Opinión

La importancia de un gobierno competitivo

10 febrero 2014 4:11 Última actualización 15 octubre 2013 5:2

 
Benito Solís Mendoza
 
Durante varias décadas la economía mexicana estuvo cerrada a la competencia internacional, por lo que los consumidores solo podían adquirir productos fabricados dentro del país, sin tomar en consideración su calidad o sus precios. El gobierno prohibía las importaciones de una gran cantidad de productos que consideraba que se podían elaborar internamente, pero que por elevados costos y falta de competencia tenían precios por arriba que los mismos productos en los mercados internacionales.
 

Esto reducía el poder de compra de los consumidores mexicanos, pero permitía que se desarrollara la industria nacional. Debido a que los fabricantes nacionales no tenían gran competencia, podían incluir en sus precios de venta los sobrecostos en los que incurrieran y que los absorbían los consumidores. Por ejemplo, materia prima cara y de mala calidad, excesivos pagos a los sindicatos, elevados impuestos, rigidez en los contratos laborales y excesivos costos podían ser transferidos a los consumidores, quienes no tenían opciones, ya que adquirían las mercancía y los servicios con elevados precios o se quedaban sin nada, ya que no podían importar los productos del exterior.
 

La primera etapa de este proceso de industrialización era la elaboración de los productos finales, en donde los fabricantes nacionales importaban los componentes de los productos, los cuales se ensamblaban y se vendían a los consumidores con un sobreprecio, etapa a la que se denominó de la “industria infante”. Como resultado se tuvo que las importaciones no solo no disminuyeron, sino que aumentaron y las exportaciones bajaron porque nuestros productos no eran competitivos, sino eran más costosos que los fabricados en otros países; todo lo cual elevó el déficit externo y el fiscal, lo que periódicamente provocaban las crisis devaluatorias y financieras que sufrió el país.
 

Finalmente en 1995 este modelo económico colapsó y se optó por el modelo opuesto, basado en la apertura comercial del país, esto es, en permitir las importaciones de los distintos productos, tanto finales como de materias primas y de productos intermedios. Los industriales dejaron de fijar los precios de sus productos, ya que ahora los consumidores tienen cientos de opciones en las distintas tiendas comerciales, por lo que tienen que vender al mismo precio o incluso menor al que los que productos chinos, alemanes o norteamericanos que ofrecen sus productos en el mercado mexicano. Basta ir a cualquiera tienda en la esquina para ver que miles de productos que creíamos mexicanos se fabrican en el extranjero.
 

Por lo mismo, la forma en que operan las fábricas es opuesta a la que predominaba hace dos décadas: Antes un mayor precio de la materia prima, un nuevo impuesto o más trámites elevaban los costos, lo cual obligaba a subir los precios de venta al consumidor; pero ahora un nuevo precio de la materia prima, impuesto o trámite que afecta al fabricante nacional, pero no al extranjero, no puede trasladarse al precio final de producto y lo tiene que absorber el fabricante.
 

Con la apertura comercial la forma en que operan las empresas se ha modificado de manera radical, ya que por la competencia internacional los fabricantes nacionales ya no fijan sus precios de venta, sino que tienen que aceptar los que fijan su competencia internacional. Como sus costos habían sido más elevados, han sufrido un drástico proceso para elevar su productividad y bajar sus costos y así poder sobrevivir a la competencia.
 

Aquellas que han podido reducir costos han prosperado, pero aquellas que no lo han hecho han tenido que cerrar. Sin embargo, hay una gran cantidad de costos que no están en su control y no pueden reducirlos, como son los impuestos, los trámites oficiales, los precios de materias primas y servicios que se los proporcionan empresas monopólicas y que no pueden ser importados. Así tenemos que la subsistencia de una gran cantidad de empresas depende de los servicios públicos y de los impuestos que tienen que pagar, ya que no pueden repercutirlos en los precios a los consumidores como sucedía anteriormente.
 

Por lo mismo, si se quiere que las pequeñas y medianas empresas (que son las más sensibles y las que crean la mayoría de los empleos que existen en el país) crezcan y se fortalezcan hay que apoyarlas para que tengan menores costos, sean más productivas y puedan sobrevivir a la competencia internacional. Por lo mismo, en una economía abierta, la competitividad del gobierno es indispensable para que las empresas y los empleos subsistan. Falta esta gran reforma económica.