Opinión

La imperiosa necesidad de educar a las élites en México


 
El tema de la creciente diferencia entre ricos y pobres no es exclusivo de México, aqueja al mundo entero. En mi opinión, éste es un reflejo de enormes tendencias globales que son complejas y difíciles de entender. Por una parte, algunas son evidentes y crónicas: la descomposición social, la falta de estructuras educativas eficientes e incluyentes, la miseria, etcétera. Pero, muchas otras catalizan cambios tecnológicos y productivos. Ciertamente, viene una revolución tecnológica de enorme trascendencia que está relacionada con nuevas formas de fabricar cosas. El surgimiento, por ejemplo, de impresoras de tercera dimensión permitirá imprimir en forma remota desde la refacción para un automóvil, hasta un juguete o una pistola de verdad, con partes móviles y todo. Cada vez más, lo que diferenciará a un trabajador calificado de uno que no lo está es la capacidad del primero de manejar una computadora, entre otras habilidades.
 
 
De acuerdo con un estudio realizado por la empresa estadounidense de análisis económico BCA, durante los últimos 20 años se ha duplicado el crecimiento en la productividad de las empresas, pasando de 1.5% al año en 1993 a 3% el año pasado. Se puede hacer más con menos, y dentro de los factores de la producción el capital es el factor escaso y el trabajo el abundante. Los trabajadores no calificados están condenados a sueldos insuficientes porque compiten contra cientos de millones de chinos, indios, brasileños, indonesios y habitantes de otros países que en el siglo pasado se encontraban geográficamente lejos, y que gracias a la tecnología, a la Internet y al desarrollo internacional de estándares de producción, hoy están a la vuelta de la esquina.
 
 
Aun en países como Estados Unidos, hoy hay millones de hombres y mujeres que no se han dado cuenta de que están permanente desempleados porque los trabajos que tenían han desaparecido o se han ido irreversiblemente a otras latitudes. Millones de trabajadores funcionalmente analfabetas jamás volverán a trabajar y acabarán dependiendo de la beneficencia pública. Si esa es la situación en un país rico e industrializado, ¿cómo será en México?
 
 
Incontables demagogos en nuestro país insisten en que la solución está en medidas proteccionistas o en un mayor pago de salarios mínimos, sin darse cuenta de que si esta medida no va acompañada de un incremento proporcional en la productividad de los trabajadores, simplemente generará mayor informalidad en la economía. Desafortunadamente, la única solución real, una profunda reforma educativa, tomará décadas en dar frutos. Por ello, no hay tiempo que perder.
 
 
Desafortunadamente, se habla solamente de cómo educar al gran número de niños que padecen hoy de una educación pública paupérrima. Este es un tema, sin duda, importante, pero no es el único. La otra pregunta que tenemos que hacernos es cómo educar a nuestras élites. Utilizo este término no para referirme a la población más pudiente económicamente, sino a la que tiene un mayor potencial intelectual. A diferencia de lo que piensan muchos, la inteligencia no se hereda. Ciertamente, con una buena educación, con una alimentación adecuada y con un buen ambiente social y familiar, es posible optimizar el potencial de un joven. Sin embargo, la genialidad se distribuye en una población en forma aleatoria. Es perfectamente posible que ese niño mocoso que está vendiendo chicles en una esquina de la Ciudad de México tenga un coeficiente intelectual comparable al de Einstein. Es un problema colosal, sin embargo, que en países como México carezcamos de la infraestructura para detectarlos y para potenciar su desarrollo.
 
 
En Nueva York, por ejemplo, existe una organización sin fin de lucro que inició un exejecutivo de Wall Street para detectar a estudiantes talentosos en escuelas públicas de barrios marginados y ayudarles a desarrollarse. Una vez detectados, se habla con las familias de esos jóvenes a los que se les da acceso a un riguroso programa académico de un año en el cual profesores altamente capacitados los emparejan con el nivel de conocimientos que un chico de su edad ha alcanzado en escuelas privadas de alto rendimiento. Cuando terminan ese exhaustivo proceso, el programa les consigue una beca completa para hacer sus estudios de "high school" (los cuatro previos a la universidad) en las mejores instituciones privadas del país. La gran mayoría de esos jóvenes estudian, posteriormente, licenciaturas y posgrados becados por las universidades más selectivas.
 
 
Lo que un programa así logra es que jóvenes de esa élite intelectual se vuelvan agentes de cambio en sus comunidades, que provean de ejemplo y abran la puerta a muchos otros que están detrás de ellos. Pero, más aún, son esas élites educadas las responsables de innovación tecnológica, investigación científica y de otros factores que no son una condición suficiente para el desarrollo económico, pero sí son una condición necesaria.
 
 
En un país con 118 millones de mexicanos, hay cientos de miles de genios en nuestra población. No detectarlos es una pérdida tanto para ellos a nivel personal, como para la sociedad a nivel colectivo.
 
 
 
 
El columnista es Socio Fundador de SP Family Office en Nueva York y autor del libro Ahora o nunca, la gran oportunidad de México para crecer.
 
 
 
Twitter: @jorgesuarezv