Opinión

La ignorante virtud

Ejercicio de desmesurado virtuosismo one single shot en la más pura tradición Hitchcock y La soga (1948), o de nuestro Alejandro Galindo y su Tribunal de justicia (1944), logrado por el director de fotografía Emmanuel Lubezki y el operador de steadicam Chris Haarhoff, ambos con igual importancia en el desarrollo óptimo del film-evento Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (2014), ejemplo de audacia visual, gracias al auge digital y las enormes capacidades de la cámara Alexa-Arriflex. Bajo la dirección del ahora autodenominado Alejandro G. Iñárritu, y escrito afortunadamente por él mismo con apoyo de Nicolás Giacobone, Alexander DiNelaris jr. & Armando Bo, sacudiéndose para siempre la tiranía de la confusión argumental a que lo tuvo sometido el mediocre melodramatismo sobrevalorado de su ex-libretista Guillermo Arriaga, Birdman es un one sigle shot film asequible, próximo a la pura técnica tipo el film uruguayo La casa muda (2010, Gustavo Hernández), antes que a la apuesta estética-ética de Ana Arabia (2013, Amos Gitai).

Por una parte es una compleja puesta en escena al interior del neoyorquino teatro St. James en el que se desarrollan los últimos ensayos del decadente actor Riggan Thomson (Michael Keaton en plan proteico e inspiradísimo), que tras escribir una versión teatral de varios relatos del libro ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? de Raymond Carver (1938-1988), espera tener un éxito trascendente que supere su banal pasado como astro de taquillazos donde él fuera el superhéroe de franquicia Birdman, ahora convertido en su álter ego y voz omnipresente que lo motiva como al Woody Allen de Sueños de seductor (1972, Herbert Ross). Sólo que no se trata ya de un conflicto sentimental sino de uno en apariencia profundamente existencial: su trascendencia como artista en un mundo que vive de banalidades. También su trascendencia como padre de la eternamente dependiente de afecto (play it again?) Sam (Emma Stone) y añorando acaso el pasado glorioso con su ex esposa Sylvia (Amy Ryan). Y por último su trascendencia como actor-director que se supera a sí mismo incluso a balazos y enfrentando al imposible actor narcisista Mike (Edward Norton caricaturescamente autoirrisorio), en medio de un marasmo habitado por la también enferma de trascendencia actriz Lesley (Naomi Watts), la pareja evanescente con ganas de embarazarse de Birdman-Riggen Laura (Andrea Riseborough) y el abogado-productor al borde siempre de una crisis histérica Jake (Zack Galifianakis sobreactuando cuando grita y gritando cuando debe contenerse sin duda preguntándose ¿Qué pasó ayer? [2009,2011, 2013, Todd Phillips]).

Por otra parte es un acontecimiento dramático que sucede a lo largo de tres interminables noches previas al estreno donde todo parece irse a la basura, empezando por el propio Riggen, que posee ciertos poderes con los que se imagina destruyendo y moviendo objetos sólo con desearlo y con capacidades sobrehumanas para volar a pesar de las estupideces que le pregunta la prensa de espectáculos, de la obsesión por la fama que lo vuelve trendig topic del momento por accidente, y de vivir en eterno day dream realista mágico. En el fondo lo único que le importa a Riggen es trascender, con idéntica preocupación al film mismo.

Si la técnica parece impecable, la estética al servicio de la trascendencia que el film tiene en sí mismo; su supuesta originalidad, pues, es profundamente artificial. Porque no supera esa limitación de su trascendencia con algo apenas nimio, sobrevalorado, nihilista. El film se engolosina con el hallazgo de una puesta en escena en apariencia brillantísima, crítica hacia la abundante basura hollywoodense, pero al mismo tiempo llena de pequeñas acciones exageradas y enfermas de su propia trascendencia, como esos pleitos infantiles en ropa interior, esos desnudos arrebatados de criticado actor hollywoodense que exige su cama de bronceado para entrar en personaje antes de imaginarse teniendo sexo en público, esos gritos histéricos durante toda la primera hora en donde la obra se desenvuelve más como el delirio de un demente que como la encarnación de la trascendencia artística que finge el director captar en toda su grandeza y miseria, sin nunca lograrlo más allá de ese hueco virtuosismo que exige un montaje.

El montaje hubiera permitido el contrapunto del humor, la pausa y lo dramático psicológica y humanamente conmovedor (como lo sugiere el soundtrack de improvisación para batería escrito por Antonio Sánchez y Brian Blade). Pero se queda en simple puesta en escena donde lo trascendente es que el impotente Mike logre ostentar tremenda erección en el escenario y Riggen se vuele la nariz para satisfacer a la desalmada crítica del Times Tabitha (Lindsay Duncan) cediendo a lo que dijera el Bardo: tras el sondo y la furia visual de Birdman, sólo se percibe el mucho ruido y las pocas nueces de ese Riggen cuya única virtud es la ignorancia.