Opinión

La ilusión y la tormenta, empieza el duro tránsito… ¿hacia dónde?

 
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Me-Trump

Preguntarnos de nuevo por la posibilidad de que desde adentro del sistema político estadounidense emerjan las fuerzas e intereses capaces de domar la furia y volver a la normalidad en el ejercicio de su hegemonía al poderoso Estado americano, no es una pregunta baladí ni mero fruto de la desesperación o la angustia, sino de la observación cuidadosa del rumbo que lleva la negación del mundo de la posguerra en que Trump y los suyos se han empeñado y basado su retórica milenarista.

Esos intereses y fuerzas existen y del mismo modo como fueron capaces de domeñar el reformismo social obamiano, bloquearle el alcance a una efectiva política fiscal anticíclica y construir un sistema de salud pública a la altura del poder y la riqueza de esa nación, ahora puede esperarse que disuelvan la estrafalaria imaginación fiscal del nuevo presidente, pongan a buen recaudo su histeria anti libre comercio y exijan un mínimo respeto a los derechos humanos de los migrantes.

Es probable que, como dice Enrique Quintana, ya no venga “el fin del mundo” ni el gran cambio de ciclo a través de una estruendosa crisis sistémica como la que parecen esperar personeros como el señor Bannon.

¿Y nosotros? Mal nos va a ir si en aras de reforzar la confianza interna se impone la especie de que el retorno a la normalidad en la relación bilateral está a la vuelta de la esquina. Mucho menos está por llegar esa 'nueva' normalidad que muchos ansían sin poder siquiera a describirla.

Caer y creer en esas ilusiones puede costarnos muy caro porque más de una frustración está en el camino que, podemos vislumbrar, nos espera a lo largo de esto que puede ser en efecto una nueva era. La época de un mercantilismo trasvestido de nacionalismo a ultranza que más que hacer regresar a las transnacionales a territorio gringo puede derivar en formas inéditas de autoritarismo y tiranía, para las que el Estado está más que dotado. Casi veinte años de homeland security así lo atestiguan.

Mal haríamos también, si víctimas de la precipitación inventáramos amistades y apoyos donde sólo hay cálculo y disciplina, y confundiéramos la carreta con los bueyes. Trump nos ha hecho el servicio de develar la debilidad institucional y política de nuestro Estado, pero también la necesidad de reconstituirlo, a partir de una revisión consistente y crítica de lo que hemos hecho, lo que hemos dejado para 'después' y lo que hemos errado en cubierta y en el puente de mando, así como en el cuarto de máquinas de un Estado que desde hace treinta años se empeña en surcar el océano globalizado pero no en navegar conforme a cartas e instrumentos eficaces.

Así hemos pasado del nacionalismo revolucionario y el proteccionismo a la apertura externa extrema, con la consigna 'ciega' de no 'soltar' ni la globalización incierta de la posguerra fría ni la unidimensionalidad de nuestro comercio exterior, trágicamente atado al ciclo industrial estadounidense y a una ilusoria alianza para la prosperidad y la seguridad que, de existir, lo único que ha traído es todo lo contrario.

Las antinomias sirven para simplificar y aclarar un panorama oscuro y borroso, pero asumirlas como instrumento para pensar una estrategia nacional puede llevarnos a nuevos y corrosivos desencuentros, con el mundo que nos rodea y con nosotros mismos, todavía articulados bajo el signo de una comunidad imaginada que insiste en llamarse México y ser nación y Estado. Como insistía Arnaldo Córdova: no un “Estado- Nación” como dice el anglicismo, sino un Estado nacional guiado por un proyecto y unos compromisos trascendentes con su ciudadanía.

Vaya que hemos avanzado en esa dirección… pero sólo en la letra escrita de la Constitución y algunas leyes. Poco o nada en la creación de nuevos organismos y agencias para concretar tales compromisos, como los contemplados en el artículo primero de la Constitución reformada en 2011, pero casi nada en la recreación y rehabilitación de los cimientos del edificio estatal que tienen que ver con la legitimidad de la política y los políticos, pero también con las capacidades institucionales y fiscales indispensables para hablar de la autonomía del propio Estado, sin la cual siempre se acaba caminando en círculos.

Tiempo confuso y nublado de una 'negociación' que más parece el trueque de amenazas y reclamos que el intercambio de visiones y proyectos entre dos naciones adultas; temporada para los vendedores de ilusiones y maravillas, y también clima fértil para la reproducción del pesimismo derrotista de los que claman por una absorción más que por una integración racional de economías y sociedades complejas como son las nuestras. Transición dura y peligrosa a un destino impreciso, brumoso, que reclama deliberaciones maduras que empiecen por reconocer las coordenadas de una realidad nada propicia para triunfalismo alguno.

Qué bueno que los responsables de la conducción política y económica del Estado encuentren puntos de contacto y coincidencia con los enviados de Gengis Kan o el rey de España. Qué malo que se la crean. La tarea apenas comienza e implica mucha discusión y más participación de las bases que nunca.

El peligro real e inminente sigue ante nosotros.

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