a los personajes públicos, por muy apolítica que sea su profesión, que a la gente le importa la postura que adopten, o que no adopten. Estos no son tiempos normales, y muchas cosas que serían aceptables en una situación menos cargada no son aceptables ahora.

Por ejemplo, no está bien que los periódicos publiquen artículos del estilo de la palabra de uno contra la del otro que oculten las mentiras del gobierno, y ni hablar de los artículos aduladores sobre los aliados de Trump. No está bien que las empresas den a Trump oportunidades para sacarse la foto clamando un inmerecido crédito por la creación de empleos; ni que líderes empresariales participen en paneles de 'asesoría' que realmente sólo son otro tipo de oportunidad para sacarse la foto.

Ni siquiera está bien ir a jugar golf con el presidente, diciendo que se trata de mostrar respeto por el cargo, no por la persona que lo ocupa.

Lo siento, pero cuando el cargo está en manos de alguien que intenta socavar la Constitución, hacer cualquier cosa que lo normalice y le confiera credibilidad es un acto político.

Estoy seguro de que muchos lectores preferirían vivir en una nación donde más aspectos de la vida pudieran separarse de la política. ¡Yo también! Pero la sociedad civil está siendo atacada por las fuerzas políticas, por lo que defenderla es, necesariamente, una cuestión política. Y la indignación justificada debe alimentar esa defensa. Cuando ni el presidente ni sus aliados del Congreso muestran señales de respetar los valores estadounidenses básicos, lo único que tenemos es un público despierto que esté dispuesto a apuntar nombres.

(Esta columna fue publicada originalmente en The New York Times el 27 de febrero.)

Twitter:
 @paulkrugman

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