Opinión

La incondicionalidad 
no es amor

     
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Alcoholismo

Daniel le promete a Paula que no volverá a beber ni una gota de alcohol. La promesa se ha repetido cíclicamente a lo largo de 20 años. Las consecuencias del consumo son graves. Ella lo perdona, le cree nuevamente y se olvida de sí misma. Ha tolerado agresiones, abandono, miedo y vergüenza. Vive con un hombre enfermo al que nunca ha podido negarle nada.

El idealismo es una filosofía popular e inútil cuando se reflexiona sobre las mejores formas para amar. Porque será irremediable enfrentarse a la complejidad emocional de las relaciones afectivas. Nadie siente amor en estado puro, ni siquiera por los hijos. Siempre vivimos mezclas de emociones que van desde la aceptación hasta el rechazo.

Se ha confundido solidaridad con incondicionalidad. Si amáramos incondicionalmente seríamos incapaces de establecer nuestros límites psicológicos y emocionales, que son los lugares de la mente y del corazón en donde la salud mental y la dignidad están protegidas.

Necesitamos fronteras claras. Bordes o rayas bien trazados que dividan el yo del no-yo. La consecuencia inmediata de establecer territorios con claridad es que lo que es bueno para el otro no necesariamente es bueno para mí. Decir “lo que quieras quiero” es una forma romántica de someterse a los deseos de alguien más, cuando soy yo el único lugar donde mi integridad está resguardada de la fusión con otro, que deriva en dependencia y no en amor.

Estas dinámicas de indiferenciación son frecuentes en las parejas. Freud decía acertadamente que cuando dos siempre están de acuerdo es porque uno ha dejado de pensar.

Quizá todos anhelamos un poco de fusión. Nos gustaría, aunque no lo confesemos, que alguien se hiciera cargo de nosotros y nos quitara el peso de las decisiones. A veces fantaseamos con encontrar al padre o a la madre idealizados. Ésos que hubiéramos querido tener (o que tuvimos la suerte de tener) y que a veces creemos haber encontrado en la pareja.

También en las otras formas del amor, la incondicionalidad es una bonita manera de llamarle a la falta de límites. La lógica de dar sin esperar nada a cambio se basa en la creencia de que el amor lo puede todo, lo resuelve todo y todo lo cura.

Uno puede utilizar el pensamiento omnipotente para creer que cambiará a los otros con amor. Así pensamos cuando vemos a nuestros hijos desviarse del camino que se han trazado y nos convencemos de que ser una base segura y amorosa es todo lo que hace falta para que maduren. Y nos olvidamos de los límites porque los hemos asociado con agresión, con castigo y con condicionar lo que damos. Sin embargo, poner límites es la única forma de preservar cualquier vínculo de las tendencias destructivas, abusivas y agresivas de nuestra humanidad. Un hijo que nunca vive las consecuencias por romper los pactos familiares, será un hijo abusivo. Una relación de amistad en la que es imposible decir lo que nos molesta con tal de evitar un enfrentamiento será una simulación y no un lugar de empatía auténtica. Cualquier relación amorosa que se base en renunciar a los deseos personales para hacer feliz al otro sin pedir nada a cambio, que tolere transgresiones como el alcoholismo, la violencia, la falta de compromiso, las mentiras, la deslealtad, el egoísmo sistemático, la ruptura permanente de los acuerdos, dará como resultado a dos seres profundamente infelices.

Los límites emocionales marcan el territorio de lo que sí y de lo que no podemos aceptar. De lo que constituye o no una fractura al respeto de nuestra dignidad.

Decirle al otro con toda claridad lo que pasará si rompe ciertos límites y aprender a hacerlo con tranquilidad y amor es una habilidad sin la que no podemos construir lazos sólidos y diferenciados con nadie. La tolerancia llevada al extremo nos convierte en pusilánimes y negadores. Perdonar la ruptura de acuerdos sin que haya consecuencias es una maniobra para evitar el conflicto, enraizada en el miedo al desamor o al abandono. Pensar que el amor es lo único que se necesita para sacar adelante cualquier vínculo es una fantasía útil para escribir canciones y novelas románticas, pero no para vivir una vida relacional protegida por límites claros.

*Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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