Opinión

La incertidumbre y 2018 

 
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Mariano Hernández Palmero

En las últimas décadas hemos vivido cambios que han hecho que la incertidumbre sea un supuesto más en la vida económica de los países. Hace algunos años incluso a las crisis internacionales se les daba un nombre dependiendo de su origen, el 'efecto Tequila', el 'efecto Samba' o el 'efecto Vodka', entre las más famosas. En países abiertos como el nuestro el impacto de lo que pasa en otras naciones del mundo es mayor. La crisis en los mercados financieros de Estados Unidos originó la más severa caída del PIB en nuestro país desde la crisis del 94. El 'efecto Trump' ha generado gran incertidumbre en un tema que no estaba en nuestros escenarios de riesgo. No cabe duda que vivimos en un mundo menos predecible.

Las tecnologías de la información también traen consigo el germen de la incertidumbre en muchos sentidos. El ataque cibernético reciente que afectó a 150 países al mismo tiempo, la brecha digital que podría producir una sociedad todavía más desigual y la obsolescencia del conocimiento provocado en buena parte por las tecnologías de la información, son manifestaciones de una mayor incertidumbre en nuestras vidas.

Si eso ha sido lo que hemos vivido en el pasado reciente, lo que se anticipa podría ser todavía más dramático. Muchos nos preguntamos cómo será el mundo del trabajo con la automatización que se prevé donde hasta la producción de bienes tradicionales pueda ser realizada por robots, qué papel jugará el bitcoin, qué más sorpresas tendrá el mundo de la información y las telecomunicaciones, cuáles serán los efectos del cambio climático, cómo serán los conflictos por el agua y la producción de alimentos. Son preguntas difíciles de contestar.

Por ello, de cara a 2018, debemos preguntarnos qué tipo de liderazgo queremos. Por lo pronto un liderazgo que no sea, por sí mismo, factor de incertidumbre, que entienda la importancia de mantener finanzas públicas sanas e impulsar políticas públicas sensatas. Propuestas como la de cancelar una inversión ya avanzada e indispensable como la del aeropuerto de la CDMX o poner a referéndum una reforma como la energética, que apenas inicia su proceso de implementación, pueden sonar bien en un discurso antisistema, pero están completamente fuera de lugar. El horno no está para bollos y México no está para juegos.

También necesitamos un liderazgo serio y responsable que no deje para el siguiente sexenio o sexenios los graves problemas que enfrentamos. En temas relacionados con el agua, las finanzas públicas, las pensiones, la inseguridad, la corrupción, la contaminación, la obsolescencia del sistema educativo, la movilidad, las nuevas enfermedades a las que tiene que responder el sistema de salud, la impunidad, la pobreza y el acceso universal a la justicia, por mencionar los que se vienen a la mente. No podemos patear el balón.

Necesitamos que la persona que lidere al país entienda el nuevo mundo, tenga visión de futuro, conozca modelos educativos modernos, comprenda el valor de invertir en ciencia y tecnología, se dé cuenta, como diría David Konzevik, que la revolución de la información ha acabado con los Robinson Crusoe de este mundo.

Sin duda necesitamos un liderazgo honesto en el más amplio sentido de la palabra, que no tenga sombras de corrupción y hable con verdad, que la demagogia no sea parte de su personalidad.

Características mínimas para un mundo cada vez más complejo y un país con enormes desafíos.

El autor es profesor asociado del CIDE.

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